García Egea, pregonero

Martín-Miguel Rubio Esteban Valdepeñas

La etimología de “pregonero” (lat. praeco-praeconis ) apunta al heraldo (gr. kêrix) que anuncia a la ciudad algo relevante (praeconium o Kerýgma). El joven Secretario General del Partido Popular, murciano de origen y de vocación, ha anunciado este año en Murcia la Semana Santa, y anunciar en Murcia la Pascua es a lo más grande a que puede llegar un murciano. El propio pregonero ahonda en el significado milenario de pregonero, como aquel que advierte al gentío en las plazas de los pueblos las nuevas que se avecinan. Efectivamente gentío, y no personas particulares ni individuos, sino turbamulta, humanidad tumultuosa, porque el pregón es para todos los hombres sin distinción. “Donde hay dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”.

Tal como se encuentra el mundo, o por lo menos España, sorda ya por completo al Sermón de la Montaña, la doctrina moral de Jesús, al que vamos después a ejecutar en los próximos días, que un joven líder político de primer nivel abra con fe resuelta, amor a la tradición y decisión, sin ningún complejo, la entrada a la Semana Santa, es algo absolutamente inédito, y hace apenas un año quizás algo escandaloso hasta en el propio Partido en que milita.

Es así que Teodoro García Egea es el pionero que inicia el camino del ciudadano conservador sin complejos, no aherrojada su egregia cabeza por la doctrinilla de lo políticamente correcto, que gracias a él comienza a ser pasado. Porque tanto Pablo Casado como Teodoro García Egea son hombres ya del postcorrectismo suicida que tanto daño ha hecho a España. “Teo” es el mismo político que se atrevió a decir hace sólo unos días que le parecía muy bien que el Presidente Sánchez se inspirase visitando la tumba en Colliure de Antonio Machado, del mismo modo que otro político podría inspirarse visitando la tumba en Santander del gran Marcelino Menéndez Pelayo, gigante del que quiso condenar a la “damnatio memoriae” en la mismísima Biblioteca Nacional la sectaria zapateril Rosa Regás, infame autora. ¡Verdaderamente genial y libre el Secretario General del PP! “Se presenta un hijo de la tierra murciana con la palabra alta, bien alta”.

Su lirismo de hombre de ciencias es realmente singular e imaginativo, casi creacionista a lo Gerardo Diego (Gerardo también tocaba muy bien el piano): “He preguntado a los pintores y poetas, a las olas mediterráneas que encofran rumores de tu venida”. El pregón, titulado “Una dulzura entre crespones”, es un pregón lírico porque es un pregón autobiográfico. El alma religiosa y enamorada de García Egea bien podría tener un fundamento étnico: el sufí Ibn Sabin (1218-1271) nació en Cieza, como el joven Secretario General del PP, y el misticismo sublime de Ibn Sabin, como el del otro gran murciano, Ibn Arabí, que tanto influirá en la metafísica machadiana, explican toda la gran literatura mística de Fray Luis de Granada, Santa Teresa de Jesús o San Juan de la Cruz, tal como el gran arabista Miguel Asín Palacios llegó a sostener.

Festoneada la declamación del Pregón por el virtuosismo del guitarrista Carlos Piñana, con aires andaluces, mediterráneos y de la Vieja Castilla de la Musgaña, y el inspirado percusionismo de Miguel Ángel Orongo, gracias al que la guitarra de Carlos queda libre de golpecitos – el inolvidable Regino Sáinz de la Maza odiaba tratar a la guitarra como instrumento de percusión -, la “actio” del Pregón de Teodoro García Egea llegó a tener momentos sublimes. Música, letra, coreografía, voz, atrezzo y decorado hicieron del pregón un verdadero espectáculo de belleza y religiosidad. Diríase que la belleza moral del texto creaba la bella estética del lugar y el momento mágico y majestuoso. Las futuras Semanas Santas deberán ser siempre una repetición de las pasadas en una escala más grandiosa y gloriosa. El gran teólogo Hans Urs von Balthasar, en su pequeño opúsculo “Arte Cristiano y Predicación” (Mysterium Salutis, I, pp.774-793) identificaba revelación y belleza. Alabar a Dios es la belleza.

La sombra de la vida y la muerte de Jesús, único y definitivo maestro de la Humanidad, se extendieron sobre todo el Pregón. “Ansiando la epifanía de tus manos agujereadas”. “El Hijo del hombre será entregado en manos de los hombres, y lo matarán; pero, cuando lo maten, resucitará a los tres días” (Mc 9, 31).

El Pregón se inicia con una percusión trepidante de maderas vivas, que anuncian la llegada de algo esencial, un exordio de tambores que nos viene de un horizonte lejano. Del costado de Cristo sale sangre y agua del Mar Mediterráneo.

La Semana Santa se cobija siempre en el hogar familiar, de acuerdo al carácter de cada familia. La Pascua se expresa en cada ciudad de acuerdo a una tradición propia que la define con autenticidad. Pero siempre es la misma, una Murcia multiplicada, aunque el recipiente sea distinto. Este pensamiento de García Egea es profundamente cristiano, y sintoniza con la encíclica Evangelii nuntiandi del gran Pablo VI, el Hamlet de Juan XXIII. La Semana Santa llega al joven pregonero a través de la música, ese alma del mundo que decía Nietzche, y que para Lutero era la principal portadora del sentimiento religioso. Y ya desde la Cuaresma la Pascua nos pellizca el alma.

Buen momento para leer y releer en este tiempo penitencial El Regreso del Hijo Pródigo: Meditaciones ante un cuadro de Rembrandt, de Henri J. M. Nouwen. Dos hijos perdidos; pues incluso está más lejos del padre quien vive con el padre que el derrochador que se marchó de casa. Esta parábola, tan propia del tiempo de penitencia, emocionó poderosamente al propio Dostoyevski, sobre la que llegó a escribir hermosas páginas con la profundidad psicológica que sólo la novela de Dostoyevski tiene.

La Semana Santa hace sentir en Murcia a Salcillo más que nunca con su San Pedro. Los Cristos murcianos sufren, pero no se retuercen ni contorsionan al modo del expresionismo alemán postgótico. Anticipan una armónica eucaristía.

Murcia se llena de un sabor de campanas con la Resurrección. El Resucitado bendice los niños porque la voz de la infancia nos salva siempre. Sólo se salva quien reencuentra ese paraíso perdido.

Y la prosa de Teodoro García Egea poco a poco se va haciendo versos, con frases con el mismo número de tonemas, como un río caudaloso, pero obediente al cauce. Porque la voz de Teo no se deja arrastrar por la grandeza de la palabra, y se controla, y no se desgañita, para no crear ruido en la belleza profunda y sabia de las palabras.