Desinterés hacia lo nuestro

Pilar Serrano de Menchén
Fachada principal de la venta de Borondo

Fachada principal de la venta de Borondo

Encomiable nos parece que, por parte de varios arquitectos y profesores, asimismo otros amantes de la cultura, hace años pusieran en marcha la conservación y recuperación de la venta del Borondo/C, Monteagudo

Un paseo por el campo nos llevará a la conclusión de la poca estima que tenemos a la arquitectura que embellecía nuestros paisajes: casas, molinos de agua y quinterías derruidas, cuando no esquilmadas e insistentemente visitadas para robar: tejas, puertas, ventanas, pilas de agua y vigas de techumbres

Desde hace tiempo los poderes públicos vienen desarrollando una serie de tibios planes y algunas actividades tendentes a la conservación del patrimonio de la arquitectura tradicional. Importante nos parece conservar dicha arquitectura, porque el valor de la misma es innegable y, también, porque a pasos agigantados está desapareciendo: una buena muestra de ello son los molinos de viento derruidos y que nos identifican tan certeramente como paisaje de un libro universal que, cada día, amanecen al deterioro.

Encomiable nos parece que, por parte de varios arquitectos y profesores, asimismo otros amantes de la cultura, hace años pusieran en marcha la conservación y recuperación de la venta del Borondo. Sin embargo, un paseo por el campo nos llevará a la conclusión de la poca estima que tenemos a la arquitectura que embellecía nuestros paisajes: casas, molinos de agua y quinterías derruidas, cuando no esquilmadas e insistentemente visitadas para robar: tejas, puertas, ventanas, pilas de agua y vigas de techumbres (lo último tan en boga que parece plaga, no ya en lo que digo, sino los robos a los agricultores: maquinaria, aperos, transformadores, etc..)

Pero no es sólo apatía y desinterés hacia dicha arquitectura popular el trato y maltrato que hemos dado a los edificios construidos en el campo, sino a las casas de nuestros pueblos: una buena parte de ellas, por no decir casi todas, desaparecidas. Un mea culpa debían entonar los Ayuntamientos (salvo honrosas excepciones) en cada uno de nuestros lugares; y también los que somos vecinos de esta Mancha que, nunca mejor dicho, es «mancha» que llevamos sobre nuestro comportamiento; pues no sólo el azulejo se ha hecho dueño de las fachadas, sino los colores chirriantes con los que poco o nada favorecemos nuestros paisajes urbanos; asimismo diseños de urbanizaciones copiadas de otras latitudes.

Quizá haya sido la sencillez de los materiales, bien alejada de los mármoles y brillos, la culpable… Sin embargo, según los expertos, esta sencillez está cercana al paisaje y muy alambicada con nuestra singular y particular historia: la que fue construyéndonos con una identidad peculiar; sencillez poco alabada por muchos profesionales y considerada como «cateta»; no interesa y a la vista está.

Mas es la sencillez de elementos lo que caracteriza a nuestra tierra. Lajas de piedra de la zona, tapial, teja curva, madera, arena, cal…, y mucha destreza para conseguir la armonía constructiva.

 

Desmoronando nuestra arquitectura

No puede pasarnos desapercibido el hecho de que, sin pena ni gloria, se esté desmoronando nuestra arquitectura. Sin embargo, apenas quedan profesionales que sepan hacer tapial ni otros oficios que devienen de las antiguas construcciones. Y si decimos lo anterior es porque vemos comúnmente que las pocas casas construidas con tapial se «repellan» con cemento.

Tenemos un tesoro por la tranquilidad y paz de la mayoría de nuestros pueblos. También hemos tenido en nuestras manos ser solaz para el visitante por la hegemonía  paisajística y urbana con la arquitectura tradicional. Ahora padecemos la alineación urbanística y, por la picota del progreso mal entendido, se ha destruido nuestra propia idiosincrasia, derribando la belleza tradicional e histórica que tenían nuestros lugares.

Por ello, cada vez más, admiramos a las ciudades y pueblos punteros en progreso que han mantenido sus antiguas construcciones y señas culturales, tanto en conservación de monumentos, casas, bodegas, cuevas, queserías, quinterías, casillas…, como en preservación de fiestas y tradiciones, aportando con ello un mayor interés y atractivo; y posibilidades  a su desarrollo. En la medida que nos sumemos a la desaparición de lo que aún queda, habremos ido abriendo caminos a la preservación de lo que somos.