“El vuelo de las palabras” por Damián Manzanares

Fernando de Juan Lérida* Ciudad Real
Damián Manzanares

Damián Manzanares

La historia de cómo conocí a este poeta, se remonta de cuando rebuscando entre los archivos de mi difunta madre, Pradito Lérida, encontré una carpeta con recortes de poetas y escritores manchegos, entre los cuales llamaba la atención por su abundancia y variedad de artículos de opinión, la firma de nuestro hoy día amigo Damián. Unos años más tarde coincidí en frente de él, en la mesa de una cena que el Grupo Guadiana, la editora de la Revista Manxa, organiza cuando presenta un libro.

Él muy educadamente, se presentó a los que estábamos más cerca y yo le dije que ya le conocía por sus fotografías que acompañaban a sus artículos en los periódicos locales. Fue cuando su mirada se amplió de júbilo como muestra de persona humilde y sencilla que es, como no esperando ese reconocimiento de un desconocido treintañero.

Pocos años después, nos veíamos con poca frecuencia, pero siempre ilusionado con su último libro, “El vuelo de las palabras”, como si estuviera gestando un secreto, al igual que un niño feliz con su nuevo juguete, pero con ganas de compartirlo con los amigos. Fue cuando unas semanas más tarde me sorprendió con que le gustaría que escribiera mi crítica sobre este libro. Yo le dije que lo normal sería que buscara la opinión de gente reconocida o escritores consagrados, no de alguien lejano a las letras. Por otra parte, aunque difícil tarea, fue todo un honor, que él confiara en mí.

Al ponerme a leer sus versos, tanto de la primera como de la segunda parte, observo que en ambas partes mantiene en todo momento, un tono o filosofía epicurista, el abrigo de la amistad, no lo exalta pero está ahí presente, oculto pero fiel. En una primera impresión aparece un híbrido entre las descripciones rurales tipo Hemingway que todo escritor intenta evitar, y el predominio del Homo Espiritualis, como Paulo Cuelho, pero él va más allá, jugando con las tonalidades de luz, los traslúcidos y los brillos, los olores de las estaciones, alegorías de las paseriformes fringílidas, y muchas más sorpresas inéditas que podrás descubrir en esta obra. Lo más inédito, no es buscar la esencia o la importancia de las cosas sencillas y simples, sino que convierte aparatos obsoletos en una ingeniería superior que atraviesa todo lo trascendental. Es un creador de circunstancias esquisitas.

Algunas personas dicen que la poesía no es para entenderla, sino para sentirla, pero en mi caso, al leer estos versos, e intentar analizarlos, encuentro no solo los sentimientos del autor, sino también sus propósitos o anhelos. Realmente nos encontramos ante una obra estoicista encubierta, como un pingüino feliz encerrado en una bola de cristal navideña que nieva por dentro, lejos de las amarguras y oscuridades de la realidad, esquivándola sin quejarse, sólo ignorándola, que el autor, nos invita a entrar. Éste, por el contrario, vive en una gran realidad, enfrentándose a toda adversidad.

*Investigador en formación