La mirada de Dios. In memoriam Don Rafael Torija

Francisco Blanco Mena
Rafael Torija de la Fuente /J.Jurado

Rafael Torija de la Fuente /J.Jurado

Ciudad Real, Abril de 2003. Viernes Santo. La tarde era templada y la Plaza Mayor estaba muy concurrida. Las terrazas de cafeterías y restaurantes estaban también llenas. En una de ellas, Lucía y Enrique conversaban con Alexia, Enzo y Érik, estudiantes italianos que residían con ellos, como intercambio universitario con sus hijos.

Desde la mesa contigua, un joven observaba con curiosidad los edificios del recinto y el Ayuntamiento. El bullicio generalizado se hizo mayor cuando el desfile procesional hizo su entrada en la Plaza. Mateo -que así se llamaba el joven- dirigió su mirada con expectación a la Procesión. Luego de un rato, y ante el interés que mostraba, Enrique se dirigió a él para ofrecerse si en algo podía satisfacer su curiosidad. El joven, agradeciendo el gesto, le explicó que era de Toledo -donde vivía y trabajaba- y tenía curiosidad por conocer Ciudad Real, ya que según tradición familiar, habían tenido antepasados lejanos en la capital. Las Hermandades continuaban su pausado recorrido, y Lucía lo contemplaba con sus estudiantes. Enrique optó por sentarse con Mateo para mejor explicarle lo que conocía de la Plaza. Agradecido, se dispuso a atender a sus comentarios.

“En origen  fue parte del  Camino Real de Toledo a Córdoba. Posteriormente su recinto se fue cerrando, y entre otros destinos sus casas albergaron la Alcaicería o mercado judío: precisamente en donde ahora se ve ese reloj carillón, en el S. XV estuvo el Consistorio en una casa confiscada al efecto por Isabel la Católica, a petición de la Ciudad. Quedan aún hoy restos del S. XVII que se pueden ver en su fachada y los machones de piedra y ladrillo. También en la Plaza se celebraron corridas de toros, y en el S. XVIII tuvo su Alhóndiga. Como todo lugar de encuentro de una villa, sus acontecimientos más destacados se desarrollaron en ella, y como en algunas ciudades  -continuaba Enrique- la Inquisición tuvo su Tribunal en Ciudad Real . Duró  casi dos  años, entre 1483 y 1485, de modo que la mayoría de Autos de Fe se celebraron aquí así como también las ejecuciones de la Santa Hermandad, si bien los condenados por la Inquisición a la hoguera, eran ejecutados en el “braserillo”, lugar actual entre el final de Calle Mata y el Puente sobre la Carretera a Madrid.  Precisamente, hubo un caso curioso inquisitorial que tuvo su fin en tu ciudad de Toledo:  Había un converso en Ciudad Real  que en otro tiempo fue recaudador de rentas reales y Regidor, y que era sospechoso de seguir cumpliendo en secreto los ritos de la Ley Mosáica.  Sancho Ciudad -así se llamaba- al saberse delatado, huyó con su familia a Valencia donde embarcaron, si bien al poco de hacerlo, vientos contrarios los llevaron de nuevo a puerto. Allí fueron apresados y enviados a Toledo donde finalmente fueron procesados y quemados…”

La procesión seguía discurriendo por la Plaza, y Mateo en vano intentaba ocultar su emoción, escuchando muy atentamente a Enrique. De pronto, irrumpió en la conversación con la voz entrecortada, explicando cómo en su familia se había oído una leyenda transmitida de generación en generación:

“Hubo en el S. XV en Toledo un curioso y acelerado Auto de Fe a un matrimonio con su hijo mayor, acusados de falsos conversos. El día señalado, frío y  con fuerte aire,  sobre el estrado fueron interrogados por el Obispo y el Inquisidor, en presencia del Regidor, Notarios y testigos. Luego de ser juzgados fueron condenados, y en procesión como era preceptivo y maniatados se dirigieron a la hoguera.  Al pasar al lado del Obispo, éste dirigió la mirada hacía el rostro desencajado del muchacho, y acercándose a él le dijo en voz queda algo así como “Siempre te protegerá la mirada de Dios a través de la de su Pastor”. Él, extrañado, continuó en la macabra comitiva hacia el “Brasero de la Vega”. Al pasar por la Iglesia de Santiago el Mayor, varios ladrillos se desprendieron de su cornisa, organizando el desconcierto, que aprovechó el muchacho para rajar rápidamente con uno de ellos su cuerda y salir corriendo ante la confusión. En vano fue buscado, y en el rostro de los padres camino de la ejecución se dibujó algo de alivio. Ni el viento ni el frio impidieron se llevara a cabo la ejecución de la sentencia, si bien fue parcial porque al muchacho no lo volvieron a encontrar…”

Enrique, sonriendo ante la leyenda, comentó la similitud que tendrían todos los Autos de Fe de la época.  Ante la ya cercana finalización de la Procesión por la Plaza, llamó a Lucía y a los acompañantes para presentarles a Mateo antes de marcharse. Éste, expresó su agradecimiento por la amabilidad recibida, y aún afectado no pudo evitar los ojos húmedos,  les dio una tarjeta que para cuando quisieran visitar la Ciudad Imperial, le llamaran.  Tras un apretón de manos, se dispuso a cruzar la Plaza al término de la Presidencia procesional. El resto también se marchaba de la terraza, y con extrañeza ante la emotividad del visitante. Enrique leyó la tarjeta en la que se leía: “Mateo Ciudad”. El toledano, al pasar tras la comitiva presidencial que daba fin a  la Procesión, notó que alguien le miraba fijamente. Giró su cabeza, y vio que  se trataba del Obispo D. Rafael Torija, que le sonreía.