Adviento, un tiempo desconocido, idóneo para la reflexión

Fermín Gassol Peco

Entre aquellas cuestiones que el nuevo día nos ofrece, la de interrogarnos por nuestro origen y destino creo que se antoja como la más determinante; preguntarnos por el antes y después de nuestra existencia, por nuestra auténtica identidad para conocer quién somos realmente.

Como todo aquello que no es puntual sino que trasciende al momento, a muchos momentos, esta pregunta nos obliga a realizar un salto sobre el presente y lanzar el pensamiento desde lo más íntimo y profundo hasta aquello que se antoja más distante de nosotros, que en esto consiste la verdadera dimensión y el sentido completo de la vida.

Porque este interrogante, aun naciendo en nuestro interior, no tiene en él la respuesta completa sin que antes de regresar haya viajado por el siempre admirable y muchas veces complicado y proceloso mar de las experiencias humanas. Amor, gratitud, reconocimiento, ayuda, lealtad, esfuerzo, coherencia, pero también narcisismo, suficiencia, envida, rencor, cansancio, traición, falacia, vanidad…elementos que van configurando nuestro ser y nuestro entorno, es decir, la vida misma. Sin embargo siempre existe algo en ese viaje que puede cambiar este aparente monótono equilibrio entre los aspectos favorables y desfavorables de nuestros días: la sorpresa

Cuando cada mañana la vida nos invita de manera obligada y predeterminada, que cosas, a emprender el ineludible camino para ganarnos la vida, también nos está ofreciendo la posibilidad de preguntarnos si lo novedoso puede acaecer, desviándonos del bucle recurrente de una existencia que gira a veces entorno a no sabemos qué.

Ante el posible tedio o monotonía y para hacer la vida más amable, el ser humano de hoy busca fuentes en las que beber aguas que sacien sus deseos de felicidad. Para ello recurre a reclamos de distinta índole, pequeños medianos o grandes, caros o baratos que las ofertas comerciales ofrecen para olvidar su desencanto.

Estos reclamos materiales, bienes de consumo o inmateriales, como viajes, técnicas de relajación o dietas saludables que proporcionan un gran bienestar físico y una agradable silueta, acaban siendo con frecuencia elementos absolutos y por ende “religiosos” que planifican y determinan nuestra existencia, elementos que lejos de saciar, demandan un más y más como el agua salada con la sed.

Y es que el hombre actual aun de manera inconsciente va buscando lo que haga de su vida algo distinto; para ello siempre está iniciando viajes hacia todo lo que existe fuera de él mismo, pero y ahí está la causa de su falta de sosiego, sin partir ni recalar en su interior. Así todo lo que intenta buscar y a veces encuentra y asume es algo ajeno e impersonal por lo que no provoca su satisfacción personal. La crisis de la humanidad hoy es una crisis de reconocimiento, de identidad.

El Adviento, un tiempo desconocido y ninguneado por la celebración de una Navidad anticipada por razones comerciales ofrece una oportunidad, un tiempo para dar reflexionar de forma sosegada sobre el origen, sobre el porqué y para qué de lo que somos. El Adviento es un tiempo propicio para realizar ese viaje admirable que tiene como meta, como final conocer el auténtico sentido de nuestras vidas. El Adviento es un tiempo de búsqueda, de preparación para la “venida del Redentor”, que ese precisamente es su significado.

Porque como decía, aunque la respuesta a la pregunta más definitiva de nuestra existencia venga de fuera…ya se encuentra instalada, y esa es la sorpresa, cerca, muy cerca, tan cerca que está junto a nosotros, que eso significa Emmanuel: “Dios está con nosotros”. En Dios hecho hombre, en Jesús, próximo a nacer, hallamos de una manera admirable el verdadero sentido, la auténtica dimensión de nuestras vidas porque y esta es la clave, la vida es gracia, un precioso e inconmensurable regalo con el que nos encontramos cada día.