He tenido un sueño

Manuel Pérez Tendero

Que nuestros sueños se cumplan: ¿no es esta una de las claves de una vida feliz y plena? Es precioso encontrarnos con las sorpresas que la vida nos va regalando sin que nosotros lo hayamos proyectado; pero también es muy hermoso que se vayan cumpliendo metas e ilusiones que hemos soñado desde muy atrás y por los que nos hemos esforzado.

¿Cuáles son los sueños más profundos y más a largo plazo que tengo para mi vida? Dar respuesta a esta pregunta ayuda a vivir con mayor plenitud y a construir con futuro y fundamento.

También es posible que lleguen a mí los sueños de otro y abran horizontes que nunca se me habían planteado. Es famoso ese gran sueño que tuvo Martin Luther King: supo poner en movimiento a toda una generación para construir un futuro mejor para todos.

A veces, en cambio, sucede lo contrario: existen sueños de otros que pueden convertirse en límite más que en horizonte que nos empuja y libera. Hay padres que frustraron sus sueños y quieren verlos cumplidos en sus hijos, cuando no siempre los hijos han soñado para sus vidas lo mismo que sus padres.

Los grandes soñadores, los que se atreven a mirar más allá de lo que todos ven, aquellos que no imponen su proyecto, hacen avanzar a la humanidad y nos ofrecen fundados motivos de esperanza para la sociedad entera.

Dios también sueña

Esta es una idea muy grata al papa Francisco que, muy a menudo, comparte con todos. También lo ha hecho para este domingo en que celebramos la Jornada Mundial de Oración por las vocaciones, unida a la Jornada por las Vocaciones Nativas. “Di sí al sueño de Dios”.

Dios es el gran soñador de lo real: nosotros existimos porque él nos soñó y nos amó en el silencio de su eternidad. A diferencia de aquellos que sueñan para escapar de lo real, que viven en la ensoñación, Dios sueña para crear, para construir caminos de futuro y plenitud para el hombre.

A menudo, él ha introducido sus sueños en lo más escondido de nuestro corazón: por eso hay inquietudes profundas que no somos capaces de acallar con el ruido del bienestar y la vorágine del tener.

Para llevar a término su primer sueño para mí, el Señor del mundo no contó conmigo: me trajo a la vida sin pedirme permiso. En cambio, para que ese sueño de Dios sobre mi existencia llegue a plenitud, sí ha querido contar conmigo, con mi libertad y mis esfuerzos. Llegar a ser aquello para lo que Dios me creó: eso es la vocación. Por eso, no hay nada más mío que el plan de Dios sobre mi vida: fui creado para ello. Nada me puede realizar más que seguir el proyecto de Dios para mí.

Hermoso sueño sobre mí

Pero el Dios que me creó por libertad, con pura gratuidad, necesita mi libertad para llevar a cabo su hermoso sueño sobre mí. Esta es la clave de la vida: a quién decir “sí”, con qué sueños configurar mi existencia y construir mi futuro.

Los niños sueñan, con mucha limpieza. Los adolescentes sueñan, con muchos miedos. También los adultos siguen soñando, y los más ancianos. ¿No se esconden la mente y el corazón de Dios en esos sueños nuestros que gritan desde lo hondo del alma y nos hablan desde antes incluso de que tuviéramos conciencia?

¿Quién puso en nosotros esos sueños que preceden nuestra infancia? Descubrir su latido y atrevernos a creer que se pueden realizar: ahí está el cimiento para que podamos responder y se haga posible una vida plena, un proyecto llevado hasta el final.

Rezamos a Dios por nosotros y por nuestros hermanos: no nos conformamos con ensoñaciones irreales ni con sueños de corto alcance, creemos que la plenitud es posible; por eso, nos abrimos al sueño de Dios que sueña en nuestros sueños para construir nuestra realidad.