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Irán libre

Imagen de archivo de manfiestaciones en Teherán (Irán) / Lanza
Imagen de archivo de manfiestaciones en Teherán (Irán) / Lanza
Pedro Martín

En Iran, Persia, está sucediendo una revolución liderada por mujeres. Y aquí, demasiados profesionales de la pancarta miran hacia otro lado.

Hay una forma muy sencilla de distinguir la solidaridad auténtica del activismo de pancarta de  cartón: ponle delante una injusticia que no encaje en su narrativa. Si la indignación desaparece, entonces no era defensa de derechos humanos; era marketing ideológico.

En Irán, las mujeres llevan tiempo demostrando lo que significa jugarse la vida por una causa real. No por un “hashtag”, no por un aplauso, no por una subvención ni por un minuto de televisión: por libertad. Enfrente no tienen un rival político de tertulia, sino un régimen teocrático que impone, vigila, castiga, encarcela y reprime. Allí, desobedecer no es una performance: es una sentencia potencial.

Y mientras tanto, aquí, en esta cómoda Europa y sobre todo en esta España de Sanchez de la indignación por turnos, ocurre algo llamativo: silencio.

No hay marea global. No hay grandes concentraciones con fotógrafos. No hay paros solemnes. No hay campus ardiendo de “compromiso”. No hay artistas que exijan con voz rota lo que ayer exigían por causas mucho más rentables. No hay “intelectuales” dictando al mundo dónde está el bien, no hay profesores saliendo a manifestarse como en Gaza….porque ahora el bien está donde les incomoda.

La pregunta es tan simple como incómoda:

¿Dónde están las feministas selectivas, las de pancarta automática, las que siempre miran para un solo lado?

¿Dónde está esa “comunidad cultural” que se da abrazos en manifestaciones de importación y luego se esconde cuando la realidad les desmonta el guion?

Porque Irán rompe el relato. Lo rompe de dos maneras.

Primero, porque demuestra que el feminismo real —el de verdad— no es un catálogo de consignas. El feminismo real es el que se planta delante del poder que oprime, aunque el opresor lleve el sello de “antioccidente”, aunque se disfrace de “identidad cultural”, aunque se esconda detrás de palabras bonitas como “tradición” o “respeto”.

Cuando una mujer se quita el velo obligatorio y lo quema, no está “faltando a una costumbre”: está diciendo no a una imposición.

Segundo, porque deja al descubierto a los acomodados del activismo, a los que hacen política con el dolor ajeno solo cuando el dolor ajeno sirve para la causa propia. Esa gente que convierte los derechos humanos en un juguete: se usa, se agita, se grita… y se guarda en un cajón cuando incomoda.

Y entonces, aquí para la izquierda “caviar” llegan las excusas.

Las excusas de siempre, barnizadas de superioridad moral: “hay que entender su contexto”, “no podemos juzgar”, “es su cultura”, “cuidado con el etnocentrismo” … Como si los derechos humanos fueran una moda local y no un mínimo universal.

Esto tiene un nombre: relativismo cobarde.

El mismo relativismo que se indigna con una rapidez sospechosa según quién sea el malo del día. Como el caso de julio Iglesias. El mismo que reduce el mundo a una tabla de aliados y enemigos. El mismo que grita “fascismo” a diario en España, pero titubea cuando una mujer es apaleada por no taparse el pelo en Teherán.

Y por eso el contraste duele.

Aquí se organiza una “lucha” para pintar un banco, para cambiar un cartel, para reescribir un eslogan, para indignarse con un chiste, para perseguir a un adversario político. Allí, en Irán, se lucha con el cuerpo. Allí se lucha con miedo, con pérdidas, con cárcel. Allí se lucha con una valentía que no cabe en un tuit.

La solidaridad no puede ser un filtro de Instagram.

No puede depender de la foto, ni de la moda, ni de la subvención, ni del aplauso de la tribu.

Porque cuando la injusticia es de verdad, el silencio es complicidad. Y cuando la opresión es real, la neutralidad es una forma educada de ponerse del lado del opresor.

Hoy el mundo debería tener una frase simple en la boca: Irán libre.

Y quien no es capaz de decirla —quien no se atreve— debería preguntarse por qué.

Quizá la respuesta sea la más amarga de todas: porque no defienden a las mujeres. Defienden un relato.

Y el relato, cuando la realidad lo contradice, se esconde.

Las mujeres iraníes, no. Ellas siguen.

No es una protesta. Es una revolución.

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