El hombre del gabán marrón canelo

Eloy Fernando Galán Rodríguez

Llegó al extremo sur de la localidad y a la altura del antiguo club de alterne dio media vuelta para divisar la esbelta torre y el campanario de la iglesia. Era una tarde desapacible de los primeros días de verano. Oscuros nubarrones ensombrecían el pueblo y un fuerte viento castigaba, a rachas, las ramas más débiles de los árboles. Al volverse, uno de esos bofetones de aire a punto estuvo de volarle el sombrero.

La solapa de su gabán marrón canelo golpeó suavemente sobre su mentón. Notó que una lágrima se le escapaba desde la comisura del ojo y le resbalaba por la mejilla. Decidió volver. Dejó atrás los campos de fútbol, la estación de bomberos y los cines. Cuarenta años antes allí no había nada aparte de las eras. Ahora se sucedían parques, instalaciones deportivas y de ocio, así como zonas residenciales, alguna tristemente desierta. A su derecha quedaba el cerro de los molinos, delimitando el pueblo por aquella parte.
Confió en que su firme caminar le permitiera acabar el cotidiano paseo antes de que se desatara la tormenta. No tenía nada más que hacer, ni le gustaba dejar las cosas a medias. Cuando se quiso dar cuenta ya había dejado atrás la gasolinera, la capilla y el
mesón. Se encontraba en la que durante muchos años fue la vía principal, una antigua carretera general que cruzaba la villa de norte a sur y partía en dos la población. La construcción de la autovía provocó que talleres y locales de productos típicos perdieran su razón de ser en aquella histórica calle. Su lugar fue ocupado por diversos negocios.
Sólo sobrevivían los bancos. El tráfico continuaba siendo intenso y había que andar con precaución, incluso en los pasos para peatones, aunque a esa temprana hora apenas circulaban vehículos.

Monumento al vino

En la rotonda, presidida por el monumento al vino, giró a la derecha. Decidió desafiar al viento y subió por el parque lineal en dirección este. Se trataba de una vieja vega que en el año 79 se desbordó y provocó uno de los episodios más tristes que se
recuerdan. Años después construyeron un canal para evitar otra desgracia, y en las últimas décadas las autoridades se habían empeñado en tapar aquella sinuosa brecha y edificar sobre ella un amplio bulevar. El primer tramo estaba sembrado de plantas y
flores. Más o menos a la mitad había un pequeño estanque con peces naranjas. Algunas mañanas de domingo las botellas de vidrio y los vasos de plástico convivían con ellos. Era, simplemente, un problema de educación.

A partir del segundo tramo el pequeño oasis se convertía en un amplio paseo con un llamativo y colorido enlosado. La gente paseaba, especialmente en las calurosas noches de verano, o trataba de tomar el fresco  en los asientos que jalonaban el recorrido. En el medio, como reclamo turístico, las enormes letras en las que podía leerse el nombre de la ciudad. Alguien en la radio lo había llamado “el Hollywood de La Mancha”.

Ambiente más tranquilo

Conforme se alejaba del centro urbano el ambiente era más tranquilo. Los bares y tiendas de moda dejaban paso a bloques de viviendas de hasta cuatro alturas. La elevación de la plataforma construida sobre la veguilla hacía que los viandantes caminaran a la altura de los primeros pisos. Desde sus ventanas abiertas podía contemplarse a los caminantes como si formaran parte de una pasarela de modelos.
Había percibido las miradas furtivas que le dedicaban algunas de las pocas personas con las que se iba cruzando. Seguramente llamaba la atención su indumentaria aquella tarde de julio. Un hombre con gabardina y sombrero en pleno estío no pasaba
desapercibido. A él tanto le daba.
Se percató de que apenas quedaban ya banderas en las terrazas. Pasó la fiebre. La deportiva a base de volver a no ganar nada; la política porque, como las modas, al final acaban por cansar al personal. Recordó ventanas y balcones decorados con los colores
con los que se identifica cada país y le pareció llamativo y bonito. Desde luego más que los anodinos e impersonales carteles de las inmobiliarias.
Llegó al final del paseo y se sorprendió a sí mismo sumido en estas disquisiciones, con los antebrazos apoyados en la barandilla de metal, frente al parque cuya entrada se asemejaba a la de un mausoleo egipcio. Se incorporó y se caló bien su fedora gris, como
el del tango de Gardel. Dio media vuelta con la intención de ir a la Plaza, a acodarse en la primera barra en la que le sirvieran un chato, si es que algún camarero de los que había ahora se acordaba de lo que era eso. Comenzó a caminar justo cuando las
primeras gotas, del diámetro de una moneda de dos euros, empezaron a repiquetear sobre las baldosas rojas, verdes, azules y amarillas.