Seguramente más de una vez, cuando hablas de política, has usado expresiones como: “son unos inútiles”, “no nos representan”, “nos han fallado”. No voy a decir que estés equivocado: probablemente este sea el único consenso real que existe hoy en nuestra sociedad.
Pero ¿y si estamos mirando en la dirección equivocada? ¿Y si los políticos no son la enfermedad, sino el síntoma? ¿Y si, en parte, la culpa es nuestra? Te propongo que te mires al espejo y te hagas algunas preguntas incómodas.
Cuando escuchas a esos que dicen “disfruta lo votado”, quizá habría que traducirlo por “disfruta lo que has pedido”. Porque, en buena medida, los ciudadanos hacen demandas y los políticos las ejecutan, mejor o peor. El problema es que muchas de esas demandas se basan en un profundo desconocimiento de cómo funciona la economía y de cómo reaccionan las personas ante las normas. Y eso nos lleva, una y otra vez, a obtener resultados opuestos a los que esperábamos.
Un ejemplo puede ser creer que una ley puede convertir nuestros deseos en realidad. Muchos votantes sufren “el idealismo legislativo”: la creencia casi mágica de que basta con escribir un deseo en una ley para que se haga realidad. Como si el BOE fuera una lámpara maravillosa. Ignorando cómo reaccionan las personas y que incentivos van a generar estas iniciativas
Pensemos en el caso de los controles de precios del alquiler. La intención puede ser noble: hacer la vivienda más asequible. Pero al imponer por ley un precio máximo, muchos propietarios retiran sus viviendas del mercado, la oferta se reduce, el acceso se dificulta aún más y florece un mercado paralelo fuera de la legalidad. Queríamos facilitar el acceso a la vivienda… y terminamos empeorándolo.
Otra paradoja llamativa: confiamos en el Estado, pero desconfiamos de quienes lo dirigen. Por un lado, somos profundamente estatistas, no solo las personas izquierdas, también buena parte de los que se denominan de derechas. Pedimos más regulación, más empresas públicas, más intervención. Queremos que el Estado nos provea de educación, sanidad, trabajo, vivienda y, si es posible, también felicidad.
Pero, al mismo tiempo, no confiamos en las personas concretas que dirigen ese Estado en el que depositamos nuestras esperanzas. Es como entregarle las llaves de tu casa a alguien en quien no confiarías ni para regar las plantas.
Mírate también en este otro espejo: Queremos reglas estrictas en el mercado laboral… pero para los demás. Defendemos protecciones laborales muy rígidas, despidos caros, alta indemnización y contratos casi blindados… cuando somos empleados. Pero cuando nos toca estar al otro lado, cuando contratamos a alguien para el servicio doméstico, por ejemplo, nuestras preferencias cambian de golpe: entonces nos parecen mejor las relaciones más flexibles, la posibilidad de prescindir del trabajador casi sin coste y sin tantas trabas.
Esa contradicción tiene un nombre: hipocresía. Como empleados, exigimos normas férreas para nuestros jefes. Como empleadores, no queremos que esas mismas normas se nos apliquen.
¿Por qué exigimos tanto al Estado? Entre otras cosas, porque no somos conscientes del coste real de lo que pedimos. No sentimos el peso completo de los impuestos que pagamos. El sistema fiscal español es profundamente opaco, y no por accidente. Está diseñado para que la mayoría de los ciudadanos no perciba con claridad cuánto cuesta realmente financiar al Estado. Te voy a explicar unos ejemplos para que pienses en ellos.
Cuando te dicen que Cotizaciones “a cargo de la empresa”: Esas cotizaciones son parte de tu sueldo, del coste laboral, pero nunca las vemos como parte de nuestro sueldo real. En tu nomina en el sueldo bruto, no aparece con lo que no eres consciente de que te están detrayendo una parte importante de tu trabajo. El resultado: no las percibes como algo que sale de tu trabajo, aunque lo es.
Otra fórmula que utiliza el estado Retenciones mensuales de IRPF: Pagar pequeñas cantidades cada mes duele menos que hacer un gran pago anual, aunque el importe final sea idéntico. Y encima se extiende la idea de que “Hacienda te devuelve”. Como si fuera un regalo y no una parte de tu propio dinero que te han ido quitando por adelantado. Difícil encontrar algo más perverso desde el punto de vista pedagógico.
Pero no solo eso también el concepto: El “IVA incluido”: Vemos el precio final del producto, pero rara vez somos conscientes de qué parte de ese precio son impuestos. No visualizamos que, en cada compra, una porción importante se la queda el Estado.
¿Qué pasaría con más transparencia? No crees, que nos haría más exigentes Imagina algunos cambios sencillos:
- Que el sueldo bruto incluyera claramente las cotizaciones sociales que hoy “paga la empresa”.
- Que no existieran retenciones mensuales y tuvieras que abonar todo tu IRPF de una vez cada año.
- Que, en cada ticket, en cada etiqueta de precio, vieras desglosado claramente cuánto pagas de IVA y de otros impuestos.
¿No crees que eso nos haría mucho más conscientes y exigentes?
Por ejemplo, piensa en una comunidad de vecinos: ahí sí ves con claridad las cuotas, los gastos, las derramas. Sabes cuánto cuestan el ascensor, la limpieza, la piscina o el portero. Y, con esos números encima de la mesa, decides si quieres más servicios… o menos gastos. Por eso, normalmente, las zonas comunes no tienen el mismo lujo que tu propio hogar: porque ves la factura y ajustas tus aspiraciones a tu bolsillo.
En cambio, cuando pides algo a un alcalde, a un presidente o a cualquier gobernante, no sabes cuál es el coste real de esa decisión, ni sus consecuencias a medio plazo, ni cuánto estás pagando tú exactamente por esos servicios. Votas deseos, no presupuestos.
Por eso el problema no es solo a quién elegimos, sino desde qué ignorancia elegimos. Es profundamente injusto —y también inmoral— mantener a la ciudadanía en la penumbra. Pero sería demasiado fácil echarle toda la culpa a “ellos”. Nosotros también somos responsables. Porque esa penumbra también nos resulta cómoda: permite pedir sin pensar en pagar, exigir sin calcular, indignarnos sin revisar nuestras propias contradicciones.
Un cambio real no vendrá de líderes mesiánicos que vengan a salvarnos de nosotros mismos. Debe venir de un cambio profundo en nuestras propias preferencias como ciudadanos. Para ello necesitamos: Políticas basadas en la realidad, no en fantasías legislativas; Consciencia de los costes y de las consecuencias de lo que pedimos; Menos hipocresía a la hora de juzgar a los demás y más autocrítica para mirarnos al espejo.
Dicen que los políticos son el espejo de la sociedad.
La pregunta es: ¿estás realmente preparado para asumir la imagen que te devuelve ese espejo?
