Enseñanza, que no doctrina

Martín-Miguel Rubio Esteban

La acuñación abusiva de “Doctrina social de la Iglesia” se ha prestado a muy graves equívocos, pues doctrina tiene un sabor en las lenguas romance no de enseñanza – que es lo que significaba en el latín clásico no filosófico, preciceroniano – sino de corpus dogmático de cualquier corriente filosófica, y más concretamente el referente a la Iglesia. Y nada más lejos.

Las afirmaciones de la Iglesia en las materias socioeconómicas – y también políticas – son de naturaleza contingente, como meras opiniones – a veces bien fundadas – nacidas de la circunstancia histórica. Pero muy a menudo la mal llamada “doctrina social de la Iglesia” es una ideología abusivamente añadida al evangelio. Y lo que es peor, una ideología imprudentemente revolucionaria, y en muchas ocasiones destructora de la sociedad libre. Y en cierto sentido ha sido corresponsable de “cosas” como el “chavismo castrista” y el “sandinismo totalitario”. Ahora que se recupera la honesta figura equivocada de Ernesto Cardenal, el cándido revolucionario tan maltratado por el propio sandinismo, habría que recordarlo.

¿En nombre de qué fundamentos teológicos habla la Iglesia en este campo? ¿En qué partes del evangelio se inspira? ¿Qué estatuto tienen sus afirmaciones? ¿Cuántos son los puntos de vista fundamentales de los que extrae sus convicciones? ¿Se sigue inspirando la Iglesia del Papa Francisco en el evangelio, fuente única de toda afirmación genuinamente cristiana?

El propio Pío XI afirmaba en Ubi arcano (1922) que es impropio de la Iglesia inmiscuirse en los asuntos políticos, porque la misión que se le ha confiado no es la de conducir a la Humanidad a una “prosperidad pasajera, y quizás falsa y problemática”, sino a guiarla a “la felicidad eterna”. Y Pablo VI mostró siempre su temor a que las ideologías que elaboren modales sociales se impongan después como tipos de conducta “científicamente” probados. Y, en tal caso, el hombre pueda convertirse en objeto de manipulación, sin libertad y, a la postre, sin pan.

Principios de justicia y equidad

La misión propia que Cristo confió a su Iglesia no es de orden político, económico o social. El fin que le asignó es de orden religioso. Lo cual no quiere decir que la Iglesia no haya concretado a la luz del evangelio, los principios de justicia y equidad exigidos por la recta razón. Pablo VI reconocía en su Octogesima Adveniens que el evangelio no ha quedado superado por el hecho de haber sido anunciado, escrito y vivido en un contexto sociocultural diferente. Su inspiración, enriquecida por la experiencia viviente de la tradición cristina a lo largo de los siglos, permanece siempre nueva en orden a la conversión libre de los hombres, como “metanoîa”, uno a uno, y al progreso de la vida en sociedad. Pero cosas como la teología de la liberación son antievangélicas en cuanto que atacan el mandato supremo del amor a Dios y al prójimo, y renuncian a la conversión libre del interior del hombre, la evangélica “metanoîa”.

Pío XII habló de un orden de las cosas que “Dios ha manifestado mediante el derecho natural y la revelación”. Y ya en su primera encíclica, Summi pontificatus, había afirmado que el nuevo orden del mundo, de la vida nacional e internacional, debía descansar “sobre la roca indestructible del derecho natural y de la revelación”. Frente al nacionalsocialismo, el fascismo y el comunismo, Pío XII proclamaba vigorosamente la existencia de un derecho o de una ley independiente de la situación social, de la raza, y del Estado de beneficio tramposo: derecho natural en el sentido de universal, válido para toda situación y para todos los sujetos humanos.

Transformación interior

Otra cosa es la metanoîa, verdaderamente evangélica, que supone la libre transformación interior de cada hombre ante el encuentro con Jesús, encuentro que es la suprema epifanía o revelación. La metanoîa opera en el corazón de cada hombre, y sus efectos suponen sin duda la eliminación de la codicia personal y la consiguiente entrega al prójimo, particularmente a los más pobres, desvalidos y saqueados, como hacía el Samaritano, haciéndose así el Reino de Dios.

La revolución cristiana, genuinamente cristina, la única evangélicamente cristiana, se produce en el corazón de cada hombre, y desde su libertad irrefragable e insustituible mejora el mundo. Lo contrario, hacer de la metanoîa una conversión social, masiva, que sigue los dictados impuestos por una secta de iluminados fanáticos totalitarios, sólo puede producir las ergástulas en las que han vivido tantos pueblos sufrientes bajo regímenes comunistas, y que aún malviven en Venezuela y Cuba con el respeto – que se nos hace pavoroso – del Vaticano.

De la luz del evangelio

A menudo muchos aforismos de la mal llamada “doctrina social de la Iglesia” dicen nacer de la luz del evangelio, pero no se encuentran jamás en el evangelio. Son puras interpretaciones opinables. Lo que sí solicita el evangelio con fuerza es el amor mutuo (“invicem”) entre los hombres. Un amor tan grande y tan valiente como aquél que Jesús nos tiene. Sólo un amor valiente como el de Cristo nos puede llenar de esa alegría energética para cambiar el mundo y hacerlo más habitable. Y el precepto de este amor valiente se extiende a todos los enemigos.

El desarrollo de la persona humana y el crecimiento de la propia sociedad se están mutuamente condicionando. La sociedad no programa, como dicen los curas marxistas, sino que influye en el hombre. Lo contrario también es cierto. El principio, el sujeto y el fin de todas las instituciones sociales es y debe ser la persona humana.

La vida social engrandece al hombre en todas sus cualidades y le capacita para responder a su vocación, pero no le hace siervo de la sociedad. Cada uno, sin excepción de nadie, debe considerar al prójimo como otro yo, incluso como un alter ego de Dios, recordando las palabras del Señor: “Cuantas veces hicisteis eso a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí me lo hicisteis” (Mt. 25, 40). Y el deber de tener en cuenta y respetar la dignidad de cada persona no conoce restricciones. No usemos, en fin, jamás el evangelio como coartada o álibi de nuestros bastardos intereses políticos. Hoy nuestros hermanos más pequeños constituyen el pueblo hambriento y esclavizado de Venezuela.