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De nuevo la serpiente. Capítulo VIII: El Broker

El afinado instinto de los ofidios les puso en aviso. Aquel exceso de calor no podía ser una nueva presa, ni aunque su tamaño fuese enorme. Alertados, enseguida iniciaron el escape del nido buscando la humedad del riachuelo cercano. Zigzagueando entre los riscos a una velocidad vertiginosa todas lograron llegar hasta el agua, todas, menos aquella que antes había tenido la suerte de atrapar a la rata que por error interrumpió su letargo. Adormecida, deglutiendo aún la enorme presa, no tuvo tiempo de escapar a través de la oquedad del árbol que, ahora como ella, era pasto de las llamas.

Aquel verano tan seco resultó ser trágico. La comarca quedó devastada tras el enorme incendio forestal. No hubo víctimas humanas, pero la flora y la fauna de aquellos parajes sufrieron unas pérdidas cercanas al noventa por ciento, al menos eso dijeron los técnicos.

Aquella mañana, tan clara como calurosa, bajaba el descapotable del broker por la sinuosa carretera de montaña. Sin ir a una velocidad excesiva, el coche tomaba las curvas invadiendo parte del carril contrario. Él se mostraba confiado, sabía que excepto alguna furgoneta de reparto que llevase algún encargo al hotel rural, ningún otro vehículo se aventuraba a horas tan tempranas.

Se conocía de lejos aquella comarca. Cuando empezó en el banco, inició, a modo de prueba, un peregrinaje por las pequeñas oficinas que la entidad tenía en los diversos pueblos de la zona, lugares donde conoció y entabló relación con los que después serían sus víctimas. Se trataba de gente humilde que se había labrado un futuro pellizcando a una economía de subsistencia, ahorros conseguidos con mucho esfuerzo y las pequeñas alegrías que les deparaban la gestión de los bosques comunales que bordeaban el valle.

Poco a poco fue ganando su confianza. Después, cuando acudían a la oficina en busca de consejo para invertir sus ahorros, él, con su labia y su trato cordial y campechano les inducía a firmar aquel documento ininteligible del que ahora todos maldecían. Ya apuntaba maneras cuando casi todos los paisanos de la región habían picado en el truco de las “preferentes”. Le gustaba asemejarse a una serpiente, elegía su víctima, la envolvía y zas, la picadura que suponía la firma de aquel irreverente contrato. Otras veces la víctima acudía seducida por el ruido de la avaricia y ahí estaba él promocionándose entre sus compañeros tras un nuevo incauto.

Saludó con un gesto amistoso a la patrulla de la guardia civil cuando en el stop obligatorio se incorporaba a la carretera nacional. En absoluto pensó que su irresponsabilidad de tirar una colilla mal apagada traería unas consecuencias tan desastrosas. De hecho, cuando supo de la noticia del incendio, no se sintió responsable, ni siquiera cuando se enteró que tuvieron que rescatar a los empleados y los turistas que se alojaban en aquel coqueto hotel entre las montañas. Allí, horas antes, había dejado dormida en la habitación a su enésima conquista, una niñata más atrapada por sus dotes seductoras. Su porte de triunfador, que no iba más allá de ser un macarra desvergonzado disfrazado de gentleman, era una actitud que algunas féminas encontraban irresistible y que él utilizaba sin pudor para ir de cama en cama.

Pasadas unas horas desde la catástrofe, algunas de la bichas huyendo del incendio lograron introducirse por una de las alcantarillas que, ilegalmente, desembocaban en el río. Ante ellas se vislumbraba un entramado de túneles, colectores, cañerías y desagües. Redes donde podrían conseguir comida fácilmente porque aquello estaba plagado de ratas de cloaca y ellas eran sus predadores naturales, reptaban y se deslizaban por aquel submundo sin que nadie pudiera atisbar  su presencia.

Aquella mañana de otoño, el broker tenía una reunión muy importante. Impecablemente trajeado acudió al encuentro, soportando la inevitable resaca de la noche de fiesta anterior. Después de una generosa ducha de agua fría y aquel café solo, todavía arrastraba un ligero dolor de cabeza.

La reunión resultó tensa. A pesar de su instinto y las previsiones que había hecho sobre las inversiones, algo salió mal. En un exceso de confianza no valoró la posible intervención del gobierno de turno. Ante los malos datos económicos, los altibajos de la bolsa y la elevada prima de riesgo, el Ejecutivo decidió aquel día suspender las operaciones de venta en corto. ¡Maldita la hora, maldito el momento! Se jodió la ocasión de un nuevo ascenso. Debía admitir el fracaso por su extrema osadía y no sabía cómo hacerlo, estaba en un dilema y a punto de quedar en ridículo.

Se disculpó del grupo aduciendo un repentino malestar. Desencajado entró en el baño y se echó agua a la cara. Se sentía mal y aunque sólo esnifaba ocasionalmente, en aquel momento, para encajar el golpe o para despertar el ingenio, necesitaba con urgencia una raya. Nervioso se tapó uno de los orificios y aspiró con fuerza.

De pronto sintió ganas de vomitar y al abrir la tapa del inodoro se encontró con el ofidio, una enorme serpiente que pugnaba por salir del agua. ¡Cómo pudo llegar aquel bicho hasta allí! Enloquecido, sin saber si aquello era real o una visión por efecto de la droga, cogió el maletín y la emprendió a golpes con el reptil, dando golpes a diestro y siniestro, enloquecido. Las venas se le hincharon, se le nubló la vista y en la cabeza reventaron los capilares.

Cuando lo encontraron desmayado en el suelo empezaron las especulaciones para justificar el síncope. Demasiado trabajo, demasiada responsabilidad, el estrés posiblemente haya sido la causa. Diagnóstico, una simple crisis de ansiedad.

Mientras tanto, con la urgencia, nadie prestó importancia a un imperceptible reguero de agua que de forma zigzagueante iba desde los aseos hasta el despacho de dirección, la puerta estaba inusualmente entreabierta…