Elogio de la caza

Martín-Miguel Rubio Esteban Valdepeñas

Ahora que la extrema izquierda (Podemos e IU) quieren cargarse la caza con el pretexto de proponer el aumento de la distancia de seguridad de los lugares poblados, me parece conveniente atajarlo con una alabanza a la caza. No amar la caza es no amar la naturaleza. Los enemigos de la caza parecen querer resucitar las viejas y terribles forest laws de los tiránicos dominadores normandos en Inglaterra. El hombre es naturaleza entre naturaleza. Y la diferencia radica, según el padre Kant, en el espacio consciente que se establece entre estas dos formas de la realidad natural. La instalación en lo natural objetivo tiene lugar en lo natural subjetivo, por los sentidos. Ahora bien, para el hombre lo natural está interferido por lo social y cultural. Pero un producto de la naturaleza no puede escaparse de ella, y lo moral – volvemos a Kant – es el último propósito de la naturaleza. No amar la naturaleza presupone siempre un síntoma de inmoralidad o amoralidad.

El arte pictórico y decorativo-votivo nace en la Humanidad con escenas de caza. El cazador es el ascendiente del agricultor y del ganadero, y quizás ya fuesen simultáneos en algunas culturas prehistóricas. Quizás no sólo fuese la pura manutención el origen de la caza, sino también la defensa frente a las fieras.

La caza limpia los campos de conejos y otras especies que devoran las cosechas. De los galos tomaron los romanos el galgo (“canis gallicus”) para la caza precisamente de la liebre y los voraces conejos. La caza de conejos en Castilla-La Mancha no sólo ha paliado la plaga de conejos híbridos, sino también la catástrofe agrícola. Es por ello que las fincas con caza están más protegidas y saneadas que aquellas que están exentas de caza, debido casi siempre a la distancia mínima de seguridad.

Tanto las leyes de caza autonómicas como sus reglamentos entienden que los 250 metros es una distancia de seguridad prudente cuando se trata de caza menor, en la que se utiliza cartucho de plomo. Por ello cuando Podemos e IU plantean unilateralmente en mociones municipales una distancia de seguridad de 1.500 metros, en caza menor, no sólo muestran su odio a la caza, por el innecesario y extremado margen de seguridad, sino que también pretenden conculcar leyes y reglamentos autonómicos mediante ordenanzas municipales.

Los ayuntamientos que prohíben la caza también deberían asumir las responsabilidades pecuniarias en relación con las plagas de conejos y otras especies. Porque también existe la caza como defensa de los legítimos intereses del labrador. Los agricultores que han firmado concesiones con cazadores están tomando decisiones privadas y soberanas que si se atienen a la Ley, nadie puede impedir.

Ya en su temprana obra de Cinegética, Jenofonte, que escribió la obra en Escilunte, entre el 392 y el 388 a. C., todavía no repuesto del todo de la muerte del Maestro, nos habla en su parágrafo 5º de la caza de los conejos y las liebres en relación con la defensa de los cultivos y la pureza de la aguas. La siempre poética lengua griega llama a las  liebres “lagôos”, esto es, de orejas fláccidas, diferenciándolas así de los conejos. Al caracol le llamaban “phereoikos”, esto es, que lleva la casa consigo, y también es objeto de caza.

Jenofonte aconsejaba iniciarse en el arte cinegético en la caza menor, para ir pasando poco a poco a la mayor, y, finalmente, a la más peligrosa, aquella en la que el cazador puede perder la vida ante la fiera si no tiene temple, valor, decisión e inteligencia.

Posteriormente a Jenofonte los autores clásicos, Arriano y Oppiano, escribieron sendas Cinegéticas, que nos describen los distintos tipos de caza que se daban en lugares tan lejanos como la Galia, la Escitia y la Libia. Oppiano escribió su tratado cinegético en 2.000 hexámetros. Con Roma se desarrolló grandemente la caza de animales vivos destinados a los amphitheatri. Es asombroso los miles de leones, tigres, osos, toros, elefantes y otros animales de gran talla que se enviaron a Roma para las llamadas “venationes” circenses.

Virgilio, en sus Geórgicas, y Horacio, en sus Odas, nos hablan de la caza. Más adelante, los poetas Gracio Faliso y Nemesiano escribieron bellos poemas sobre la caza.

Los asirios y, más tarde, los persas, desde los aqueménidas a los sasánidas, trazaron grandes “paradeísoi” (en griego “parques” o “jardines”) en donde se criaba caza mayor para divertimento cinegético de los Reyes y los sátrapas.

La Edad Media añadió al sistema de caza de la montería la cetrería, con aves de rapiña. La pólvora se introdujo en la caza cuando a finales del siglo XVI se inventaron los perdigones. La pólvora hizo de la caza una diversión asequible a todas las clases sociales. Esto es, democratizó la caza.

En España, en general, y en La Mancha, en particular, la caza supone un motor económico de muchos caballos y en muchos pueblos entraña un PIB vital. Cientos de hoteles, restaurantes, armerías, alquileres de cotos, y hasta cargas impositivas por este deporte tan ínsito en la naturaleza humana,  favorecen la economía general, el bienestar público, la cultura y dan empleo a miles de personas.

Es así que la caza es la forma más tradicional de instalar al hombre en el corazón de la naturaleza, que asegura al hombre su coherencia con ella y su continuidad. Además, la naturaleza premia al hombre con una virtuosa felicidad auténtica, como premio por aceptar el hombre su pertenencia a la naturaleza. Esto no significa que transformemos en cadenas los instintos que la naturaleza nos ha dado. No los transformamos porque somos naturaleza desde la razón del arte y la cultura.

El niño de mi generación aún cazaba pájaros de verdad con tiragomas o con liga, o con pequeñas ballestas en la Isla de los Gatos o en el Castillo. Los instintos más atávicos aún se mantenían vivos. Hoy arrasa y devasta ciudades virtuales, repletas de hombres y mujeres, desde la consola de su ordenador. Es evidente que existen realidades mucho peores que el natural instinto de cazador, que defiende los sembrados contra el conejo o el jabalí, y a las tímidas ovejitas contra el terrible lobo.

Finalmente, la protección de la caza no es incompatible con la prohibición tajante de cazar especies en peligro de extinción – no por razones necesariamente antrópicas -, como la hermosa perdiz roja. Desde la época del emperador Augusto ha existido en Europa compatibilidad entre la caza y la protección de las especies en peligro de desaparición. Desde hace miles de años la caza ha sido una actividad regulada por la cultura. Quizás la actividad con normativa más antigua.