En el valle de Savé

Lanza Manuel Pérez Tendero

Cuando los peregrinos de Tierra Santa se acercan a Jerusalén, los guías de Israel suelen llevarlos al monte Scopus, donde está la Universidad Hebrea, y les ofrecen un pedazo de pan y un vaso de vino; enfrente está, llena de luz, la ciudad santa.

¿Por qué hacen este gesto? Es un recuerdo de un suceso de los tiempos de Abraham, que se relata en el capítulo catorce del libro del Génesis. Abraham ha llegado, desde Ur, en Mesopotamia, a la Tierra Prometida; pero aún no la posee. Está recorriéndola y llenándola con su oración, está luchando, está sufriendo la espera de la infecundidad. Jerusalén es una ciudad que ya existe; su rey se llama Melquisedec, que es también sacerdote. Abraham pasa por uno de los valles que rodean la ciudad cananea y el rey le sale al encuentro, ofreciéndole pan y vino. ¿Por qué esta ofrenda? Probablemente como reconocimiento de la victoria de Abraham, como gesto de acogida, pero también se ha interpretado como signo sacerdotal del rey de la ciudad.

Desde aquí se comprende el gesto de bienvenida hacia los peregrinos de Jerusalén: ellos son Abraham, la fe los ha puesto en camino y los ha conducido a la ciudad santa, en el corazón de la Tierra Prometida. Melquisedec es el habitante de la ciudad que recibe al forastero: el guía acoge a los peregrinos de la fe y les ofrece pan y vino, como gesto de bienvenida.

En el día del Cuerpo y la Sangre de Cristo, hoy, la Iglesia recuerda este gesto de encuentro entre Melquisedec y Abraham. ¿No es esto lo que celebramos en cada Eucaristía?

Todos los creyentes somos Abraham, peregrinos de la fe. Todos hemos escuchado la llamada de Dios que nos ha puesto en camino; hemos salido de nuestra patria para recorrer las sendas de la promesa, estamos caminando por una tierra que no es nuestra, pero en la que Dios nos ha citado para que, sin poseerla, se convierta en lugar de encuentro con él.

El corazón de esta tierra es Jerusalén; los caminos que pisamos no son sino valles y montañas que giran en torno a la ciudad santa. Jerusalén, desde siempre, ha sido considerada como la ciudad símbolo del cielo, de la meta, del futuro. Nuestros caminos rodean Jerusalén, nuestras batallas convergen en las murallas de la ciudad de la paz, nuestros desiertos tienen como horizonte la ciudad de la comunión, habitada por los elegidos.

El rey y sacerdote de esta ciudad definitiva es Melquisedec, el Hijo de Dios que nos ha abierto las puertas de lo definitivo. Él ha salido de la ciudad para encontrarse con nosotros y ofrecernos su pan y su vino. Esto es la Eucaristía: tocar los muros de la ciudad de Dios comiendo el pan que el sacerdote nos ofrece.

Alimento eterno

La Eucaristía es pan de la ciudad del futuro en las sendas del presente, alimento eterno que nos sostiene en la debilidad del tiempo; es saborear la meta en los esfuerzos del camino.

Para que sea posible este milagro de nuestra fe necesitamos panes amasados y vino fermentado. Necesitamos, también, guías que nos reciban y nos lo ofrezcan: vidas amasadas para que nos llegue el pan de Dios.

Ha terminado un curso: en el Día del Corpus pensamos también en la necesidad de preparar el pan y el vino para las eucaristías que vendrán; pensamos en la necesidad de seguir amasando libertades jóvenes que respondan al Señor para ser Melquisedec en nuestro camino de fe.

En las colectas de la primitiva Iglesia se pensaba siempre en los pobres y los ministros. Que, a final de curso, la Iglesia piense también en las necesidades de los últimos y en nuestra necesidad de pastores: servidores de los pobres y ministros de la Eucaristía, necesitamos que Melquisedec nos siga saliendo al encuentro.