El vuelo de Damián Manzanares

Francisco Chaves Guzmán
El vuelo de las palabras

El vuelo de las palabras

Portada del libro de Damián Manzanares

Hace una decena de años, en mi columna titulada Espirales Elípticas, yo definía a Damián Manzanares como el poeta ensimismado. Mucho tiempo atrás, hace un cuarto de siglo, con motivo de una recensión que celebraba la publicación de su En tu regazo, yo también le llamaba el poeta sin artificio.

Ambas calificaciones siguen siendo válidas hoy, tras la publicación de su poemario El vuelo de las palabras. Porque mi amigo y colega Damián sigue sin buscar en la casa de las brujas el alambique del preciosismo y continúa también dejándose envolver y ensimismar por la poesía como si esta lo hubiese poseído en un rito iniciático que abarcase el universo entero.

Pero ahora, en El vuelo de las palabras, manteniendo lo que para mí es fundamental en su poesía, parece que duerme soñando que llora por la juventud perdida y despierta soñando que llora por los versos truncados, por los amigos perdidos, por las tierras holladas, por los paisajes maculados.

Este es el nuevo, y el viejo, Damián Manzanares, bajo cuya superficie en calma fluyen rompiendo barreras corrientes indómitas, desasosegantes recuerdos, preguntas jamás respondidas y algo así como un juego infantil en el que el niño que nunca dejó de ser se pregunta cómo hubiese sido su vida en un universo con una coordenadas mentales distintas y unas leyes físicas diferentes.

Leer a Damián es un remanso para el lector, que no debe dejarse apabullar por la paz que refleja sino acompañar al poeta en su viaje por esos universos paralelos. Especialmente en este recién nacido El vuelo de las palabras, que no es un poemario, sino dos, cada uno de ellos con diferente temperamento, diferente ropaje literario y diferente estado de ánimo. Que sirven, cada uno a su manera, para ajustar la voz del poeta: son las dos alas que permiten su magnífico vuelo.