Todo país tiene eso que se llaman “historias nacionales”, textos, leyendas y mitos que de alguna forma forjaron la identidad nacional de quienes en un pedazo de tierra vivieron a través de los siglos.
En España, en nuestras tierras manchegas, la mente se le va a uno rápidamente al Quijote. Y aun siendo la obra cervantina cumbre de nuestras letras, el inicio de nuestras “historias nacionales” lo encontramos en un autor anónimo.
El Cantar de Mio Cid contiene dos de los versos que mejor nos explican a los españoles a través del tiempo. Un arquetipo hispano, una condena poética, que nos definió con certeza granítica y que padecemos a diario:
“qué buen vasallo,
si tuviese buen señor”
Esta imagen, la de los burgaleses del medievo lamentando la marcha del Cid, el buen vasallo, injustamente tratado por un mal gobernante nos ha perseguido desde entonces. Y hoy son los trabajadores del campo quienes mejor encarnan el ideal del Cid.
Los agricultores, ganaderos, familias y empresarios que labran la tierra y cuidan de las reses son los vasallos desterrados por la tiranía de las élites. Son las víctimas de un infame Pacto Verde Europeo y de unas agendas totalitarias diseñadas en la corte belga para anteponer la ideología a la prosperidad de nuestro campo.
Las manos llenas de callos han tenido que aprender a moverse en una burocracia plomiza que dificulta, si no impide, la labor de quienes nos sirven alimento. Se castiga al de aquí y se premia al que trae arroz, tomates, azafrán o plátanos de fuera.
Los países del mundo nos alimentan con su comida barata y sin garantías de seguridad. Mientras, los productos hechos en Castilla-La Mancha y en el resto de España disparan sus precios ante las imposiciones de políticos que se ponen la chapa en defensa de lo que toque cada día.
Los infantes de Carrión se han enseñoreado de nuestro reino. La afrenta de Corpes descrita en las páginas del Mio Cid se practica cada día contra nuestros agricultores, a los que se deshonra con leyes injustas, impuestos excesivos y la negación más absoluta de un futuro para sí.
Se acerca el final del año y desde Lanza les ofrecemos nuestro Anuario Agroalimentario. Levantamos acta de la vida de nuestro campo. Notarios de la actualidad, como dicen los cursis, pero sobre todo reivindicadores de un modo de vida que es el nuestro.
Identidad y campo es un matrimonio que demasiada gente se empeña en disolver. Una unión que constituye la auténtica “historia nacional” de todos nosotros. Los hijos del Cid vertebran nuestro territorio entre los surcos de sus azadas, cabalgan a lomos de tractores tras los que brota la vida de nuestros pueblos y comarcas.
No dejemos que muera. Y si lo hace, al menos recordemos su resistencia heroica.
