Histerias y fantasías electorales

Campaña electoral/E. Press

Campaña electoral/E. Press

Ningún periodo preelectoral comienza hasta que la CEOE enseña su comunicado y sus cifras sobre las mentes de los asalariados que siguen esperando, a lo mejor desde hace dos años, a que se firmen los convenios sectoriales que les aseguran algunas condiciones laborales o salariales

Ningún periodo preelectoral comienza hasta que la CEOE enseña su comunicado y sus cifras sobre las mentes de los asalariados que siguen esperando, a lo mejor desde hace dos años, a que se firmen los convenios sectoriales que les aseguran algunas condiciones laborales o salariales

Si a alguien le interesa, puede buscar la serie de declaraciones que hacen los representantes de los empresarios españoles organizados bajo las siglas CEOE cada vez que a España se le ocurre convocar elecciones generales. Pero no se esfuercen: el titular siempre es en el mismo: La economía española se frena, cae, se congela, se resiente….. Les da igual si la Bolsa responde en negro (positivo) al anuncio de nuevos comicios.

Los empresarios siempre intuyen que una campaña electoral es un gasto inútil o no recomendable que repercute en las cuentas del Estado y que, de la mano de una campaña electoral, siempre va una cantinela de promesas imposibles que van a engordar la sacrosanta deuda pública. Forma parte de su decálogo, en el que el ejercicio de la democracia siempre es un inconveniente.

Ningún periodo preelectoral comienza hasta que la CEOE enseña su comunicado y sus cifras sobre las mentes de los asalariados que siguen esperando, a lo mejor desde hace dos años, a que se firmen los convenios sectoriales que les aseguran algunas condiciones laborales o salariales.

Por eso da igual quien de el chupinazo, en este caso el presidente del Gobierno saliente, Pedro Sánchez. No tomen como campanada de salida el cambio de programación sistemática de una cadena de televisión que se arrastra por el suelo/basura buscando con anticipación las portavozas y portavoces dispuestos a relatar su buen hacer hasta el dia de ayer mismo, como si el resto de la humanidad estuviese en Waterloo con el autoexiliado en el exilio.

Hasta aquí hemos llegado desde las elecciones de Andalucía a lomo de banderas. En este momento España es el cuadrilátero donde ya ha sonado el gong pero aún no ha comenzado la lucha libre que se avecina. La visión general es la del dron que sobrevuela pasillos y barreras de la plaza de toros: cuadrillas preparando a los espadas y kilos de maquillaje esperando a la sombra.

En todo este tiempo del gobierno Sánchez, el país se ha convertido en un vagón de tren que unos han intentado volcar y otros llenar de señas, marcas, identidad ajena. Y ese vagón sin máquina es el resultado del buen hacer de los grafiteros, nocturnos, por libre, nunca denunciados porque el color y el ruido son la base de la comunicación.

Posiciones capaces de entenderse

Parecería una metáfora, pero no lo es. Es cierto que España no saldrá del actual impasse con sucesivas elecciones si en algún momento no hay acuerdo entre diferentes. Llevan razón. A unas semanas de las próximas elecciones generales, con todos los frentes abiertos, siempre conviene recordar las palabras del profesor de Sociología que advertía de que los acuerdos se consiguen entre posiciones capaces de entenderse y un grado de incompatibilidad manifiesta que dejan reposar, partidos con intención de entenderse ante la situación de un país.

La ruptura del bipartidismo ha abierto ventanas. La realidad nueva es que esa difícil cercanía entre los partidos mayoritarios se ha disipado y que el Partido Popular, lejos de caerse del caballo y parecer Europa, ha retrocedido a la fantasía de una nueva mayoría, aunque fuese con el cayado de su peor historia, esa que nunca abandonó y guardaba en el desván oscuro. Porque su principal objetivo ahora es resistir la invasión de los bárbaros o los aparentemente moderados; salvar lo que ni siquiera la corrupción se llevó río abajo.

Aurelio Romero Serrano (Ciudad Real, 1951) es periodista y escritor.