De la Segunda Galatea como novedad

Martín-Miguel Rubio Esteban Valdepeñas

Hay finos cervantistas – cervantistas de corazón – que sostienen que la novelita de amores entre cautivos y amos, El amante liberal, es ni más ni menos que la Segunda Galatea que anunció escribir Cervantes. El asunto es muy complicado, toda vez que muy interesante y sugestivo, en cuanto que en la primera Galatea no tiene experiencia de cautiverio bajo los turcos, y con El Amante Liberal ya la tenía sobrada. Bien es verdad que el Reino de Polifemo y tumba de Anquises es el principal paisaje de la novela, de donde son la bella Leonisa y Ricardo, los protagonistas de la novela.

Mucho ha cambiado Cervantes de una a otra novela. La Galatea es una amable novela pastoril con la singularidad “anómala” de ser tan realista que es casi incompatible con el género que creara Teócrito, en donde ofrecer manzanas gustosas a las pastoras era ya un premio de amor inocente, y la comparación con Virgilio y Jacopo Sannazaro hace que la cervantina Galatea resulte desabrida. Ahora bien, el bizantinismo enredoso del Amante Liberal es total. La edad y las desgracias continuas llevaron a Cervantes desde el realismo a la fantasía, desde lo más racialmente español a los suspiros más delicadamente ingleses, tratados con píctimas sobre los dolientes corazones de los amantes.

La Galatea de Trépano (Leonisa) es un bien de gozo amoroso que se disputan dos altas dignidades turcas (bajá saliente y bajá entrante ), y no se resuelve por el ejercicio de la estética poética-musical de los pastores, sino por el juicio sensato y el raciocino impecable de un viejo cadí rijoso, que aporta de modo hipócrita y fariseo sus reflexiones de juez como alternativa al alfanje. Un paisaje idílico de pastores no existe en este contexto de dos civilizaciones enfrentadas – aunque con caballeros y rufianes en ambas trincheras -, y en donde el honor de los caballeros no tiene nada que ver con la agudeza competitiva de los pastores amantes.

Si la primera Galatea derramaba versos por doquier, como buena fábula menipea pastoril, en El Amante Liberal apenas dos quintillas de dudoso gusto festonean el texto.

Pero el cadí musulmán, como el juez cristiano, es hombre también, al fin y al cabo, y se le pusieron las entrañas hechas ceniza por la cautiva Leonisa. Enmarañado embrollo bizantino de amores encadenados de referentes casi plautinos, que en nada tienen que ver con la primera Galatea, y sí casi con la novela galante del futuro siglo de Luis XIV, en donde algunas féminas brillantísimas, como Marie de Rabutin Chantal, marquesa de Sévigné, las mejores escritoras de la Literatura Francesa, compusieron novelas de enredos amorosos, en donde una amoralidad alegre festonea el asunto.

El amor apasionado de una pareja de turcos (Halima y el cadí) por sus bellos prisioneros esclavizados (amor hipogámico) – Ricardo y Leonisa – crea una trama criminal de los bellos cautivos, en la que la debilidad del amor por parte de los turcos supondrá la victoria de los bellos y despiadados cautivos amados. No hay caballerismo cuando se trata de ganar la libertad y el amor carnal del opresor-violador puede ser la misma trampa en que el opresor sucumba. Es así que el amor “humano”, lejos de ser un bien, se puede convertir en un motor de crímenes sangrientos. El amor como fuente de injusticia y conspiración criminal. Pero usar de la pasión del adversario para acabar con él es legítimo para Cervantes, aunque nuestro asesino sea precisamente el objeto de nuestra pasión. En esta trama bizantina resuenan claro los ecos de Charitón, Jenofón, Longo, Heliodoro, Aquiles Tacio y la novela anónima de Calímaco y Crisorroé, autores que siempre acompañaron a Cervantes en sus viajes interiores de escritor inmortal. Es así que aún no está muy clara la hipótesis posible y muy novedosa, sin duda, verdaderamente revolucionaria, de que El Amante Liberal supone la Segunda Galatea prometida por Miguel de Cervantes. Hipótesis difícil, pero al menos nueva, nacida de muy meticulosas y numerosas relecturas de las obras completas de Cervantes, y no como esos descubrimientos documentales del acopio de alimentos en Écija de Cervantes, en su condición de comisario real, y sus excesos y abusos en las labores recaudatorias, que lo llevaron a la cárcel y a ser excomulgado; descubrimientos que ya fueron descubiertos hace setenta años por grandes hispanistas y cervantistas, como fuera el caso de Jaime Fitzmaurice-Kelly, el más importante cervantista de su época en la ciudad de Londres. Y es que ocurre con frecuencia en las Humanidades que los mismos descubrimientos se descubran periódicamente y aparezcan en nos periódicos de prestigio.

Por lo demás, y volviendo a la hipótesis de la Segunda Galatea, existe una predisposición a leer las grandes obras como textos sagrados, aplicando una hermenéutica cercana a la cábala que ve en la alta literatura un sistema cifrado con mensajes ocultos. Esto no sólo ha ocurrido con la obra de Cervantes. También sucede con Shakespeare. Quizás sea sobre todo un síntoma de devoción a las grandes hazañas literarias de la Humanidad, en las que queremos encontrar respuestas que calmen nuestras incertidumbres, enigmas que si resolvemos den razón de nuestros males. También los grandes clásicos, como Virgilio, sufrieron este tipo de lecturas devotas. Pero el arte sólo nos salva por su belleza. Ahí está su clave y su mensaje.