Durante meses, buena parte de la izquierda española tomó las calles convencida de estar denunciando un genocidio en Gaza. Lo hizo a gritos, entre banderas y megáfonos, repitiendo sin matices lo que difundían los portavoces de Hamás, un grupo terrorista. No hubo prudencia, ni verificación, ni duda: bastaba con que Israel estuviera implicado.
Pero el supuesto genocidio jamás existió. Ningún organismo—ni la ONU, ni Amnistía, ni siquiera las propias cifras de Hamás— respalda esa acusación. Las proporciones de víctimas, la inexistencia de una intención de exterminio y los esfuerzos de Israel por evacuar civiles desmienten la narrativa. Aun así, fue más rentable políticamente abrazarla que contrastarla.
Y mientras tanto, el mundo real sangra en otro lugar. En Sudán, más de 150.000 muertos, aldeas arrasadas y 14 millones de desplazados componen una tragedia auténtica, visible incluso desde el espacio. Es una limpieza étnica, un genocidio en toda regla, perpetrado por los herederos de las milicias islamistas contra tribus africanas. Pero ahí no hay cámaras, no hay pancartas.
La izquierda moralizante que inundó plazas y universidades con lemas sobre Gaza calla ante Sudán. Calla porque no hay enemigo occidental. Calla porque no puede señalar a los judíos ni al “Estado sionista”. Calla, en definitiva, porque esa matanza no sirve a su relato.
El problema no es la falta de información, sino la corrupción del sentido moral. Se ha banalizado la palabra “genocidio” hasta convertirla en herramienta propagandística. Se ha sustituido la compasión universal por la ideología tribal. Lo que se denuncia ya no depende del dolor real, sino de quién lo cause.
Si Israel estuviera implicado en Sudán, habría concentraciones en cada plaza, comunicados urgentes del Gobierno y portadas en todos los medios. Pero como los asesinos son africanos, y las víctimas, principalmente cristianas, también, la tragedia esquiva ese averiado radar moral.
En España, esa incoherencia se disfraza de “compromiso”. Quienes acusan a Israel de exterminar a un pueblo guardan silencio ante hambrunas reales, provocadas por sátrapas y terroristas, que aniquila a miles en África. Quienes exigían sanciones y reconocimientos unilaterales no son capaces ni de pronunciar la palabra “Sudán”.
El resultado es devastador: una izquierda que marchó por un genocidio inexistente mientras ignora uno verdadero. Una izquierda que se aferra a la propaganda de terroristas y se desentiende del sufrimiento que no encaja con su guion.
El drama sudanés no solo revela el fracaso de la comunidad internacional: expone la bancarrota moral de un progresismo que ha cambiado la justicia por el postureo. Porque cuando la compasión depende del eslogan, deja de ser compasión para convertirse en mero activismo.
