El ángel que sabía nadar

B. G. Valdepeñas
Pedro Miguel

Pedro Miguel

Pedro Miguel, han pasado ya algunos días desde que tu alma partió al encuentro con Dios, por quien fuiste tan tempranamente llamado… Y tu ausencia se hace tan dura…

Partiste sereno, tranquilo, como dormido, soñando quizá con algunas de las primeras victorias que empezabas a conseguir en natación, deporte en el que encontraste ilusión e infinidad de amigos que hoy, debido a tu marcha, pierden no sólo al compañero, sino también al chico educado, alegre y generoso que se ganaba el corazón de todos en cada entrenamiento.

Tu recuerdo es grande, como grandes los momentos vividos: tu reciente graduación, tus viajes con la iglesia, tus paseos en bici…pero el más importante viaje ya lo has hecho: te has ido, sí, pero cuánta vida has regalado. Nunca llegaremos a saber las lágrimas de otras familias que tu partida ha convertido en esperanza de vida.

Has de saber además que tus padres y hermana han demostrado un ejemplo de dignidad y entereza como nunca antes había visto. Bajo su inquebrantable fe nos han demostrado la aceptación serena, aunque siempre dolorosa, de tu viaje eterno. Y solo personas de verdadera fe, como lo son ellos, pueden dar ejemplo con su propia vida de lo que significa ser, en definitiva, buenas personas.

Pedro Miguel, tu recuerdo es eterno. Despedirnos de ti nos ha sumido en un dolor inmenso. Tan inmenso como las aguas del océano donde nadas ahora con las alas que estamos tejiendo con tu recuerdo.

DEP