La herida del cínico

Manuel Pérez Tendero Ciudad Real

Cuando conocemos bien a una persona es fácil que podamos destacar en ella alguna caracterísitca especial, que la defina de forma singular. Aunque no es fácil, también es interesante preguntarse esto mismo sobre cada uno de nosotros: ¿cuál es la característica que más me define? Tal vez, la respuesta no siempre coincide con lo que los demás piensan.

También de Dios podemos intentar entresacar su característica más importante y singular. Es posible que cada uno de nosotros subraye un detalle diferente; los mismos libros bíblicos no son unánimes en esta cuestión.

Pero, probablemente, la mayoría de los creyentes estaría de acuerdo en afirmar que la característica más importante del Dios de Jesucristo es la misericordia. Creo que es también la respuesta que late por debajo de todos los libros de la Sagrada Escritura.

El papa Francisco, hace unos años, proclamó el Año de la Misericordia, siguiendo la intución de otros papas anteriores: también la Iglesia actual sabe reconocer el rostro de la misericordia como principal característica del Dios cristiano.

¿Cuál es el reflejo de esta misericordia en el ser humano que la recibe? Si la misericordia es el rasgo más distintivo de nuestro Dios, ¿cuál es el rasgo que distingue a aquel que descubre esa misericordia y ha puesto su fe en ella?

Una preciosa lectura del libro del Eclesiástico, que leeremos en la litugia de este domingo, nos ofrece una respuesta: “Hazte pequeño en las grandezas humanas y alcanzarás el favor de Dios; porque es grande la misericordia de Dios y revela sus secretos a los humildes”.

Si el decubrimiento de la misericordia de Dios nos hace presuntuosos, si se convierte en excusa para una mentalidad que no valora el esfuerzo, si es una franquicia para seguir en nuestro pecado, es que no hemos descubierto el verdadero rostro de Dios.

La abundancia de la misericordia divina derramada sobre el hombre no produce seguridad en uno mismo, autocomplacencia, descuido, camino ancho y fácil. Cuanta más misericordia recibida, más experiencia de pequeñez; si no ocurre así, es que no estamos ante la misericordia de Dios, sino ante alguna ideología de los tiempos o algún sentimiento o imaginación del propio sujeto.

La continuación de la cita del Eclesiástico nos dice, además, cuál es la actitud contraria a la humildad: “No corras a curar la herida del cínico…”. Lo contrario a la humildad es el cinismo, porque la humildad y la sabiduría caminan juntas.

El cínico, por tanto, es aquel que no tiene experiencia de misericordia. Quizá sea esta la única forma de curar la herida del cínico, si es que tiene cura: experimentar la misericordia verdadera y gratuita.

La misericordia de Dios, por tanto, está llamada a iluminar, no solamente nuestros caminos de soledad y tinieblas, nuestras enfermedades y límites: es necesaria, ante todo, para nuestras sendas seguras y nuestras convicciones más profundas. El hijo menor de la parábola necesitaba la misericordia del padre, pero también le hacía falta aprenderla y recibirla al hijo mayor, ¡quizá más, incluso, que a su hermano!

Nuestras heridas suelen ser, precisamente, las ventanas más adecuadas para que entre el aire fresco de la misericordia; pero la herida del cínico está tapada y se cierra en sí misma. Cuando experimenta la debilidad, el cínico la deshumaniza con su risa y su actitud autosuficiente.

La pedagogía de la vida está llena de oportunidades para educarnos en los caminos del amor, del encuentro, de la conversión, de la misericordia, del aprendizaje para salir de uno mismo y encontrarse con la realidad de los demás. Pero el cínico se apresura a cerrar estas puertas con la actitud del que cree saberlo todo y no espera novedad alguna de las cosas.
¡Benditas heridas que, al dolernos, dan a luz para nosotros la preciosa experiencia de la misericorida!