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En Román Paladino: El chico de la blusa

Vicente Pastor con José López Martínez
Vicente Pastor con José López Martínez
José López Martínez

Fue uno de los toreros más grandes que Madrid tuvo en la primera mitad del siglo veinte. Torero mítico nacido en del barrio de Embajadores donde siempre vivió. De allí salió vestido con el traje luces el día de su presentación en la antigua plaza de la carretera de Aragón el 13 febrero de 1898 y allí regresó tras su despedida del toreo veinte años después. Comenzó apareciendo en los carteles con el apodo de “Chico de la Blusa”, alusivo a su indumentaria juvenil de tapicero y guarnicionero de coches, oficios que desempeñó hasta conseguir el triunfo , cuando los toros eran verdaderas alimañas y los públicos exigían una barbaridad. No pedían un toreo tan exquisito como el que se hace ahora, pero sí un gran valor y un gran dominio de la lidia y, sobre todo, de la suerte suprema.

Dos episodios fundamentales se produjeron en la biografía de Vicente Pastor. Los quiero recordar en este comentario, aclarando que él mismo me los contó durante una de las entrevistas que le hice en su casa de la calle de Embajadores, al final de la década de los años cincuenta del pasado siglo, cuando todavía era fijo de la tertulia del Círculo de Bellas Artes. Uno de ellos fue la primera oreja que les otorgaron en la Real Maestranza de Sevilla que, a su vez, era la tercera que se concedía en dicha plaza. Las dos anteriores habían sido, unos años antes, para Ricardo Torres Bombita y José Gómez Gallito. He aquí el conciso relato del “Chico de la Blusa”: “Alternaba aquella tarde –tarde de abril de 1916– con Joselito y Belmonte, dos los ídolos sevillanos que se tenían ganadas todas las simpatías del público. Yo intentaba demostrar que los demás también sabíamos torear”, y así lo reconoció el público de la ciudad hispalense. Al toro que Vicente Pastor cortó la oreja, de la ganadería de Miura, lo mató de una estocada impresionante. El momento quedó reflejado en una fotografía que Vicente Pastor tuvo la gentileza de regalarme y dedicarme.

La otra gran hazaña del ídolo de Embajadores tuvo lugar en Madrid, con un toro de Concha y Sierra. Así me o el propio Vicente Pastor: “Por la faena y la estocada me concedieron la primera oreja que en el siglo veinte se cortaba en la capital de España; más cuando este toro, de nombre Carbonero, tuvo que ser condenado a banderillas negras. Recuerdo cómo le brillaban los ojos al torero de Madrid y eso que Vicente Pastor no era persona dada a sentimentalismos fáciles, que por algo tenía fama de “sordao” romano”. Hablamos también de otras muchas cosas, todas ellas relacionadas, como era natural, con el mundo taurino. Me comentó que el torero más completo que había conocido era Joselito, auténtico maestro en la lidia de los toros, dominador, como ningún otro, de todas las suertes del toreo. También me contó aquel día que la más grave cogida la sufrió en Santander, frente, a un Miura, cuando se le clavó en la garganta una banderilla, y todavía, después de tanto tiempo, aún conservaba la escalofriante cicatriz.

Platicar con el Chico de la Blusa era como entrar directamente en las páginas más apasionantes de la historia del toreo. Vicente Pastor recordaba la tarde de su alternativa en Madrid, por el también celebre don Luis Mazzantini, con una corrida del Duque de Veragua y alternando, mano a mano, con el propio don Luis Mazzantini. Era el 21 de septiembre de 1902, cuando apenas tenía 23 años y toda la ilusión del mundo. Su casa de la calle de Embajadores, 7, era un verdadero museo taurino: cuadros, carteles históricos, fotografías donde el diestro aparece ejecutando la suerte de matar, o aquellos célebre pases de cabeza a rabo donde la muleta barría limpiamente el lomo de la fiera. Era aquél un pase tan personal y emblemático de su manera de realizar el toreo, una especie de rúbrica de su poderío ante el toro. Respecto a sus otras aficiones –nos contaba– habían sido la caza, la pelota, el billar y las grandes caminatas. También era hombre de una gran devoción religiosa: “Estoy muy preparado, espiritualmente, para la hora de la muerte –solía decir–, que sea lo que Dios quiera. Viviré hasta que ÉL lo desee”.

Tenía ochenta y siete años en el momento de su muerte. Había matado cerca mil de mil quinientos toros a lo largo de su vida profesional. Alternó con las más prestigiosas figuras del siglo: con Rafael el Gallo, Ricardo Torres Bombita, Rafael González Machaquito, Antonio Fuentes y, por último, con los colosos Joselito y Juan Belmonte. Tomó la alternativa en la plaza de Madrid, como queda dicho, de manos de don Luis Mazzantini, y también en la capital de España se retiró del toreo en 1918, dos años antes de la cogida mortal de José Gómez “Gallito” en Talavera de la Reina.

Precisamente el toro de su despedida se lo brindó al Rey don Alfonso XIII, y la cantidad mayor que cobró fue de siete mil pesetas y, en cuanto al ganado, se hizo célebre su frase de que él mataba todo lo que saliera por lo chiqueros. Fue todo un gran torero y un hombre extraordinariamente humano, por eso merece un recuerdo afectuoso de toda la afición taurina de España.

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