En los últimos años, a las no pocas dificultades propias derivadas de la cría del ganado de lidia, tales como su escasa rentabilidad, cuidados y manejo especiales, incertidumbre por su comportamiento en la plaza, etc., hay ahora que añadirle, por si fuera poco, una más: los saneamientos veterinarios.
Los saneamientos son revisiones veterinarias que se llevan a cabo en todas las reses que tengan una edad inferior a dos años de una ganadería. La frecuencia con que se realizan varía en función de si la explotación ha tenido en su historial algún caso positivo. Si así ha sido, las revisiones se realizan cada tres meses; en caso contrario, cada seis.
Con estas revisiones se comprueba que las reses bajo estudio no sean portadoras de enfermedades como la leucosis (erradicada en Castilla-La Mancha), la brucelosis (niveles muy bajos), y la tuberculosis. Ésta última supone el mayor escollo, ya que los casos positivos no son infrecuentes. Ello es fundamentalmente debido al contacto de vacas y novillos con la fauna silvestre con la que comparte espacio a menudo. Y si bien controlar la sanidad del ganado bravo resulta posible aunque nada fácil, mantener un control sanitario sobre las poblaciones de, por ejemplo, jabalíes y ciervos, es casi imposible.
El proceder para comprobar si un animal es positivo, es decir, si está enfermo con una de las tres enfermedades antes citadas, aunque con posibles variables, suele ser el siguiente: las reses se encierran en un corral, y, una a una, van pasando por una manga, al final de la cual quedan inmovilizados. Es en ese momento cuando el veterinario o bien inyecta un reactivo en el lomo de la res (tuberculina), o se extrae sangre para ser analizada. En caso de que el proceder fuera el primero, pasados los días oportunos, los animales vuelven a pasar por el mismo proceso anterior, con la variación de que al final, en lugar de ser punzados de nuevo, el veterinario comprueba si ha habido reacción (inflamación) a la sustancia inyectada días antes.
Cabe reseñar que el nivel de coincidencia medio de las dos pruebas en la vecina provincia de Toledo es de un 30%, es decir, muy bajo. Especialmente poco fiable supone la prueba en sangre, dándose la circunstancia con relativa frecuencia de matar un animal por haber dado positivo en sangre, y comprobar una vez muerto que en realidad no estaba enfermo, con el consiguiente perjuicio económico para el ganadero, quien, al fin y a la postre, es el que suele pagar el pato. De hecho, Francia, país del que deberíamos aprender no pocas cosas en materia taurina, ha desestimado el uso de la prueba de sangre por los numerosos falsos positivos registrados.
Como bien podrán suponer, los animales de lidia no son fáciles de manejar. Es decir, no se les agrupa y encierra con la facilidad que se haría al ganado manso, mucho más dócil. Además, si bien podrían ser agrupados y conducidos por la manga en las primeras ocasiones con menores dificultades, éstas aumentan cuando ya son varias las veces que han pasado por ese trance, aumentando notablemente el riesgo de lesionarse e inutilizarse para la lidia debido a su ímpetu de libertad y de lucha ante cualquier oposición.
Dicho lo cual, alguien podría pensar que los ganaderos se niegan a que su explotación sea controlada sanitariamente; pero nada más lejos de la realidad. Como carne de consumo humano que puede llegar a ser, ésta debe ser controlada. Sin embargo, la queja radica en la falta de consideración para el ganado de lidia, dejando a un lado su especificidad como raza y su modo extensivo de explotación, al igual que la falta de fiabilidad en los métodos utilizados y anteriormente citados.
*Las fotos pertenecen a un saneamiento llevado a cabo en la ganaderia fernanduca de Víctor y Marín.

