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Carta (sin esperanza de acuse) para Eladio Cabañero, a los 25 años de su muerte

Imagen de Eladio Cabañero
Imagen de Eladio Cabañero
Pedro A. González Moreno

 “Pues eso que te cuento, mártir Eladio amigo”, que ha llegado el momento de ponerme a escribirte. Esta carta ya sé que llega con demasiados años de retraso, pero es que a veces uno se da cuenta de que va haciéndose tarde para todo; tan tarde, que no sólo empezamos a acudir a algunas citas con retraso, sino que también comenzamos a llegar a destiempo a algunas otras cosas de la vida.

Eran muchos años sin dirigirte unas palabras, “bribón”, y ya iba siendo hora, que aunque no me respondas sé que habrás de escucharlas. Todavía guardo, sin dedicar, tu último libro, aquella primera y única antología de tus versos que publicaste en vida, y de cuya introducción me he permitido la libertad de entresacar alguna frase y algunos adjetivos tuyos, porque nadie te ha definido nunca mejor que tú mismo.

 “Eladiete gandul”, ese ejemplar del que te hablo se me quedó sin dedicar, y no por tu pereza, que siempre tuviste mucha para coger la pluma, sino porque aquella tarde, en el hospital de la Princesa, no estabas ya para caligrafías. Aquel día tus manos grandes y huesudas, de viñador de invierno, se estaban ya enfriando. Lo único que me dejaste impreso en su primera página fue tu último aliento de moribundo, que aún me llega, como una vaharada de afecto, cada vez que vuelvo a tu poesía, que es bastante a menudo, y ahí están, como prueba de ello, las antologías Palabra compartiday El sol del revés.Ya sé que nunca te gustaron las antologías y, si me hubiese atrevido a hacértelas en vida, seguro que me habrías respondido con algún que otro gavillazo en los riñones. Pero ellas son el mejor testimonio del constante diálogo que mantengo contigo y con tus versos.

 Por aquí sigue todo como tú lo dejaste, o quizás empeorando. Todo sigue en su sitio, aunque van siendo ya demasiados los nombres que llevamos tachados en nuestras agendas. Pero se te recuerda, Eladio, “fiera amatoria, guácharo de Quijote”, se te recuerda. No me refiero a ese mundo viciado de las antologías, que nunca estarán completas si tú faltas. Me refiero a los amigos, en los que dejaste una huella tan honda como en la literatura: a Manuel Alcántara, a José Hierro, a Carlos Sahagún, a Félix Grande, a Joaquín Benito de Lucas, a Ángel García López…, poetas todos que ya se han marchado también a hacerte compañía, a recordar contigo aquellas tertulias del Café Gijón, o aquellos buenos ratos de los fallos de los certámenes poéticos.

            

Fallo del premio Gerardo Diego, 1988 (1)
Eladio Cabañero en 1988 durante el fallo del I Certamen Poético Gerardo Diego en Pozuelo de Alarcón

Por aquí hogaño llueve como nunca, que diría Vallejo. Llueve como en los días más oscuros y lejanos de tu infancia huérfana. Llueve tanto que este año – como tú solías decir- las uvas van a venir como melones. Ay, las “dos uvas solares” de tu Marisa Sabia, ¿recuerdas? ¿Y recuerdas también aquellas ugüas que doraban el aire de tu Tomelloso de entonces, aquel Tomelloso de calles largas y cal restallante, de trenes cercanos y viñas maternales? Este año está lloviendo tanto, que los ríos y hasta los arroyos andan desbordados por las anchuras solares de La Mancha, esa Mancha nuestra en la que -como tú escribiste- “siempre es otoño al declinar la tarde”, y en la que no se te olvida. Pues sepas, por si aún no te han llegado noticias, que este pueblo tuyo, siempre tan cumplidor y generoso, ha decidido celebrar, por todo lo alto, los 25 años que van cumpliéndose ya desde que nos dejaste.

¿Por dónde andas, zascandil? Vas a perderte la mejor cosecha de uvas, aunque del mundo no te pierdes gran cosa, porque este mundo de ahora anda desorientado, como si se hubiera salido de sus carriles naturales. Te echo de menos, zapatones, viejo gruñón, “tercuzo”; hay que ver cómo se nos van pasando los años… Pero se te recuerda.

 Yo te recuerdo entre socarrón y cordial, tan de tu tierra siempre, con un verso o algún chascarrillo entre los labios, y con unos brazos muy largos que parecían reclamar siempre el afecto que nunca te dieron sobrado. “Fiera amatoria”, te recuerdo muy solo desde que te conocí, en aquellos lejanos años 80, y te sigo recordando solo bastantes años después, cuando (a buenas horas… y tan por sorpresa) decidiste echarte compañera.

 Te recuerdo con ese abrazo grande y leal, como todo tu cuerpo, y con esa bondad que te rebosaba por el traje, porque hay hombres tan grandes que no caben dentro de su propio pellejo. Tú siempre preferiste poner en tus versos un adjetivo menos y una emoción más, de ahí la temperatura afectiva, como de mano siempre tendida, que rezuman tus poemas. Y a esa mano que nos dejaste tendida en tus poemas vuelvo a menudo como si se tratara de una cita, porque nunca fui contigo desleal, y no hay deslealtad peor que la del olvido.  

Eladio, buen amigo, en una tarde azul –de esas que tanto gustaban a Machado- iré a tu tumba para llevarte versos y viejos recuerdos y algunas flores nuevas. Tú escribiste que la poesía es cosa cordial y que a ti te servía para vivir más y para ser mejor de lo que eras. Yo no sé si te sirvió para vivir más, porque de pronto te entraron las prisas por marcharte, como tampoco sé si te sirvió para que fueras todavía mejor. Sólo sé que sin la compañía de tu voz habríamos estado un poco más solos y más desamparados.

 No quiero que me escribas, “Eladiete gandul”, ya sé que no tendrás a mano papel y tinta. Pero aunque los tuvieras, sé que tampoco querrías acusarme recibo. Déjalo para luego. Prefiero que, cuando volvamos a vernos algún día, ya sin ninguna prisa, tengas más cosas que contarme.

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