Campanas en un tiempo de silencio

Pedro A. González Moreno Calzada de Calatrava
La campana de la torre del ayuntamiento calzadeño/Imagen enviada por el autor d este artículo

La campana de la torre del ayuntamiento calzadeño/Imagen enviada por el autor d este artículo

La campana de la torre del ayuntamiento calzadeño, solitaria en su elegante campanario decimonónico, suena durante estos días como desorientada; sus tañidos se desploman, lentos y graves, sobre los tejados igual que pájaros que hubieran perdido de repente su costumbre de volar.

O quizá los desorientados somos nosotros, los que nos paramos a escuchar esas horas perezosas, esas campanadas inútiles, vacías, que parecen sonar para nada y para nadie, porque hemos entrado de pronto en una dimensión nueva y desconocida del tiempo. Una dimensión extraña donde las mañanas, las tardes y las noches no parecen tener otro objetivo que el de la espera y la supervivencia.

Jamás, ni en la peor de nuestra pesadillas, podríamos haber imaginado hace unas semanas que, tras el jolgorio carnavalesco, vendría este aislamiento casi monacal. Ni que después de quemar simbólicamente a la sardina, en este país habría que programar, a su máxima potencia, los crematorios. Ni tampoco que pasaríamos de los disfraces a los pijamas, de las máscaras a las mascarillas, del estruendo de las verbenas a este silencio sobrecogedor tan sólo interrumpido por el redoblar de las campanas.

Aunque acaba de empezar la primavera, nunca ha tenido esa campana calzadeña un tañido más invernal y melancólico, como si también su bronce fuera conciente de que el aire, habitualmente limpio y luminoso, ahora se encuentra emponzoñado; y esa ponzoña contagiosa actúa como un filtro que distorsiona no sólo su voz sino también nuestras voces, que ya no suenan como antes, que ahora tienen un timbre entre la incredulidad, el cansancio y el miedo.

Redoble siniestro y oscuro

Su redoble se ha vuelto siniestro y oscuro, con una resonancia que tiene algo de toque de queda, algo de advertencia y amenaza. Sus ecos lúgubres se propagan por calles vacías, por esquinas desiertas, por aceras recién fumigadas, por plazas y parques que se dirían arrasados por alguna plaga apocalíptica. Su sonido insistente rebota contra las puertas cerradas de los bares, contra los escaparates de las tiendas clausuradas, contra las ventanas y los balcones que tan sólo se abren hacia el interior angustiado de las casas. Sólo la cruz parpadeante de las farmacias aparece como una vaga señal de vida, como si sus verdes latidos de neón anunciaran alguna rendija de esperanza.

En estas interminables noches en que la bocina debería recorrer las calles recordándonos, con su ronco lamento, que atravesamos los cuarenta días de la Cuaresma, las campanas se han convertido en uno de los pocos sonidos que se escuchan en el pueblo.

De cuando en cuando se oyen los ladridos desconcertados de algún perro o el coche de la Policía Municipal, que va y viene haciendo su absurda ronda por unas calles que nunca estuvieron más deshabitadas. Y, sobre todo, se oye puntual e impasible esa campana cuyos tañidos parecen hablarnos de otra cuarentena mucho más turbadora que la de la Cuaresma: la que se vive de puertas adentro, la que sobrellevamos luchando contra nuestros propios hábitos, contra nuestras más arraigadas rutinas; la que nos enfrenta, al mismo tiempo, a nuestra fragilidad y a nuestro más insospechado heroísmo. Una cuarentena de dimensiones casi bíblicas que pone a prueba nuestra capacidad de resistencia enfrentándonos, incomprensiblemente, a un tiempo de penitencia y horror, de reclusión y silencio.

Tiempos aciagos que nos parecen proféticos

Luis Martín Santos escribió sólo dos novelas cuyos títulos (“Tiempo de silencio” y “Tiempo de destrucción”), releídos ahora bajo la luz de estos días aciagos, nos parecen proféticos. En el monólogo final de la primera de ellas encontramos al protagonista advirtiendo que “estamos en el tiempo de la anestesia, estamos en el tiempo en que la cosas hacen poco ruido. La bomba no mata con el ruido sino con la radiación alfa que es (en sí) silenciosa, o con los rayos de deutones, o con los rayos gamma o con los rayos cósmicos, todos los cuales son más silenciosos que un garrotazo… Es un tiempo de silencio”.

A todas esas formas de devastación callada debería haber añadido Martín Santos el efecto no menos devastador de los virus, esa otra amenaza silenciosa (y también de destrucción masiva) a la que, sospechosamente y cada vez con mayor frecuencia, venimos enfrentándonos.

Pero la vida –dicen- siempre se abre camino. Y el tañido de esa solitaria campana parece también anunciarnos que el antídoto más eficaz no saldrá de los laboratorios, sino del interior de cada uno de nosotros. Un antídoto que aún no tiene nombre y para el que convendría buscar una palabra que designe, al mismo tiempo, la espera y la esperanza.