En memoria de Manuel Marín ante un tiempo de desasosiego

J. M. Izquierdo Ciudad Real
Mural en el parque Manuel Marín de Ciudad Real /Clara Manzano

Mural en el parque Manuel Marín de Ciudad Real /Clara Manzano

Conviene recordar esta idea más en unos tiempos de desasosiego en los que todo vale, en los que verdaderos impresentables, perfectos imbéciles, con la formación de un niño de antes de finalizar la ESO, tienen la capacidad de condicionar gobiernos.

El día 4 de diciembre de 2019, este año que ahora acaba, se cumplían dos años de la muerte de Manuel Marín, posiblemente, desde una perspectiva personal, el político ciudadrealeño más importante de la etapa democrática.
Marín, diputado por Ciudad Real, secretario de Estado para la Comunidad Europea, vicepresidente de la Comisión Europea durante una década y media, presidente del Congreso, forma parte de la historia que va más allá de los límites provinciales, evidentemente.
No sé si eso ha sido valorado suficientemente en su ciudad de nacimiento, Ciudad Real, que, con motivo del segundo aniversario de su fallecimiento, le ponía su nombre a un pequeño parque escondido en una calle no de paso. No parece suficiente para la dimensión de su personalidad política, aunque, quien sabe, a él lo mismo no le hubiera parecido tan mal.
Pero, lo que hay que destacar de Marín, más allá de sus puestos políticos y las decisiones que desde ellos tomó y la repercusión que pudo tener entre los ciudadanos españoles y del reto de Europa, en su planteamiento llevado a la vida diaria de cómo deberían ser las relaciones políticas y cuáles deberían ser los objetivos de una Unión Europea, de una país, España, por encima de mediocridades humanas y políticas.
El gran mérito de Marín fue hacernos creer a muchos españoles que nacimos a la vida adulta y política con la vigente Constitución de 1979, con la entrada de España en la Unión Europea, que otra forma de convivencia, de desarrollo y evolución de la vida en común era posible.
Conviene recordar esta idea más en unos tiempos de desasosiego en los que todo vale, en los que verdaderos impresentables, perfectos imbéciles, con la formación de un niño de antes de finalizar la ESO, tienen la capacidad de condicionar gobiernos.
Dicen que la nostalgia es un error y que la melancolía por las cosas que no son como uno quiere que sean lleva a la desesperación. No se trata de esto. Ante este tiempo en el que paree que todo lo construido por generaciones y que pretendía superar y, en buena media, lo superó, épocas más desastrosos del país, lo que sería necesario es un rearme moral y político de una sociedad que debe ser mayoritaria para recuperar la senda de un país en el que cada uno pueda hablar el idioma que quiera, sin que estos sean utilizados como un arma arrojadiza contra el resto.
Nadie es perfecto, ni siquiera lo fue Martín. Pero es llamativo que en estos tiempos que tanto descorazonan a mucha gente, sean los referentes políticos de hace más de dos décadas los que tengan que avisar de lo cerca que está el abismo.
Si Marín siguiera vivo, seguramente se uniría a ese coro de voces que, con sus errores, algunos muy grandes, son despreciados como representantes de otra etapa, como si lo que en España ha pasado durante las últimas décadas no hubiera servido para nada. El país que olvida su historia está condenado a repetirla, está más que demostrado a lo largo de los tiempos.
Si a nivel político el acuerdo se apunta como muy difícil o imposible, salvo el que complicaría aún más las cosas, a nivel de ciudadanía sí sería una demostración de madurez social y política una unidad de posturas para garantizar que todo lo que se ha conseguido no se va a echar por la borda.
Hay ejemplos en la historia de que la convivencia desde la educación y el respeto mutuo es posible y que si el objetivo se busca desde la buena fe se puede alcanzar. Marín es un paradigma de los que trabajaron en esta línea.
Si aquí solo se trata de conseguir el poder a costa de lo que sea para sortear la endiablada aritmética parlamentaria actual sin tener principios claros e inamovibles, mal vamos.