Espejito, espejito

Rafael Toledo Díaz Madrid

"Espejito, espejito" / Carmela Mayor

"Autocrítica" ha sido el término elegido por la mayoría para este mes de junio. Y de repente empiezo a jugar con el pensamiento y resuelvo así, a la ligera, que el idioma a través del lenguaje actúa como los elementos del cuerpo humano; es más, sospecho que funcionan de la misma manera

No sé, a veces creo que me estoy volviendo tarumba, y no, no es por la maldita pandemia y todas las medidas que nos acogotan cada día un poquito más, que también. Lo digo porque en algunos momentos, y ante los retos que proponen los chalados del Globosonda, se me ocurren unas comparaciones que, bien mirado, me invitan a visitar el sofá del psicoanalista.

«Autocrítica» ha sido el término elegido por la mayoría para este mes de junio. Y de repente empiezo a jugar con el pensamiento y resuelvo así, a la ligera, que el idioma a través del lenguaje actúa como los elementos del cuerpo humano; es más, sospecho que funcionan de la misma manera.

Me explico, del mismo modo que se multiplican las células, nacen nuevas palabras y así aumenta el idioma; otras mueren por desuso y, como la caspa, se van cayendo del vocabulario popular. Algunas se desarrollan muy rápidamente y no para bien, se comportan como un cáncer. Lo hemos comprobado en la reciente convocatoria electoral en la Comunidad de Madrid, donde de repente empezaron a sonar vocablos temerarios e irreflexivos como: «fascismo», «violencia», «amenazas», «intolerancia», «provocación», «bronca», y sobre todo, «ruido», mucho ruido como dice el estribillo de una canción de Sabina.

Ahora, y de momento, todo ha quedado en nada, pero esas palabras siguen larvadas, esperando otra vez el enfrentamiento político, total para seguir sin resolver nada de lo que realmente nos importa a los ciudadanos.

Hay palabras que son nombres, artículos, verbos, adjetivos, preposiciones, etc., que están ordenadas por importancia y en función del lugar que ocupan en la frase, aunque todas son necesarias. Si las comparamos con el cuerpo y su anatomía, algunas serán los tendones, las venas, los huesos, la piel, etc., del idioma. Las más sensibles y poéticas se acercan o se comparan con el corazón. Otras son más técnicas y racionales pero imprescindibles para que todo funcione como una orquesta y las situamos en la cabeza, en especial, en el cerebro o en la médula como órgano transmisor. Todas sirven, todas tienen una función especial e importante, una maquinaria perfecta que crece y muere continuamente.

Claro que podemos prescindir de muchas de ellas, igual que podemos prescindir de algunos órganos como el bazo, pero entonces tendremos menos defensas y seremos más débiles.
Algunas palabras definen conceptos imprescindibles para que una sociedad se considere avanzada, si las olvidamos y dejamos de tenerlas presentes difícilmente podemos progresar. Por ejemplo, si prescindimos de democracia, perderemos libertad, si devaluamos la justicia estaremos indefensos, y si renunciamos a la educación seremos cada vez más ignorantes y menos críticos.
Sin el bazo será el hígado el que tenga que realizar su función y así darle un doble cometido. Si disminuimos el número de vocablos estamos condenados a utilizar otros en exceso y así la lengua puede resultar repetitiva y tediosa, o al contrario, termina raquítica a pesar de sus grandes posibilidades.

Pero si voy a lo concreto del asunto les contaré que la otra noche y dándole vueltas al tema, soñé que la palabra autocrítica era como nuestra vesícula biliar, una víscera que necesitamos para hacer bien la digestión. Y sería bueno que todos y en particular las formaciones políticas utilizasen la autocrítica para poder digerir los errores cometidos, que los políticos en su afán de justificarse son muy dados a los eufemismos. Por cierto, su ambigüedad y disimulo son como los perfumes baratos, duran un rato y cada día seducen a menos gente.

Pero no nos engañemos, aunque intentemos ignorarlos no nos son ajenos, simplemente son un fiel reflejo de nosotros mismos, así que menos colgar fotos en el facebook con nuestro mejor perfil y tratar de mirarnos en el espejo para que nos devuelva a la realidad, pero a nadie nos gusta comprobar las imperfecciones que provoca la existencia porque asumirlas forma parte de la realidad diaria.

Qué decir de la prensa en general, una actividad en crisis como tantas otras que se aferra a los sectores financieros como el dolorido se agarra al ibuprofeno, ya saben: la voz de su amo. Menos mal que de vez en cuando algún periodista se da golpes de pecho y hace acto de contrición echando de menos la necesaria autocrítica del oficio, pero éstos son muy pocos y lo hacen en contadas ocasiones cuando ya casi no hay remedio.

Cuántos males y cuánto despilfarro hubiésemos evitado si estos profesionales no se hubiesen adormecido acomodándose a las reglas que impone el dinero y el poder, porque la autocrítica nada tiene que ver con la autocensura que tanto se practica para no molestar. A veces resulta necesario expulsar la bilis para que una sociedad intoxicada o viciada digiera un poco mejor algunas cuestiones.

Sin embargo, mucho me temo que el futuro al que nos conduce esta «Nueva Normalidad» no difiere mucho de nuestra acostumbrada indiferencia y sigamos repitiendo los mismos errores.

El organismo, cuando se debate entre la confusión y la anomalía, suele enfermar. Al lenguaje le pasa igual. Si no lo cuidamos degenera y languidece. Desde hace demasiado tiempo nos conformamos con todo.