Cuando la política reviste formas religiosas

Martín-Miguel Rubio Esteban Valdepeñas
San Agustín Hipona / Lanza

San Agustín Hipona / Lanza

A menudo los partidos políticos, particularmente los partidos de izquierda, asumen en los debates públicos vocablos, expresiones y creencias que usan como conjuros, talismanes y dogmas o artículos de fe. El político con frecuencia nos baja y plantea con aire kerigmático revelaciones abstrusas de las que sólo él conoce su fuente. Así la esencia del kerigma en sentido socialista es la proclamación de un nuevo mensaje de salvación: la venida del reino de la igualdad. Diríase que el “sacerdote” socialista hace presente el Reino de la igualdad en su misma “predicación”, la revelación definitiva en la proclamación, y en esto han estado doscientos años. Toda política de izquierda, en cuanto antropología reveladora definitiva, exige una mystagôgía o iniciación en sus misterios, y los líderes de la misma deben ser mistagogos, en cuanto que deben convencer de una doctrina salvadora infalible, inerrante y autoritativa; no enseñan realidades que se ven con ojos muy abiertos, enseñan deseos y sueños que se ven con ojos muy cerrados (mystoí). Y cuanto más aprietan los ojos cerrados los iniciados, mejor ven los paraísos.

La vida humana bulle encerrada en unos dógmata inalterables y en artículos de fe irrefragables. La realidad testaruda no tiene nunca razón ante la verdad revelada al grupo. Lo que pasa es que la realidad y la vida son pertinaces en el error, porque el programa político supone una infalibilidad universal. Magisterium totius Factionis per orbem dispersae. La realidad no tiene derecho a ser respetada. A esto Kant lo llamaría “degeneración religiosa” y “fetichismo”. Nada que no pueda vencer el materialismo al formalismo kantiano (Trotsky). Nunca la teología iluminada de la izquierda se ha preocupado de la realidad en cuanto lo que es en sí. La revelación socialista no es cosa del ingenio humano, sino un bien que el Partido confía a sus militantes como activos y fieles custodios. Las cosas del Partido “credenda tamquam divinitus revelata”.

No obstante, daríamos una visión de la izquierda inexacta si no citáramos a los padres de la socialdemocracia, como Bernstein y Kautsky, que intentaron quitar al socialismo las anteojeras de verdades inmutables para ver las realidades de los hombres y las cosas en toda su compleja riqueza, sin los prejuicios de los artículos de fe del marxismo, y señalando la necesidad de una traducción “actualizante” del mensaje socialista. Pero, desgraciadamente, la izquierda aún sigue operando en política con un horizonte de misterios sobrenaturales – su ya ancestral parádosis -. Y es que los análisis de realidades distintas los dividen y los hacen aparentemente incoherentes, como tropel de “confesiones” desacordes, y, por otro lado, corren el peligro de diluirse entre los liberales. Y vuelven para atrás, al mito antropológico, a las raíces y a los dógmata socialistas cuasirreligiosos, perseverando en la “traditio tradenda”.

Sin duda el centro-derecha tiene también pecados terribles, que no es el menor esa comodidad ultraindividualista que tantas veces lo identifica (y lo perjudica), pero al menos sabe mirar la realidad con menos prejuicios ideológicos. Y es que aquí la ideología pesa mucho menos. Y ello hace que sea más capaz de arreglar los problemas sociales y económicos con pequeñas reformas de ingeniería política que teniendo que seguir las instrucciones reveladas, aplicando a cada paso justificaciones hermenéuticas sobre sus textos sagrados inmutables.

Curiosa y paradójicamente el programa sociopolítico y desiderátums del marxismo del siglo XIX fueron plenamente conseguidos en los países capitalistas con democracia liberal. La derecha, que para Iglesia ya tiene la vieja, la de siempre, acaba realizando constantemente los sueños de la izquierda. Y eso ha hecho que por ósmosis de lógica interna vivamos lo que hoy no muy científicamente se llama socialdemocracia, que al decir de la muy sutil erudición de Ignacio Ruiz-Quintano es aquel sistema en que la economía es de derechas, la cultura de izquierdas y el gobierno de centro. Este contubernio ha hecho que muchas de las afirmaciones dogmáticas de la izquierda sean también asumidas por la derecha moderna, engendrándose eso que se llama “lo políticamente correcto”, inventario de dogmas objetales, carentes de dialéctica, a los que se trata de convertir en algo obligatorio bajo la forma de hechos y sucesos objetivados.

Devenido de la izquierda – aunque ya asumido con complejo por la derecha edípica – “lo políticamente correcto” posee fuertes rasgos de doctrina religiosa. Más aún, tiene todos los rasgos de una nueva religión. Y mientras la derecha siga teniendo el complejo de culpa de haber matado a Layo – que abusó del jovenzuelo Crisipo – hay pocas posibilidades para que la política vuelva a la racionalidad, su fundamento, y al pragmatismo. La izquierda abusa ignominiosamente de la derecha con su agustinismo. Es verdad que San Agustín decía en la Iglesia de su tiempo que todo hombre en pecado original y no justificado peca en cada uno de sus actos. Pero esta formulación ya es inadmisible en el lenguaje de la Iglesia postridentina. Los afiliados del centro-derecha, particularmente los del Partido Popular, no deben sentir que se encuentran en el orden infralapsario, sino que deben volver a su íntegro método de mirar las cosas, limpio, prístino, sin someterse a ninguna autoridad doctrinal ajena. Sólo así podrá surgir la verdad, y de ella la utilidad social, que es el fin de la política – no la redención -, y que tanto sigue necesitando España.