Esto no es Manhattan

Rafael Toledo Díaz
Pasarela sobre la A-42, en Parla/Lanza

Pasarela sobre la A-42, en Parla/Lanza

Aquí, como en cualquier lugar del planeta, el sol sale por el este y se pone por el oeste, sin embargo, ni al levante de mi ciudad se encuentra el East River, ni el río Hudson bordea el poniente. Aunque estamos aislados del sur metropolitano de la capital, no somos una isla, formamos acaso un arrecife imaginario donde encallan gentes de todo lugar, un reducto en medio del páramo de la meseta que anhela el Mediterráneo por el oriente e intuye la dehesa extremeña por occidente.

Y sin embargo yo ando empecinado en comparar esta ciudad pensando en ella como si fuese una minúscula Manhattan. Si en algún momento cuando visité aquella lejana urbe pensé que sus edificaciones son una exaltación de la línea recta, también aquí la línea recta decide la planificación, no ya de las calles, pero sí de las construcciones.

Urbanizaciones y pisos que son como poliedros apilados, de diferentes tonalidades, de ladrillo, de cemento o de nuevos productos prefabricados, anárquicos y de diferentes alturas, paralelepípedos donde cada cual tiene su casa, su castillo o su refugio, sólo que aquí, en esta villa dormitorio, la línea recta es más horizontal que en la ciudad de los rascacielos.

Refiriéndose a la expectación que le produce tan extraordinaria ciudad, hago mías las palabras de Muñoz Molina cuando escribe en su libro “Ventanas de Manhattan”: “Cada mañana abro los ojos en un estado de expectación y de alerta y me asomo a la ventana queriendo averiguar lo que me reserva  la nueva luz del día”. También aquí existe curiosidad e interés por comprobar qué nos deparará cada nueva jornada. Pero desde mi terraza compruebo que las ventanas tienen visillos, cortinas que esconden la vida íntima, telas y tejidos que pretenden aislarnos del vecino.

Vista general de Nueva York

Vista general de Nueva York

Sin embargo sus calles son tan ruidosas como pueden ser las de Manhattan, mostrando el bullicio de un pueblo ajetreado y laborioso. Como hormigas, sus pobladores peregrinamos cada amanecer a la capital o al extrarradio en busca del sustento. En el bus, en el tren o en el tranvía, al ir o al volver del trabajo puedes percibir en los rostros de hombres y mujeres las secuelas que la dura y monótona lucha diaria producen.

Los primeros rayos de sol

Amanece un día más y asoman los primeros rayos de sol tratando de vencer a la niebla, pero aunque estamos en invierno apenas hace frío. Recorro la ciudad con los sentidos atentos y, como en la ciudad de los rascacielos, me sobresalta el ulular de las sirenas, supongo que quizás sea una UVI móvil perdida buscando una dirección enrevesada. Ruido de fondo, ruido que no cesa y que tenemos asumido como una parte más de nuestra cultura. Ahora los africanos que deambulan por el barrio hablan en voz alta, casi gritan porque otra vez ha ganado el Barça.

Esto no es Manhattan y sin embargo, en cuestión de población, cada vez nos parecemos más. Definitivamente somos multirraciales, hasta aquí han venido gentes de  todos los confines del planeta y, sin estridencias, nos hemos acostumbrado a su presencia. Chinos, árabes, hindúes, negros africanos o mulatos de Centroamérica, búlgaros, rumanos, peruanos, bolivianos, colombianos y todos los que pueblan el cono sur, esa realidad tan diversa suma el veintiséis por ciento de los vecinos.  Bien es verdad que cada cual anda en su grupo, arrimado a su etnia o en su clan, aislados entre sí.

Vista de uno de los puentes de Nueva York

Vista de uno de los puentes de Nueva York

Al igual que en la idolatrada babel americana, aunque no tengamos barrios tan definidos como Chinatown o la Littee Italy, sí existen muchos comercios regentados por chinos, rumanos y árabes fundamentalmente. Hay tiendas de comestibles de productos lejanos y exóticos para los que no acaban de adaptarse a nuestra comida. Cafés y kebabs donde eternizan la tarde los nuevos emigrantes desempleados como unos Starbucks adaptados a nuestro país y, por supuesto, desde que abrieron las nuevas auto-lavanderías, nos parecemos mucho más a aquella ciudad americana, a aquel orden anglosajón que hasta hace poco nos podía parecer extraño.

Vista general de una de las calles de Parla (Madrid)

Vista general de una de las calles de Parla (Madrid)

Nuevos vecinos

La llegada de nuevos vecinos no es ajena a la historia y a la dinámica de la ciudad. En los últimos años sesenta y principio de los setenta del pasado siglo se asentaron en estos lares andaluces, extremeños, manchegos y gallegos, llegaron en aluvión buscando trabajo. Esta segunda arribada de extranjeros es consecuencia de la incontrolada movilidad demográfica consecuencia de la globalización, porque ellos también buscan entre nosotros un futuro mejor.

Reconozco que hay que tener demasiada imaginación para intentar comparar los casi dos kilómetros del viejo e idolatrado puente de Brooklyn con la nueva pasarela que ahora nos acerca al centro comercial atravesando la autovía. Su cometido consiste en salvar el río de automóviles que transitan por la carretera, un rumor de motores que en nada se parece al dulce transcurrir de las aguas del East River.

Estamos aquí, vivimos aquí, pero no sabemos si pertenecemos realmente a esta colectividad y notamos el desarraigo del foráneo. Por eso parece que todo nos da igual, ignoramos al semejante y evitamos las miradas como en la megápolis americana. Se repiten escenas que igualmente pueden pasar en los dos lugares, el caos y el bullicio nos igualan.

De Angola

A la vez, se entremezclan los sonidos de unos morenos que hablan en portugués y por la raza y la jerga empleada deben ser de Angola. Justo al otro lado del banco y apoyado en un árbol, un asiático habla a grito pelado por el móvil, se le nota muy enfadado, vocea amparado en el anonimato que le proporciona su enrevesado idioma. Ahora ya todo nos parece normal y asumimos la soledad que producen las grandes ciudades, donde cada uno va a lo suyo. En Parla, como en Manhattan, nadie se fija, nadie se sorprende y copiamos con facilidad ese modelo anglosajón de comportamiento.

Esto no es Manhattan y sin embargo podemos decir que en ninguna de las dos ciudades hay viejos monumentos que determinen su origen. La catedral de San Patricio se confunde acomplejada por la altura de los rascacielos de alrededor. Aquí el máximo exponente es la iglesia de la Asunción de estilo plateresco-isabelino, que es lo que dice la wikipedia, un templo que sí resalta entre las casas encaladas que nos recuerdan a un poblachón manchego, pero apenas poco más.

Acaso lo que más puede asemejarse entre ciudades tan diferentes en tamaño y origen son sus gentes. Nada mejor, porque es la gente la que define las ciudades, su empuje, su alegría, su juventud, su laboriosidad, su forma de entender la vida o la forma de relacionarse. Sin embargo, la grave crisis económica que hemos soportado me recuerdan más a otros barrios cercanos al brillo que desprende Manhattan. Parla a ratos me recuerda a Harlem, donde todo es… menos enorme.