Introducción a la defensa y a la seguridad

Martín-Miguel Rubio Esteban

Sun Tzu, o Maestro Sun, fue el genio militar chino que hacia el año 500 a. C., cuando Occidente entablaba las Guerras Médicas en las que los generales griegos Milcíades y Temístocles ya ponían en la práctica las enseñanzas de Sun Tzu por puro sentido común, inteligencia y penetración psicológica, escribió el primer manual sobre El Arte de la Guerra.

El Arte de la Guerra influyó sobre grandes líderes asiáticos. Como Mao Tse Tung, Giap, héroe de Dien Bien Fu, o Yamamoto, el planificador del ataque a Pearl Harbor. Pero también influyó el libro de Sun Tzu sobre su principal adversario, el general Douglas MacArthur.

La base fundamental de esta obra es el sentido común, del que todos los seres humanos participamos, por eso su sabiduría coincide con la de otros muchos teóricos y técnicos de la Guerra que no leyeron al genio militar chino, pero que compartían con él un fuerte sentido común, junto a una gran experiencia militar, como son todos los grandes generales del Mundo Clásico, como el Rey Sargón de Acadia, Tutmosis III, Muwatalli II, Assurbanipal, Alejandro Magno, Aníbal, Escipión, Julio César, Belisario, Narsés o Carlos Martel.

Yo siempre he creído, como Chris Wickham, que el Mundo Clásico llega hasta finales del siglo IX. Ya en Sun Tzu la guerra debe ser el último recurso, y un hecho muy negativo contra el que hay que poner todos los medios para evitar. La guerra es siempre mala, aunque sea justa.  “Si no estás en peligro, no luches”, sentencia el Maestro Sun. Esta idea de ansia de paz subyace también en todos los pensadores españoles que han hablado sobre la guerra.

Está presente en El Libro de los Estados del Infante Don Juan Manuel, en el Marco Aurelio o el Relox de los Príncipes del franciscano Fray Antonio de Guevara, o en Las Empresas Políticas, del genial murciano Diego de Saavedra Fajardo. En todos nuestros Clausewitz la guerra es un mal absoluto, que sólo se puede justificar como Defensa ante las agresiones exteriores o interiores, cuando la existencia misma de la patria se pone en peligro.

Pedirle ayuda en las batallas

La guerra justa contra el enemigo avasallador la defiende Dios y Dios quiere que le pidamos su ayuda en las batallas. Así, Fray Antonio de Guevara en el capítulo XXV de la obra citada nos dice: “a los príncipes muchas veces les da Dios las victorias más con las lágrimas de los que oran que no por las armas de los que pelean”. Y más adelante añade: “Los buenos cristianos primero deben aplacar a Dios con oraciones que no resistir a los enemigos con las armas”. Para nuestro franciscano posponer la hacienda y poner en peligro la vida sólo se ha de hacer para defender la patria. No puede haber más razones, de suerte que el cuchillo del enemigo no sea sino verdugo del pecado propio.

Se preguntaba el sabio frayle santanderino qué bien puede tener el reino en el cual haya disensión y guerra. Pues sin paz ninguno goza de lo que tiene, sin paz cada día nos amenaza la muerte y cada hora se nos quiere despedir la vida. El consejero que por cosa liviana aconseja a su príncipe que emprenda guerra, decía Fray Antonio de Guevara, que al tal o le sobra cólera o le falta conciencia.

No es verdad que la sola guerra inmortaliza a los Reyes. Examinadas las historias de los siglos pasados, sin comparación son más los príncipes que por entrar en guerra quedaron infamados, que no los que por vencer batallas se hicieron famosos. Ninguno de los héroes de la Ilíada quería ir a Troya. Uno se disfrazó de mujer, otro simuló estar loco, otro aducía su estado de recién casado…La guerra es una anormalidad. El buen romano tenía por ley morir en la guerra, pero el buen cristiano tiene por precepto el vivir en paz. Ahora bien, los Clausewitz españoles, lo mismo que el emperador español Trajano, prefieren la guerra justa que la paz fingida.

Y desgraciadamente debemos estar preparados para la guerra para no ser víctimas de la codicia exterior ni de las revoluciones internas que conculquen la Constitución. Estos dos tipos de conflictos requieren dos modelos de respuestas distintas. La guerra contra los peligros exteriores requiere del uso del ejército, y las guerras intestinas contra la rebelión o la revolución deben hacerse con las fuerzas de seguridad, como la policía y todas las demás fuerzas de seguridad. Este doble modelo se funda teóricamente en la obra política de Benjamin Constant, quien sitúa todas las bases del ejército en las fronteras nacionales.

La misma postura que Fray Antonio de Guevara

También Saavedra Fajardo, quizás el mayor pensador político español, superior sin duda a Sun Tzu, en sus Empresas Políticas, genialmente editado y comentado por Manuel Fraga Iribarne en su día, mantiene la misma postura que Fray Antonio de Guevara para con respecto a la guerra. “Es guerra una violencia opuesta a la razón, a la naturaleza y al fin del hombre, a quien creó Dios a su imagen y semejanza, y sustituyó su poder sobre las cosas, no para que las destruyera con la guerra, sino para que las conservase. No lo creó para la guerra, sino para la paz. No para el furor, sino para la mansedumbre. No para la injuria, sino para la beneficencia” ( Empresa LXXIV ).

Quien comienza una guerra nunca sabrá cuándo termina. Toda guerra concierne a todos los hombres. Ninguna hay tan distante que no pueda llegar a nosotros.  “Fuego es la guerra que se enciende en una parte y pasa a otras, y muchas veces a la propia casa, según soplan los vientos”, nos dice el genial murciano. Ahora bien, contra la guerra sólo hay dos defensas: la prudencia del gobernante y el poder disuasorio del ejército.

Lo mismo que contra el crimen sólo existe la educación para prevenirlo, la policía para reprimirlo y los jueces para castigarlo. Escudo ha de ser el ejército para sus compatriotas, armado contra los golpes y expuesto a los peligros y las inclemencias. Escudo ha de ser la policía para la inocencia. Son las armas los espíritus vitales que mantienen el cuerpo nacional, son las armas las fiadoras de su sosiego. En ellas reside nuestra conservación de nación libre. Los gastos en las Fuerzas Armadas excusan los gastos mastodónticos e irreparables de la guerra.

Con mucha dificultad acomete el enemigo a un Estado que se ha de resistir, del mismo modo que el delincuente no puede actuar en donde las Fuerzas de Seguridad garantizan la paz social. Así ha sido siempre. Por eso, los emperadores Diocleciano y Maximiano se dieron por muy servidos de aquel gobernador de provincia que había preferido gastar los impuestos en reforzar los muros de los oppida que en levantar un anfiteatro. Las Fuerzas Armadas hacen imposible las injurias de los posibles enemigos y, por tanto, dificultan la guerra. Escipión y Aníbal no se diferenciaban de sus camaradas soldados por sus vestidos, que eran iguales, sino sólo por sus armas, que eran las mejores.

Mantenimiento de un ejército moderno

No siendo España un país de los pequeños, nuestro mayor antídoto contra la guerra es el mantenimiento y puesta a punto de un ejército moderno, disciplinado, patriótico, y con todas las demás virtudes propias del soldado tradicional.

Entre los hombres no puede haber paz si el respeto a la fuerza no reprime la ambición. Esto dio motivo a la invención de las armas, a las cuales halló primero la defensa que la ofensa. Antes señaló el arado los muros, que se dispusiesen las calles y las plazas. No estaría seguro el reposo público si la policía, debidamente armada y equipada, no le guardara el sueño. Por haber derribado las murallas de las ciudades el rey Witiza se atrevieron los africanos a entrar por España, faltando aquellos diques, que hubieran sido el reparo de su inundación. Ha de prevenir la guerra quien desea la paz.

El valor del ejército y también el de las Fuerzas de Seguridad, en general, se civiliza a través del honor, el amor a la patria y la disciplina. Nuestros soldados no tienen el valor de la barbarie, ese salvajismo repugnante que veía Julio César en los pueblos más bárbaros, muy lejos “a cultu atque humanitate”, sino que está fundado en el honor y en todas aquellas virtudes de una civilización cristiana.

Brazo armado interior y oído sutil del Estado

La policía, por su parte, es el brazo armado interior y el oído sutil del Estado. La Santa Hermandad de los Reyes Católicos fue la primera policía española. La Santa Hermandad era una organización policíaca, embrionaria, civil, aunque amparada en un nombre y en un signo religiosos, para defender al ciudadano pacífico de la bribonería de grandes y chicos que andaba suelta por el solar nacional. En el mundo actual la policía es sin duda alguna una de las piezas más fundamentales del Estado. La eficacia global de un país se podría medir hoy por la eficacia de su policía.

Para Gregorio Marañón era más importante que el ejército, porque hay países que pueden vivir sin ejército, pero ninguno sin policía. El Estado del porvenir puede soñarse por la izquierda utópica y rancia sin ejército, pero con una policía aún más poderosa que la de hoy. Es más importante que las organizaciones legislativas y económicas, puesto que todas ellas pueden suspenderse durante un cierto tiempo – el Parlamento español en siete meses no ha promulgado ninguna ley, y en los dos siguientes tampoco podrá -, sin que el país sufra gravemente, a condición de que su policía se conserve intacta.

De sistema simplemente purgatorio o eliminativo, la policía se ha convertido en un verdadero sistema nervioso del Estado, que mantiene enlazados y coherentes sus distintos órganos y que responde a las contingencias urgentes con rapidez y con la exactitud de los reflejos. Una buena policía es elemento común al Estado moderno, cualquiera que sea su matiz político, es decir, tanto en las democracias más avanzadas como en las dictaduras más abyectas, como son el caso de Venezuela, Cuba o Nicaragua.

La policía verdaderamente democrática es una institución aséptica de cualquier intención política. Una policía que frente al poder asegure a cada ciudadano sus derechos sin el peligro de que los ciudadanos se los adjudiquen y se los administren por su cuenta, y que, a su vez, exija al ciudadano el cumplimiento riguroso de su deber, diverso e intransferible. Esta policía democrática, llena de jerarquía y de dignidad, que todos queremos para España, evitará para siempre nuestras dos grandes plagas: la revolución y la guerra.