¿La gente o mi gente?

Fermín Gassol Ciudad Real
Calles / Elena Rosa

Calles / Elena Rosa

Gente por la calle / Elena Rosa

Siempre que se hace referencia de una manera coloquial al concepto “gente” es para significar a un número indeterminado de personas sin pretender con ello mayores matices, un grupo que conforma un colectivo anónimo de mayor o menor entidad. La idea “gente” es en consecuencia tan amplia como confusa pues se trata de una realidad que conformamos todos, aunque para algunos esa confusión lo sea para su propio y exclusivo beneficio político.

Siempre que se hace referencia de una manera coloquial al concepto “gente” es para significar a un número indeterminado de personas sin pretender con ello mayores matices, un grupo que conforma un colectivo anónimo de mayor o menor entidad. La idea “gente” es en consecuencia tan amplia como confusa pues se trata de una realidad que conformamos todos, aunque para algunos esa confusión lo sea para su propio y exclusivo beneficio político.

En las dictaduras, la gente son los súbditos, aquellos que obedecen lo dictado por unos cuantos de una manera pasiva. En una democracia sin embargo, la gente se identifica con la ciudadanía, es decir el súbdito con nombre y apellidos. La diferencia entre súbdito y ciudadano se sitúa en la parcela de la política; el ciudadano es el súbdito que adquiere la mayoría de edad para participar en las decisiones político sociales. De ahí que todo el colectivo que compone una determinada sociedad democrática es gente. Nadie escapa a tal concepto y realidad. Y por ende, la conforman todos los votantes pues sus papeletas tienen idéntico tamaño, peso y valor democrático.

Pero ante algo tan palmario, resulta que desde hace unos años, existen en el panorama político europeo unos grupos incorporando en sus discursos y peroratas dialécticas la palabra gente de manera recurrente y mágica, llenándoseles la boca y acuñando como propiedad política este concepto. La gente, colectivo anónimo, sin identificación individual, como ese grupo indeterminado de personas provistas de un único ropaje a las que parecen representar en exclusiva. Para los populistas quienes votan a otros partidos no son gente, son la casta. Esto determina que “la gente” políticamente hablando nazca con ellos y por lo tanto también la auténtica y genuina democracia inexistente hasta ese momento porque esa “gente” no estaba representada en ella.
Es la falacia en la que se basan los populismos. En la trampa de recortar con tijeras ideológicas a la ciudadanía, separando a los suyos, a los demócratas de pensamiento único con etiqueta en la entrega de los Goya y vaqueros en La Zarzuela, de aquellos que tienen apariencia pero no lo son del todo. Los populismos se basan en una premisa del todo farisea: erigirse como los representantes reales y morales de la democracia con la exclusión de todos aquellos que no aceptan ese pensamiento único.

Los populismos de cualquier signo se vienen aprovechando de los defectos que encierran las democracias, para ante el descontento de los votantes, utilizar el rio revuelto y hacerse con el poder de las instituciones dándoles cerrojazo. Un viejo truco tantas veces utilizado a través de los dos últimos siglos. La prueba de que no suponen un avance social está en que aquellos países más evolucionados y cultos, apenas los contemplan. Antes bien, se limitan a empobrecer todos y a todas, por supuesto.