El otro García Pavón

Dionisio Cañas Tomelloso
Francisco García Pavón

Francisco García Pavón

Cuando escribí 'Tomelloso en la frontera del miedo' (Historia de un pueblo rural: 1931-1951), leí gran parte de la obra de Francisco García Pavón. No obstante, como mi intención era la de buscar los elementos de la intrahistoria de Tomelloso que se encontraban ficcionalizados en su obra narrativa y en sus memorias, no se me ocurrió leer un libro excepcional dentro de su prolífera producción literaria y crítica: 'La guerra de los dos mil años' (1967).

Ahora que se han publicado sus obras completas en cuatro volúmenes (2019, Editorial Cuarto Centenario) he podido leer con tranquilidad aquel libro de ciencia-ficción que entonces dejé de lado.

Con frecuencia se asocia justamente la obra narrativa de García Pavón con la novela policiaca rural; fue quizás el fundador en España de lo que se conoce como la “novela negra”, un género de gran éxito hoy en día hasta el punto de que parece que los viejos y los jóvenes escritores y escritoras solo están interesados en escribir eso, novela negra, novela policiaca, de intriga; si es lo que se vende pues eso, a escribir novela negra todo dios.

Son menos los narradores y narradoras españoles que están interesados en escribir novelas de ciencia-ficción porque, claro está, es una mercancía que tiene menos repercusión mediática y comercial.

Pues bien, cuando en la España de los 60 del siglo pasado se pensaba más en tratar temas intimistas o sociales, aparece La guerra de los dos mil años, una novela que está entre el surrealismo más radical y la ciencia-ficción; aunque, todo hay que decirlo, es una novela que solapadamente se hace una punzante crítica política y social de la España de aquellos años; incluyendo una visión grotesca de la Iglesia Católica y de los supuestos valores culturales como la tauromaquia. Además, hay fragmentos en esta obra de un erotismo que pudo escandalizar a muchos lectores.

La novela está dividida en diecinueve capítulos más un final con el título de “La cueva de Montesinos”, pero no se espere encontrar aquí ese Pavón tan manchego, realista y costumbrista que es muy frecuente en el resto de su obra narrativa.

El narrador va siempre siguiendo a un personaje extravagante cuyo nombre nunca se menciona sino que se conoce como “Ella”. Esta Ella, además de que se describen sus características físicas, representa en última instancia a la imaginación, la fantasía. Esta Ella va llevando al narrador por lugares alucinantes, por espacios que se encuentran entre el submundo de las películas de horror y la visión de un futuro inquietante.

Este viaje que concluirá en la cueva de Montesinos empieza cuando Ella posee al narrador, invade su cuerpo: “Y sentí dentro de mí aquella extraña muerte-vida que mi cuerpo y mi imaginación alcanzaban en las noches en que Ella me visitaba cayendo desde el techo de mi alcoba hasta encajarse en mi esqueleto”.

En este estado inicia el narrador su largo viaje y lo primero que se encuentra es una banda musical de negros: “No pude evitar el quedar un momento observando a los negros de cerca, aquellos flejes vibratorios, flejes azules, color cuerda de reloj, totalmente música, lámina de música de fleje vibratorio, de fleje de coito sin fin, con babas azules, encías rojas, lenguas grises, y unos penes larguísimos, mansísimos, que les salían por debajo de la boca del pantalón y culebreaban bajo las mesas del local…”. Y en ese lugar lleno de fantasía y silencio se escucha una “música que masturba cabello a cabello”.

Sin duda ya desde el principio nos encontramos con un García Pavón muy diferente al que nos tiene acostumbrados la crítica dedicada a su obra que siempre la describen como tan pegada a su pueblo, Tomelloso, y al lenguaje de su tierra.

En La guerra de los dos mil años nos encontramos con otro tipo de narrador, otro Pavón más cercano a la literatura de las vanguardias que al costumbrismo local. Otro Pavón que nos deja imágenes poéticas y sorprendentes, situaciones llenas de fantasía y de imaginación, más cercanas a un Ray Bradbury o a cualquier novela del surrealismo francés que a la típica novela española de su época.

Hay capítulos en los que el derroche de su imaginación más erótica se dispara y nos deslumbra, como es el caso del titulado “El cementerio capitoné”, casi como si fuera un cuadro de Salvador Dalí, donde descubrimos que el tal cementerio es como un prostíbulo de prostitutas muertas, mujeres “que no musitaban la bocas de las caras de las chicas, sino las bocas de sus sexos”, que aquel lugar era un “translúcido cementerio de putas antiguas”, donde  “hacia las doce y media de la noche todos los tatuajes de todas las cosas del mundo se iluminaron y empezaron a contar su vida”. Algo semejante ocurre con la novela de Ray Bradbury El hombre ilustrado en la que cada tatuaje del personaje cobra vida.

En cada uno de los capítulos se suceden las imágenes fantásticas, visionarias, eróticas: “una carretera anchísima, de cien bandas, que parecía hecha de un cristal azul limpísimo”. Esta cita es del capítulo titulado “El rodeo”, totalmente pornográfico, donde durante la “operación fornicativa”, nos encontramos, hablando de los machos que participan en este delirante rodeo, con escenas como estas: “muchos de ellos, antes de tumbarse del todo, eran fornicados por su mujer de manera consciente y machacona” y las mujeres tenían “coños que ladraban”. Es un capítulo feminista, como se diría hoy, donde las mujeres dominan por completo a los hombres.

Durante todo el libro nos encontramos con frases decididamente poéticas, vanguardistas o semejantes al famoso realismo sucio norteamericano: “Porque el corazón es el gran proletario de jornada continua”; “se limpian las lágrimas solitarias con servilletas de papel”.

El capítulo V, “La Fiesta Nacional”, es uno de los más delirantes y anticlerical, aunque lleno de humor y de burla, con lo cual uno se pregunta cómo la censura toleró que se publicara este libro, o por lo menos este capítulo. En la plaza de toros solo hay curas, monjes y monjas. En un momento dado, el personaje, hablando con Ella dice: “Desengáñate, esto no es una corrida, es un Concilio”.

Luego hay capítulos totalmente dignos de la serie “Expediente X”, como lo es el que trata de un misterioso avión antiguo que está paralizado en el cielo y en el tiempo, en pleno vuelo, con las hélices funcionando pero sin moverse, “El avión en paz”. Se trataba de un avión que había sido dado por desaparecido hacía ya treinta años, y allí estaba, inmóvil en el espacio, sin que nadie supiera cómo explicar el fenómeno, la anomalía espacio-temporal.

Hay capítulos dignos de hacer parte de series de ciencia ficción tan famosas como “Black Mirror” como son el titulado “El mundo transparente” donde un sistema de televisión, T.V. I. (Televisión Indiscreta) era como un “ojo universal” que permitía a todo el mundo ver en su pantalla de la televisión lo que cualquier ser humano hacía en sus propias casas, a la vez que esas mismas personas podían ser vistas por todo el mundo también. Es algo así como un adelanto de las redes sociales actuales, las cámaras de video vigilancia o los programas de telebasura como “El Gran Hermano”. Es uno de los capítulos más visionarios y contemporáneos.

El tema de la televisión como una amenaza lo vuelve a tratar en el capítulo XV, “Televisión del pasado”, un experimento que se conoce como “Retrotelevisión” (R.T.V.).

En “Los andamios” (capítulo XI) nos enfrentamos a una visión apocalíptica del tráfico en las grandes ciudades, con coches voladores y con la pesadilla de lo que hoy ya se vive en la ciudades donde el automóvil ha invadido la vida urbana (un tema que retoma en otro capítulo, “Coches para todo terreno”), y el conjunto bajo un “cielo verde”; un escenario digno de películas como “Blade Runner”.

Pero el capítulo más surrealista de todos es el dedicado al flamenco: “Tablado flamenco” (capítulo XII). Aquí nos encontramos con expresiones muy poéticas y cercanas a las de la poesía de Federico García Lorca: “ataúdes cargados de guitarras”; “mujeres con los muslos de luto. Y siniestros gitanos sin vientre llevando entre el pecho y la cadera una faja de aire transparente”; “cuadros con radiografías de guitarras”; “Los vestidos de las hembras son de lunares, cada lunar es un ojo grande, lunado, que de cuando en cuando remenea el párpado”.

En los dos últimos capítulos de esta novela García Pavón vuelve a tratar lo que es más habitual en su obra, Tomelloso, La Mancha, pero de una manera muy diferente, lleno de fantasía y de imaginación. Sorprende que este libro tan importante para demostrar que existe otro García Pavón alejado de su mundo local y costumbrista no haya sido más valorado lo suficiente. De hecho, cualquier cazador de guiones para hacer una serie de esas que agarran y sorprenden a los espectadores más jóvenes, podría hacerse con este texto que sin duda es el más asombroso, moderno y universal de la obra de Francisco García Pavón.