Televisiones, radios, periódicos, personajes, políticos, grandes grupos de bodegas…Todo lo tenía en sus papeles y mientras me iba contando las entrevistas pendientes, los medios que iban asistir, las actividades más demandadas miré su trajín metódico y me dije que era afortunado. Sí, lo era, porque aquella mujer tan profesional, que amaba su trabajo y dejaba en él toda su alma, estaba con nosotros en esa guerra de la vida en la que uno se enfrenta a las dificultades de hacer cosas, de avanzar, de llegar muy lejos.
El entusiasmo a Conchi le venía de serie. La profesionalidad llegó a su ser como un maná de luz que lo impregnaba todo. El talento descendió de las estrellas y se alojó en su cuna. Estuvo muchas ediciones de Fenavin como responsable de comunicación, y cuando veíamos en la Memoria hasta dónde habíamos llegado, mientras yo pegaba saltos como un adolescente feliz, ella, consciente del duro trabajo realizado, solo ponía una leve sonrisa y una mirada lenta que venía a decirme aquello de que «lo bien hecho bien parece».
Conchi era muy seria en las grandes y pequeñas batallas. Jamás se ponía límites estrechos. Aspiraba a lo mejor y en ello desgranaba su estrategia de mujer sin miedo, de guerrera que ha de sortear todos los obstáculos para llegar lo más lejos posible.
La conocí hace muchísimo tiempo. Y ahora, Conchi, que un empujón brutal te ha derribado, recuerdo la primera vez que te vi, en la plaza del Pilar, en uno de los veladores tomándonos un café muy caliente para devorar el frío de enero. Su belleza traslucía envuelta en una bufanda de pespuntes cárdenos y negros. Sus labios rojos soportaban el peso de las palabras serenas y agudas. Trasteando de manera dulce el vaso de agua y el café me dijo, sin mirarme, como si algún pudor mantuviera aún su inocencia adolescente, que escribiera en Tribuna, el periódico que había comenzado a dirigir. Y mientras pequeñas hebras de nieve volvían blanca la grisura le dije que sí, que contara conmigo. Y ahora doy gracias al cielo por aquella inmensa mañana. Pude acompañarla en muchos de sus proyectos periodísticos.
La conocía solo por el Tribuna. Apreciaba la modernización y esfuerzo por amoldarse a los tiempos, bellos y vertiginosos, que estaba realizando. Su mano y su mente se percibían en aquellas páginas que de repente dejaron de ser viejas y comenzaban a existir renacidas, como el mural de un tiempo nuevo que dice a la gente, mirad, vivir es luchar, es encontrar la mejor senda del tiempo y por ella ir abrazando lo hermoso y noble de la vida. Que los estúpidos y los malvados se dediquen a la soberbia y la maldad. Nosotros, hijos del amor y de la solidaridad, lucharemos siempre porque a nuestro alrededor brille y venza la inteligencia y el alma sobre el egoísmo y la oscuridad. Este tipo de reflexiones venían a nuestros labios muchísimas veces. Es lo que ella pensaba y sentía, y en muchas tardes, después del trabajo realizado, tuve la inmensa fortuna de ser receptor y partícipe de esas reflexiones.
Ahora, Conchi, como en la elegía de Miguel Hernández a su amigo Ramón Sijé, te digo con dolor y un universo de nostalgia que a las desalentadas amapolas daré tu corazón por alimento. Ese corazón que fue tan grande, profundo y vital, y que ahora sabemos tenía esa debilidad de la vida que llama a la muerte. En tu caso la ha llamado antes de tiempo, cuando tu gracia, belleza y vitalidad impregnaba el viento cercano y lejano de los sueños. Otro proyecto, el diario Lanza, tenía la suerte de plasmarse en tus anhelos para llegar a la realidad, para ser en la vida otra manera de decirnos que siempre nos ofrecerías lo mejor de ti, y que ello significaba que nos darías lo mejor porque eras incapaz de hacerlo de otra forma.
Adiós Conchi, mejor te digo, como en el título (A Dios), porque en él estarás cobijada. Seguro que donde ya no hay tiempo ni espacio repasas la memoria de una vida que te acogió como un hilo de luz que se va haciendo grande en la noche. En Lanza, como antes en Tribuna, Fenavin o la Junta, una voz dirá en la mente de los que trabajamos contigo que fuimos afortunados por ello, y por conocerte como persona, incluso por valorar que nos abriste los brazos de la amistad y desde el principio supimos que era tan hermosa como tu sonrisa, tu mirada azul, tu serenidad ante el agobio y la dureza de lo cotidiano.
Un manotazo duro, un golpe helado, un hachazo invisible y homicida, un empujón brutal te ha derribado. Temprano levantó la muerte el vuelo Conchi, temprano madrugó la madrugada… A las aladas almas de las rosas, del almendro de nata te requiero que tenemos que hablar de muchas cosas, compañera del alma, compañera.

