.La inflación es algo muy simple: cada día tu dinero puede comprar menos. Y eso, aunque parezca invisible, es una transferencia de riqueza hecha en silencio. Por eso la inflación es de todos los impuestos, es el más injusto: nadie lo vota, nadie lo aprueba en una ley, pero lo pagamos todos.
Vamos a intentar explicar bien que es, y para ello hay dos cosas que mucha gente mezcla: la causa y la consecuencia. La mayoría llama inflación a “la subida de precios”. Pero esa es la parte que vemos. La causa real, casi siempre, es otra: un aumento de la oferta de dinero y crédito. Se “mete” más dinero en el sistema y, como el dinero no crea mágicamente más bienes y servicios, cada euro vale menos. Y así lo notamos en el súper, en el alquiler o en la gasolina, cuando decimos que no alcanza a llegar a fin de mes. Pero la raíz está antes.
Generar inflación es como diluir el vino con agua para que alcance para más invitados. Parece que hay más, sí. Pero el sabor se debilita para todos. Con el dinero pasa lo mismo: si se “diluye” creando más dinero y más crédito, el valor de cada euro se debilita. Y el precio de las cosas termina subiendo.
¿Y por qué se “diluye” el dinero? Por cuatro causas:
La primera, la más frecuente: el déficit del gobierno. Cuando el Estado gasta más de lo que ingresa, tiene que cubrir ese agujero. Una parte se financia subiendo impuestos, pero otra se financia con deuda… y ahí empieza el problema. Cuando hablamos de Estado, también es U.E.
La segunda: la monetización de la deuda. El gobierno emite bonos para endeudarse y los compra el sistema financiero. Y cuando el banco central entra comprando esos bonos, lo que hace en la práctica es crear dinero nuevo (no porque aparezca una fábrica de riqueza, sino porque se “crean” créditos y reservas para pagarlos). Es dinero que no sale de un ahorro previo real: sale “de la nada” y acaba circulando.
En tercer lugar: las políticas de “dinero barato”. Si mantienes los tipos de interés artificialmente bajos, incentivas que la gente y las empresas pidan más préstamos. Más préstamos significa más crédito y, por tanto, más dinero en circulación. Puede parecer un chute que “ayuda”, pero a medio plazo suele traer la factura en forma de inflación.
Y cuarta: La inflación no es una calamidad natural. No es un meteorito. Es el resultado de decisiones políticas, fiscales y monetarias: gastar por encima de lo que se recauda y facilitar que ese gasto se sostenga con expansión monetaria.
Ahora bien, ¿a quién perjudica la inflación? Al de siempre: al que ahorra, al que cobra una nómina, al pensionista, al pequeño autónomo. Pongo un ejemplo sencillo: una familia consigue ahorrar 5.000 euros para una entrada del coche o una reforma. Con inflación alta, al año siguiente esos 5.000 euros ya no hacen lo mismo. No es que el dinero desaparezca: es que se devalúa. Antes te daba para “la entrada”; ahora te da para “media entrada”. El mensaje es claro: ahorrar sale caro.
Con el trabajo pasa igual. Te pueden subir el sueldo, sí, pero tarde y con truco. Tú trabajas igual, cumples, te esfuerzas… y sin embargo cada vez puedes comprar menos. Tu sueldo sube en números, pero baja en vida real.
Esto es importante: esa pérdida de poder adquisitivo no se esfuma. Se redistribuye. Y el primer beneficiado suele ser el gobierno, por dos vías muy claras.
La primera: la deuda pública se “abarata” en términos reales. Si el Estado debe dinero y hay inflación, puede devolver esa deuda con euros que valen menos que cuando se endeudó. En la práctica, el gobierno sale ganando… y el coste lo paga quien ahorra y quien cobra tarde: la sociedad, es decir, tú.
La segunda: suben los impuestos sin subir los impuestos. Si suben los precios, sube la recaudación del IVA automáticamente, porque pagas un porcentaje sobre un precio mayor. Lo mismo pasa con muchos impuestos ligados a importes nominales: ventas, beneficios, transacciones. Y si el IRPF no se ajusta bien a la inflación, a mucha gente le pasa esto: “gano más” en papel, pero no soy más rico… y aun así pago más. Es la subida “en frío”, silenciosa.
Por eso la inflación es tan perversa: castiga la prudencia y premia lo contrario. En un entorno inflacionario, muchas veces gana el que se endeuda, porque devuelve con dinero devaluado. Se premia el gasto inmediato porque “mañana será más caro”. Y el ganador final suele ser el que está cerca del poder, porque el dinero nuevo no llega a todos a la vez: los primeros en recibirlo gastan a “precios viejos”, y los últimos lo reciben cuando los precios ya han subido.
En resumen: la inflación no es solo “subida de precios” esto es una consecuencia. Es un impuesto sin ley, sin voto y sin transparencia. Nace de expandir dinero y crédito, , de “inflar”, suele venir de déficits sostenidos y “dinero barato”, y acaba haciendo lo mismo siempre: recorta tu salario real, se come tu ahorro, facilita que el Estado pague su deuda con moneda más débil y, encima, le sube la recaudación con precios más altos. Por eso, para mí, es el impuesto más injusto de todos.
