Carta a su alteza real Doña Leonor de Borbón, princesa de Asturias

Martín-Miguel Rubio Esteban Valdepeñas

Alteza:

Aunque a estas alturas se necesitarían ya muchos plúteos para colocar las docenas de resmas de artículos que han analizado y comentado los infortunados gestos que vuestra augusta Alteza tuvo contra su abuela, la Reina Dña. Sofía, en la salida de la Catedral de Mallorca el Domingo de Resurrección, no me resisto, en mi condición de humilde estudioso del pensamiento político desde hace cuarenta años, a enviarle sin pretenciosidad ninguna algunos consejos sencillos, siguiendo la tradición del Infante Don Juan Manuel o del egregio murciano Diego de Saavedra Fajardo.

Asimismo le pido a Vuestra Alteza disculpe con regio ánimo este atrevimiento considerando que mis consejos serán tan provechosos para usted como para España y su libertad política, pobre ofrenda de mi respeto a vuestras reales plantas. Los príncipes nacisteis poderosos, pero no enseñados. Si quisierais oír, sabréis reinar.

El rechazo desabrido de un niño a una caricia que le hace su abuela puede suponer sólo ser un mimoso mal criado, pero cuando el rechazo lo protagoniza una princesa supone un acto público de tiranía. Las relaciones familiares de Vuestra Alteza no son relaciones de particular; como en el cuerpo humano, así en el del reino está en todo él y en cada una de sus partes entera el alma de la monarquía.

Los particulares se gobiernan a su modo; los príncipes según la conveniencia común. En los particulares es doblez disimular sus pasiones; en los príncipes razón de Estado. Los deseos de Vuestra Alteza más han de nacer del corazón de la Nación que del suyo. Los modales de los príncipes y los reyes deben ajustarse a la gramática de la lengua del poder, mucho más cuando este poder está en el marco de una sociedad abierta, en la que todo ciudadano tiene la consideración propia de aquél con cuya voluntad nuestra Democracia tiene que contar.

Más monarquías derribó la soberbia que la espada; más príncipes se perdieron por sí mismos que por otros. Estas palabras mías puede que le resulten duras a Vuestra Alteza, pero a más príncipes hace malos la adulación que las admoniciones.

Por otra parte, Vuestra Alteza ya sabe – pues tiene la edad de saberlo – que todos los ciudadanos, salvo Vuestra Alteza, somos inelegibles para el cargo que un día asumirá Vuestra Alteza, y ello obliga a Vuestra Alteza a un comportamiento exquisito con todos, sobre todo, con los más cercanos, de suerte que la espléndida exquisitez de la etiqueta monárquica justifique y haga más llevadero el hecho de que la corona la ciña la pura aleatoriedad dinástica, secluida de la mecánica democrática. Una reina de modales plebeyos sería un abuso intolerable en cualquier Democracia, y se perdería con ello la justificación que tiene la monarquía de utilidad nacional.

Sepa Vuestra Alteza que cuando sea mayor un solo acto suyo moralmente malo puede derribar toda su reputación, porque no hay mancha del poder que se limpie sin dejar señales, ni opinión que se borre enteramente. Las infamias, aunque se curen, dejan cicatrices en el rostro; y así, en no estando la Corona fija sobre esta columna derecha de la reputación, dará en tierra.

Se juzga, con razón, que cuando se consiente en tener un Rey, esa función exclusiva es tan atrayente que resulta preferible dejarla en manos de los caprichos del azar que abrir la liza a todas las ambiciones.

Los ciudadanos, sin embargo, no recibimos más compensación por tal sacrificio que la tranquilidad resultante, resignándonos a las buenas prendas y educación del rey.

Un rey maleducado en una Democracia trae los desastres que se intentan evitar precisamente con una monarquía parlamentaria y preservadora del Estado: una tiranía en una autoridad vana e inestabilidad en el Estado, reuniéndose los males de los sistemas más opuestos.

La posibilidad de una conspiración republicana estará siempre presente en una monarquía fundada en una sociedad abierta: lo que obliga a ésta a que existan barreras morales que se opongan a ello. La ejemplaridad del Rey fundamenta su utilidad, y su honor está en la opinión ajena. En una democracia liberal los ciudadanos se gobiernan a sí mismos, cuidando tan sólo de no transgredir la ley, salvo el rey, a quien se le pide mucho más que lo que exige la ley. No debe Vuestra Alteza perseguir ni enfadarse por las murmuraciones y críticas de la prensa. “Dejadlos murmurar, pues nos dejan reinar”, decía Sixto V, a quien le refería cuán mal se hablaba de él por Roma.

Esta monarquía debería garantizar la evolución de la sociedad sin revolución política, lo que significa la sempiterna imagen moderada y nunca jamás estridente de la Corona. Si los partidos políticos suponen una ética de la convicción, el Rey debe suponer la ética de la responsabilidad. No olvide nunca Vuestra Alteza, además, que el replanteamiento posibilista de la libertad política, tras el franquismo, en el marco de la Constitución monárquica, significó que la viabilidad futura de la Corona quedaba supeditada al cumplimiento de ciertas condiciones. Sobre las piedras de las leyes, no de su augusta voluntad, se funda la verdadera política de los reyes.

Los españoles somos monárquicos en el sentido que lo era Montesquieu, con una monarquía moderada y limitada. Tratar de defender a machamartillo el statu quo imperante sin la continua aparición de un Rey con buenos modales que sólo habla la lengua de la Constitución es imposible y sería trágico para España. La mala educación del Rey siempre presagia la revolución. Vuestra Alteza será Reina de España si los Manes de España lo quieren, y eso le debería llevar a Vuestra Alteza Real a relacionarse mucho, continuamente, con los que son más iguales a vos porque han tenido el mismo oficio, o aún lo tienen: esto es, sus abuelos los Reyes y su padre el Rey. Para desempeñar bien su oficio debe relacionarse continuamente con quienes lo han ejercido y ejercen, que serán sus mejores maestros, sin duda.

La monarquía responde a la necesidad de un poder preservador que se sitúe por encima del resto de los poderes del Estado, garantice la Constitución y sirva de mediador si necesario fuera entre ejecutivo y legislativo. Consagrada por la larga sucesión de los siglos, la monarquía cautiva o seduce la imaginación de los hombres, y obliga, con sus grandiosas evocaciones, a las pasiones políticas a someterse.

Cada monarca que ocupa el trono de sus antepasados se limita a seguir una senda que no ha emprendido por voluntad propia. No tiene una reputación que establecer, por ello tiene que ser un monarca muy maleducado e impertinente, y reinar con una arbitrariedad continua, para tener que defraudar las expectativas del pueblo.

Vuestra Alteza no es un individuo particular que reinará solo, es todo un linaje de reyes quien marcha junto a los reyes y reinas de España, y que en su día la acompañarán como Reina. Sólo se le va a pedir buenos modales, cercanía, valor cívico y un corazón noble, sobre todo, con los compatriotas más necesitados. Vuestra Alteza no tiene rivales, no tiene por qué competir con nadie por la Corona, y ello le debería dar el sosiego necesario para ser agradable y dulce con todos los españoles, pues ninguno puede rivalizar con Vuestra Alteza. El sosiego que proviene de la unidad hereditaria obedece a hábitos ancestrales y al desánimo de las ambiciones, abrumadas por tan grandiosos recuerdos.

También debería recordar Vuestra Alteza que en torno a su Majestad futura se congregarán todas las pasiones rastreras, todos los cálculos taimados, todas las arteras abyecciones, y tendrá que saber escapar de esos peligros siempre limpia, simbolizando la autoridad moral del Estado. Pero Vuestra Alteza, con educación moral, podrá salir fácilmente de todos los peligros siendo consciente de que nadie puede ya engrandecerle más, simbolizando a la Nación entera.

Pero como depositaria suprema de los Manes de la Nación, siempre estará expuesta a todas las miradas, a toda la opinión pública que la rodeará, y es por ello que NUNCA podrá escandalizar a sus compatriotas con unos malos modales. No sufre mancha alguna lo precioso de la púrpura real. A veces los príncipes se valen más de los malos que de los buenos, viendo que aquéllos son ordinariamente más sagaces que éstos; pero se engañan, porque no es sabiduría la malicia, ni puede haber juicio claro en donde no hay virtud.

Los españoles hemos comenzado a recuperar nuestra confianza en Vuestra Alteza con las últimas imágenes en que se la ve encantadora con su abuela la Reina. No vuelva jamás a violar los vínculos de los derechos de la naturaleza que tiene con ella. Y a partir del próximo año vaya vuestra Alteza a celebrar el Aniversario de la muerte de su bisabuelo el Conde de Barcelona.

Vuestra Alteza, como futura Reina, tiene el deber político de ir, y de vincularse así con su dinastía. No quiero cansarle más a su tierna edad, presionada ya por tantos y tantas. Pero no lo olvide Vuestra Alteza: Esta Monarquía Parlamentaria ha aportado paz, libertad y prosperidad durante más de cuarenta años a los españoles. Es verdad que debemos mejorar aún en mil cosas nuestra Democracia, y que la evolución se impone. Pero la Corona, si continúa ejerciendo sus atribuciones bajo la Constitución y con amor a España, seguirá siendo un elemento útil e imprescindible para España. Estudie mucho y cuídese.

A.L.R.P. de V.A.