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Academias del decoro

Academias del decoro
Lorenzo Sentenac Merchán / TOLEDO
El término "populismo" no cabe confundirlo con el término "popular", que si utilizáremos sin reparos y como adorno imprescindible asociado a distintos conceptos poco recomendables o nada creíbles como "monarquía popular" o "partido popular", y no nos estamos refiriendo al partido popular (PP) de España, al que encajaría mejor que "popular" el calificativo de filo-soviético, dado que según ha constatado una reciente comisión parlamentaria, ha utilizado durante estos últimos y larguísimos años a la policía de todos contra sus adversarios políticos. Es decir, lo mismísimo que la GESTAPO o la KGB, y como si tal cosa. No por ello nos han echado de Europa.

Uno de los mayores logros intelectuales de nuestro tiempo, sin contar con el hallazgo del bosón de Higgs, es la recuperación del término “populismo”. Ha tenido tanto éxito que aparece hasta en la sopa de letras. Recuperación muy oportuna porque el término “rojos” había caído en desuso por falta de credibilidad y sustancia.
Y es que hasta los bosones de Higgs (una especie de olas en el campo invisible del mismo nombre) tienen más realidad que algunos fantasmas aparentemente sólidos.

Desde aquello de “Un fantasma recorre Europa”, la Europa decorosa y bien pensante siempre se ha considerado asediada.

Al caer el muro de Berlín por implosión espontánea de aquel otro mundo, descubrimos de forma no menos explosiva lo que había en este.
Para atemperar este hallazgo, que devino bastante traumático y remató en crisis supina, aún no resuelta, hubo que inventar nuevos enemigos, a poder ser malísimos. De ahí el resurgir de la nueva etiqueta universal, “populista”, que lo mismo vale para un roto que para un descosido.

El término “populismo” no cabe confundirlo con el término “popular”, que si utilizáremos sin reparos y como adorno imprescindible asociado a distintos conceptos poco recomendables o nada creíbles como “monarquía popular” o “partido popular”, y no nos estamos refiriendo al partido popular (PP) de España, al que encajaría mejor que “popular” el calificativo de filo-soviético, dado que según ha constatado una reciente comisión parlamentaria, ha utilizado durante estos últimos y larguísimos años a la policía de todos contra sus adversarios políticos. Es decir, lo mismísimo que la GESTAPO o la KGB, y como si tal cosa. No por ello nos han echado de Europa.

Y eso nos enseña que hay que quitar hierro a ciertos asuntos y meterles caña.

Queda claro que al ex ministro Jorge Fernández Díaz, que con tanta soltura se movía en las cloacas del Estado, nunca se le podrá tildar de “populista”, concepto vaporoso, sino en todo caso de algo mucho más real y concreto, aunque sea envuelto en el vapor mefítico de los pantanos.
Es tal la seriedad y el decoro de algunos engranajes de nuestro Estado democrático que se inventaron el informe PISA (Pablo Iglesias sociedad anónima). Lástima que no se sacaran también de la manga el informe RISA (Robos Integrales sociedad anónima, pero suficientemente conocida).
Como vemos, nuestra estabilidad institucional no se tambalea sino que se afianza sólidamente echando raíces profundas en los estratos más bajos y oscuros.

Y es que el mundo de las etiquetas es francamente imaginativo, y a todas luces más elástico que un chicle. Y es aquí precisamente donde juegan su papel las Academias del decoro.

No quiero entrar en el análisis de las variantes semánticas con que los académicos del decoro intentan atrapar ese ente ambiguo y de contornos borrosos, al que han dado en llamar de forma amplia y para ahorrar energías “populismo”. Me perdería en ese bosque.

En el fondo, todo se reduce a construir una jaula con conceptos vacíos (flatus vocis) para intentar meter en ella, aunque sea a empujones, a todo aquel que nos disgusta porque es distinto, no nos obedece como dicta la tradición, o no le baila el agua a la corrupción y el poder (que en nuestro país es casi la misma cosa). O simplemente porque tiene su manera propia, libre, y personal de ver las cosas.
Y esta práctica es tan vieja como el senador McCarthy y su paranoia brujeril. El truco está en no hacer distingos y meter todo en un mismo saco. “Rojos” eran todos los que no le gustaban al infame senador, y “Populistas” son todos los que no piensan como el poder ordena y manda.

Tiene algo de medieval y escolástico este intento de construir cárceles de palabras que se sueltan con la misma ligereza con que vuelan los arcángeles y los tronos. En realidad se trata de grilletes y mazmorras, y los celebrados maestros que las diseñan, no pasan de esbirros chusqueros del señor del castillo.

Fuere por lo que fuere, uno se imagina (probablemente sin ninguna razón sólida) la Edad Media en blanco y negro y en un eterno e inacabable invierno. Aunque parece demostrado -y no sería entonces una fantasía- que en ese periodo gris y mortecino hubo un cambio climático y una pequeña edad del hielo.
Lo que no cabe la menor duda es que el mundo era entonces menos complejo: había cielo e infierno, buenos y malos, creyentes y paganos, santos virtuosos y horrendos pecadores.
Todo era más fácil y venía rodado. Y de este modo, si de una anciana mujer se decía que recogía hierbas y otros engendros del bosque para preparar filtros y bebedizos que ella pudiera considerar -por puro empirismo- medicinales (una de estas ancianas ilustró a William Withering sobre el eficaz uso de la droga digital), estaba claro que era bruja, y entonces lógicamente se la quemaba. A ella y a su extraviada ciencia.

Si estudiamos la casuística de algunos tratados antiguos sobre este asunto de los heterodoxos (no hay nada como leer a Menéndez Pelayo para sentir preferencia por los herejes), tendremos la impresión de estar ante un bosque de conceptos tan tupido y denso como el bosque de los males imaginados.
Aunque el campo académico donde encontraremos una imaginación más exultante y florida, es en el ramo de los instrumentos de tortura. Una auténtica tecnocracia con toda la tecnología del mundo puesta al servicio del dolor y del terror.

Yo, como mi gramática no pasa de parda, y casi no llego ni a bachiller (aunque del Fray Luis de León), tengo buen ojo para los académicos del decoro que ven un populista en cada bruja que vuela fuera del redil y un portento macroeconómico en cada instrumento de tortura.

Y es que hoy, la santa madre iglesia se llama globalización del modelo único y del pensamiento abstracto, si no ¿cómo se entiende que los “futuros” intangibles coticen en bolsa y los “presentes” de carne y hueso miserable no?
Y de la misma manera que entonces se precisaba de una academia daltónica de corifeos que describieran con pelos y señales a los arcángeles y su sexo, hoy se necesita una corporación equivalente que describa el séptimo cielo macroeconómico y sus enemigos naturales: los populistas.

Porque hay que decir que en este modo daltónico y gris de ver el mundo no hemos avanzado mucho. Es más, son los sofisticados inventores de palabras nuevas que no dicen mucho sino lo mismo que otras más viejas y usadas, los que achacan simplicidad de conceptos a los rebeldes. Como si sacarse de la chistera palabras novedosas para disfrazar viejos conceptos y acostumbradas mafias, fuera toda una revolución lingüística o incluso espiritual.

Estoy seguro de que el cardenal Bertone, secretario de estado con Benedicto XVI, cuyo ático de lujo (mármoles, maderas nobles, detalles exquisitos…) fue sufragado con fondos del Hospital infantil del Bambino Gesú, reza cada noche a un confuso y oportuno Maynard Smith, y ve un “populista” rabioso en su actual jefe, al que este tipo de cosas parece ser que disgustan.
Y “populistas” serían entonces cada uno de los atolondrados rebeldes que claman -incluso al cielo- por la poca vergüenza de tan estilizado cardenal.

En resumen: señores académicos apóstoles de la servidumbre voluntaria, hay muchos, cada vez más, que no se presentan voluntarios a ese mundo feliz de la servidumbre borreguil.
Y que ustedes, para variar, los llamen “populistas” no cambia mucho el asunto.

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