Contra el triunfo letífero de la deslealtad

Martín-Miguel Rubio Esteban Valdepeñas

La cultura de la deslealtad se ha impuesto sobre la cultura moral de nuestros padres, que advinieron y coadyuvaron a una verdadera reconciliación nacional gracias precisamente a la fe en la sólida lealtad entre todos los hombres de España.

A mi leal amiga y correligionaria Mariángeles Palomo

Epicteto sostenía en sus Diatribai o Disertaciones que “los buenos ciudadanos someten su voluntad a la ley de la ciudad”. Y los romanos llamaban “viri legales” a los hombres que acomodan su conducta conforme a la ley divina, reservando el adjetivo “legalis” para lo que está relacionado con la legislación y la parte legislativa.

De este adjetivo de origen indoeuropeo, cuya etimología nos remite a la comunicación hablada y a los acuerdos que se toman hablando, tenemos en español los vocablos “leal” y “lealtad”, con la prevista caída de la oclusiva velar sonora. En España vivimos un tiempo en que el gobierno de España sobrevive y se fundamenta en todas las deslealtades existentes hacia España, “omnium nostrorum parens”.

El golpista Torra, el criminal Otegui, la infinita desfachatez de Rufián, que sintetiza todas las deslealtades posibles, todos ellos parricidas de la patria común, son los grandes adláteres y secuaces del Doctor Sánchez, su guardia de corps, la perniciosa sentina de la Nación. La cloaca de España – recordando y adaptando una metáfora de Cicerón de su primer discurso contra Catilina, antaño texto escolar – se yergue como el fastigio del Estado y como fuerza rectora de su propia autodestrucción.

La deslealtad supone la muerte del traidor en la memoria y en el corazón de la víctima in aeternum. Ya Julio César veía imposible la creencia de su gran general Tito Labieno sobre la posibilidad de que la deslealtad pueda sofocarse sin una legítima perfidia. “Infidelitatem eius sine illa perfidia iudicavit comprimi posse” (De Bello Gallico, VIII, 23). No hay redención en este mundo para los traidores.

Es algo tan nauseabundamente patente la deslealtad del Gobierno con España en relación con el morbo catalán, por pura ansia de continuar en el poder, que ésta sólo se puede explicar por el fracaso masivo de la lealtad en la propia sociedad española, entre amplísimas capas de esta sociedad, entre los amigos, entre los familiares, entre los compañeros de Partido o de trabajo, entre las parejas.

La cultura de la deslealtad

La cultura de la deslealtad se ha impuesto sobre la cultura moral de nuestros padres, que advinieron y coadyuvaron a una verdadera reconciliación nacional gracias precisamente a la fe en la sólida lealtad entre todos los hombres de España. Entonces los hombres desleales eran secluidos y marginados de la sociedad por el buen gusto moral de los españoles, como malas semillas de guerra y odio social; hoy son premiados con cargos y prebendas, y honrados políticamente como pacientes de un repugnante morbo que se ha convertido en virtud de Estado.

Efectivamente, por encima de la caducidad e impermanencia de todas las cosas, existe una fuerza de la naturaleza y de la especie permanente, inmutable, una ley que está en todas las cosas y que las gobierna a todas, una ley que hace posible todas las leyes y que es la causa de una armonía interior que existe en el fondo del universo y, por ende, en las naciones, en las comunidades, en las familias y en todas las asociaciones humanas. Se llama lealtad. La vida virtuosa consiste precisamente en mantener la lealtad al orden universal de todas la Naturaleza.

La lealtad basta para convertir el pesimismo en optimismo, la tristeza en alegría, a la patria en el hogar nacional, y nuestra muerte segura en una esperanza de que nuestras obras y nuestros amores se integren para siempre en la comunidad nacional como partículas constitutivas de la Nación y de la Patria.

Vivir en paz

Porque nada muere bajo la ley de la lealtad, todo se concentra en el cuenco de sus manos vivificantes y en los lazos indestructibles de las almas de los compatriotas. Sólo con la lealtad conseguiremos vivir en paz, conservar la serenidad del alma en medio de las turbulencias exteriores y la dignidad de nosotros mismos. Y sólo con la lealtad conseguiremos alcanzar esa isla ética que llamamos amistad, y que es nuestro paraíso en la tierra.

Ahora bien, mientras la solidaridad está exenta de responsabilidad – se es solidario “porque se quiere”, por el santísimo principio de “porque a uno de da la gana” – la lealtad lleva en sus entrañas, si se traiciona a sí misma, transgrediendo el orden universal de la vida, la más grave sanción que puede sufrir el ser humano, sólo comparable por sus efectos letales, al pecado original y a la consiguiente expulsión de Adán y Eva. Sin lealtad no existe vida moral en el país, y arrastra su existencia material como un cuerpo corrompido.

La lealtad ha conformado nuestra naturaleza y forma parte de esos principios universales que Cicerón llamaba “notiones innatae”, “natura nobis insitae”. Y es natural que contra tanta ponderación de lo contranatural y artificiosamente rebuscado, los principios ínsitos por la propia Naturaleza sean contravenidos.

A estas nociones Cicerón añadía el consentimiento universal de todos los hombres (“consensus gentium”). Y efectivamente el “consensus gentium” toma su valor y su fuerza obligatoria de la misma ley natural, de la cual es una aplicación inmediata a la vida del hombre constituido en sociedad.

La deslealtad lo aniquila todo, la amistad, la familia, los Partidos Políticos, las empresas, la Nación, la libertad. Y sin libertad la patria se dispone a ser esclava.

Perdonar errores, pasiones y locuras

Por eso se pueden perdonar los errores, las pasiones, las locuras, y todos los pecados, pero nunca la deslealtad, porque supone una rebeldía contra las leyes de Universo y el propio ser que nos constituye. Y la deslealtad está a punto de aniquilar España, es decir, de reducirla a la nada, nihil, si una fuerza moral no se levanta con resolución para castigar el crimen letal que supone la deslealtad, que siguiendo a Gracián convierte a todo los que toca en “nigilotes”.

Habría que volver a Tirso de Molina, a la España del honor, que tan maravillosamente cantó la lealtad de los hombres de España, pero que describe también cómo en aquella época la deslealtad del traidor suponía como mínimo la muerte civil.

Porque si la sociedad no castiga la deslealtad en todos los ámbitos, la deslealtad acabará matándonos. Reconocer la monstruosidad moral que supone la deslealtad, “cum importuna sceleratum manu”, supone ya iniciar un camino de regeneración, y ese camino debe empezar a recorrer de nuevo y con urgencia España.

La lealtad es obligatoriamente vitalicia; la amistad muchas veces no, porque como todas las cosas sentidas por el individuo humano, y no por el colectivo humano, es una estatua de barro imitando al Creador. Y para que dure toda la vida la amistad hay que guardarla en la urna cálida y confortable de nuestro propio corazón.

Pero en estos tiempos de deslealtad sistemática la careta de cartón pintado de la falsa amistad – recordemos a Esopo – es casi imposible de diferenciar del noble rostro de la amistad verdadera. Si como dijo el Estagirita nada hay más necesario para la vida individual que la amistad, también nada hay más necesario para la vida colectiva que la lealtad. La amistad quiere la felicidad del amigo. La lealtad requiere la integridad de los ciudadanos. “Somos amigos porque él es él y porque yo soy yo”, decía Montaigne hablando de La Boetie.

Somos, sin embargo, leales por obligación moral, esto es, pública. Mientras tanto, no tenemos ya ninguna esperanza en que un presidente o vergobreto, que llegó al poder por patentes deslealtades a España, se pueda convertir en leal contra su naturaleza. Su deslealtad hace amanecer a España bolivariana. “Pero que tú te arrepientas de tus vicios, que tú temas el rigor de la ley, que te pliegues ante el bien de la patria, no puede pretenderse, pues no eres tal, Catilina, que pueda el honor retraerte de una infamia, o el miedo de un peligro, o la razón de la locura”.