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De la importancia de la Cultura Clásica

Nunca antes los Ayuntamientos ni las regiones – ahora autonomías – habían tenido tantos recursos para el estudio y conservación de su identidad étnica y cultural desde las épocas más remotas hasta el siglo XX. Esto ha producido que se hayan multiplicado en los últimos cuarenta años los yacimientos arqueológicos, parques arqueológicos, lugares de estudio arqueológico accidentales y restauraciones de edificios de interés cultural. Pero como siempre suele ocurrir en España cuando hay recursos falta el genio para sacarles provecho, y cuando existe el genio no hay recursos. Así, la miserable postergación del Griego y el Latín que la Administración educativa ha ocasionado pone hoy a la arqueología en un trance absurdo y paradójico: los arqueólogos “meten mano” a las reliquias del Mundo Clásico no sólo desconociendo el latín y el griego, sino incluso la literatura del Mundo Clásico. Y debería estar prohibido tocar la materialidad de lo humano de la época clásica sin conocer el espíritu que la realizó, cuya epifanía son las lenguas clásicas.

La separación o divorcio entre la arqueología y la literatura clásica ha convertido la arqueología en pura elucubración más o menos bárbara y fantasiosa. Decía Lessing en su precioso opúsculo Cómo los antiguos se imaginaban a la muerte que un arqueólogo que no sepa latín y griego es un buhonero de antigüedades, un heredero de cacharros de la Antigüedad, y que sólo las lenguas clásicas le hacen ser heredero genuino del espíritu de la Antigüedad.

Digo todas estas cosas porque uno lee textos de arqueología egresados incluso de Universidades en donde se constata que el arqueólogo no conoce un ardite los textos clásicos y, como mucho, referencias de citas de autores que jamás él ha leído ni ha ido a la fuente. Y lo malo es que las referencias de citas que uno no ha leído suele ocasionar disparates que cada vez son menos las personas o colegas que existen para apreciarlos. En los trabajos de Arqueología se citan a autores clásicos más como decorado de venerable autoridad que por utilidad efectiva. Todo ello está produciendo dos mundos distintos y en ocasiones muy divergentes: el Mundo Antiguo que sale de las investigaciones arqueológicas y el Mundo Antiguo que nos revelan los textos clásicos.

Cuando se conocen bien los textos clásicos, no hay problema en que el arqueólogo llegue a conclusiones e hipótesis que puedan variar un poco de la “verdad” de los textos – porque la propia arqueología puede corregirlos y explicar los porqués de la diferencia -, pero cuando no se tiene ni puñetera idea de la Cultura Clásica basada en textos clásicos y se habla sólo de oídas es una temeridad y una profanación tocar una sola piedra de una extinta civilización. Mejor sería entonces que la Memoria material de nuestros ancestros siga enterrada, a buen recaudo, esperando la mano sabia que un día arranque los acentos vivos de la época. Escarbar la tierra con la poderosa tecnología actual sin tener la cabeza llena de textos clásicos bien metabolizados es como lanzar bombas atómicas ciego y desorientado.

Arrasamos como bárbaros el Mundo Antiguo cuando no sabemos traducir el fluir de sus lenguas francas. De hecho, es una contradicción bárbara aniquilar las lenguas clásicas, esto es, reducirlas al nihil en los planes de estudio, y luego querer preservar la memoria material de los Antiguos con enormes recursos. Nunca ha habido como hoy arqueólogos y restauradores con tantos medios y con tan poca formación humanística. Y en ese caso es mil veces preferible la situación insuficiente de un arqueólogo o restaurador bien formado pero sin medios que un arqueólogo bárbaro con alta tecnología. Porque el peligro de aniquilación cultural que entraña éste es infinitamente mayor. La imaginación de un buen arqueólogo debe estar espoleada por su cultura clásica y no por corazonadas iletradas.

La mínima prudencia exigiría de la autoridad gubernativa la prohibición de que manos inexpertas manipulasen las venerables reliquias que nos ha dejado la Antigüedad, merecedoras de un respeto que se debería realizar en leer con atención y celo todo aquello que su propia civilización dijo de sí misma.

No haber leído a Tito Livio cuando se está explorando una ciudad desaparecida tras el final de la Segunda Guerra Púnica en la Oretania es una falta de respeto a la Antigüedad. Situar la Ora Maritima, de Rufo Festo Avieno, que describe en sus mediocres versos las poblaciones que habitaban entre Gibraltar y Marsella, como un texto anterior a Diodoro de Sicilia, Ptolomeo o Estrabón es una falta de respeto a la Antigüedad.

Por otro lado, Esteban de Bizancio, no es del siglo I, contemporáneo de Estrabón, sino de comienzos del siglo VI, y, por tanto, casi contemporáneo de San Isidoro de Sevilla, en los inicios del Imperio Bizantino, y sus estudios étnicos recuerdan la Periégesis de Pausanias o la de Fileas. Las pesas de telar y fusayolas no apuntan a talleres textiles, sino que todas las mujeres hacían la ropa a los miembros de la familia, por lo que no paraban de hilar y tejer, como expresan algunos relieves sepulcrales que representan a la “perfecta esposa” hilando. El pueblo ibero no quemaba por sistema a sus muertos, sino que  sólo los miembros de las grandes familias, los reguli y príncipes, eran incinerados, dado el enorme coste de energía que entraña quemar un cadáver. Los olcades eran vecinos de los oretanos al nordeste. Todo esto lo dicen ya los textos clásicos, que coincide con el sensus communis.