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19 julio 2024
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La montaña

"El hermano recurrió a un joven barbero que acababa de llegar al pueblo quien, con sus útiles de trabajo, subió hasta la cabaña de leñadores en la que él se encontraba"
“El hermano recurrió a un joven barbero que acababa de llegar al pueblo quien, con sus útiles de trabajo, subió hasta la cabaña de leñadores en la que él se encontraba”
Manuel Fuentes Muñoz

“Y allí arriba, en la soledad de la cumbre, entre los enhiestos y duros peñascos,

un silencio divino, un silencio recreador”

MIGUEL DE UNAMUNO

                Aquel, —a quien en los años setenta llamaban El maqui en una localidad de la sierra madrileña—, era como los personajes del libro Los topos, en el que Jesús Torbado y Manu Leguineche, recogían el testimonio de quienes, por temor a represalias, sobrevivieron a la posguerra escondidos en sus casas. Él fue un huido que, tras la guerra civil, se escondió en un espacio más abierto, en la montaña, donde permaneció durante tres décadas.

                Después de varios años trabajando en los servicios municipales del ayuntamiento de su localidad, se jubiló. Si la vida cuando volvió de su reclusión voluntaria en el monte no le fue fácil, cuando a mediados de los ochenta alcanzó su merecido descanso, lo fue menos. Los hábitos austeros de su vida cotidiana, adquiridos en las montañas para poder sobrevivir, no le facilitaron sus relaciones sociales con su familia, sus paisanos y convecinos.

                Un día le dijo a su hermano que deseaba ver a un barbero que había ejercido su profesión en el pueblo, pero que, ya jubilado, residía en una localidad próxima. El hermano lo miró con cara de sorpresa y algo escéptico le dijo: ¿estás seguro de que quieres volver a verlo? Porque a lo mejor no somos bien recibidos, después de lo que le hiciste en aquella ocasión.

                A finales de los años cincuenta, este hombre le pidió a un guarda del monte, —al que veía esporádicamente—, que avisara a su hermano. Había tenido durante varios días un fuerte dolor de muelas y quería que lo atendiera alguien que pudiera resolver su problema. El hermano recurrió a un joven barbero que acababa de llegar al pueblo quien, con sus útiles de trabajo, subió hasta la cabaña de leñadores en la que él se encontraba.

                Le ofreció para beber un brebaje que había preparado y que llevaba en una botella con brandi. Aunque no quería beberlo, al final se lo tomó. Lo convencieron diciéndole que le adormecería la muela dolorida. Aquella bebida le removió el estómago y le produjo náuseas. Luego de varios intentos fallidos y de cambiar de herramienta, no sin dificultad, logró extraer la pieza que le producía el dolor. Después, sangró abundantemente y notó dolorida la boca.

                Como pago por los servicios prestados, el buen barbero recibió de su paciente una fuerte bofetada, como reacción instintiva por el dolor que le había causado. Su hermano se enfadó con él por el trato que le dio a este hombre, después de haberse arriesgado para llegar hasta su refugio para poder atenderlo. Cuando remitió la hemorragia regresaron al pueblo. Y el hermano le pidió disculpas repetidas veces.

                A pesar de las reservas que tenían, acabaron visitándolo. Aquel hombre los recibió cauteloso, pero agradecido, porque las visitas no eran muy frecuentes en su casa. Nuestro maqui le pidió disculpas por cómo lo había tratado en aquel lejano día. El barbero se las aceptó y les comentó que fue su mujer la que le metió miedo y lo hizo ponerse nervioso. Le dijo que si no le curaba su mal, podía sacar una escopeta y pegarle un tiro. Y los tres se rieron.

A veces, este hombre sentía la llamada de la montaña y volvía a ella para disfrutar de la paz que le proporcionaba, para respirar su aire puro y beber su agua cristalina. El monte se comunicaba con él a través de los sentidos. Los sonidos de los truenos y los espectaculares relámpagos, le anunciaban la llegada de las tormentas de verano. Luego el eco propagaba su estruendoso ruido por todo el valle.

Al final del otoño, las ventiscas producían un silbido característico que le avisaba de la proximidad del invierno. Luego, la cumbre de la montaña se cubría de nubes blancas que le advertían de la inminente llegada de las primeras nieves. Meses después, el rumor del agua que discurría por las torrenteras, le recordaba que los neveros habían comenzado a deshelarse y que estaba a punto de llegar la primavera.

                Un día, cuando ya pasaba de los ochenta años, se enfurruñó con su mujer por alguna cuestión menor. Su enfado le hizo coger algunas cosas y marcharse de casa. Cuando habían pasado varias horas sin que el hombre regresara, la mujer se preocupó y llamó a su hijo para contarle lo sucedido. Este le dijo que él lo encontraría.

                Se fue hasta un paraje de la montaña que solía frecuentar su padre y allí lo encontró. Estaba sentado junto a un arroyo observando con nostalgia la cumbre y el paisaje en un lugar cercano a la cabaña que él había habitado. El hijo no tuvo que esforzarse mucho para convencerlo y regresar con él a casa, pero se comprometió a cumplir su último deseo.

Algunos meses después, —en pleno invierno—, una mañana ya no despertó. Lo incineraron y llevaron sus cenizas a la montaña recién nevada. Y allí las esparcieron junto a la que antaño fue su morada.

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