La vendimia de Juan Pedro

Rafael Toledo Díaz Valdepeñas
Época de vendimia / Lanza

Época de vendimia / Lanza

Él no sabe por qué, pero cada año al llegar este tiempo de vendimia viene a su memoria la película “Lo que el viento se llevó”. En particular visualiza una de las escenas cumbres del film, me refiero al juramento que hace Scarlett O´Hara en un atardecer enrojecido al lado de un seco tronco y con el puño cerrado. La protagonista termina diciendo con voz desgarrada: “A Dios pongo por testigo que nunca volveré a pasar hambre”. Después, la música sube de tono y la imagen se recrea dejando en la distancia del horizonte su esbelta silueta.

Juan Pedro no entiende cómo explicarlo pero lo asocia con la única vendimia que ha realizado en su vida.  Además él nunca hizo ningún tipo de juramento al respecto, sabe perfectamente que nunca se puede decir “de esta agua no beberé”, pero lo cierto y verdad es que ha pasado mucho tiempo y, desde entonces, nunca ha vuelto a realizar esa dura tarea agrícola.

La primera y única vendimia de nuestro personaje fue un punto de inflexión en su vida. Era un caso atípico en aquellos tiempos donde los más jóvenes participaban en la recogida de la uva como algo habitual, pero aunque él no tenía un entorno tradicional agrícola y se limitaba a su cómoda vida de estudiante, siempre le andaban reprochando esa supuesta comodidad.

Por eso aquel año no tuvo que pensarlo demasiado, había que pasar la prueba. Se acababa la adolescencia y tenía que elegir, decidir, cambiar, no había alternativas, era el momento. Un amigo le ayudó a buscar patrono, junto a él se acercó a la casa de unos medianos agricultores (picholeros) que cada año necesitaban vendimiadores entre el vecindario. Sin papeles ni contratos de por medio formalizó un acuerdo verbal de las condiciones. Era lo habitual, confianza en que cada parte cumpliría el trato sellado con un apretón de manos.

Época de vendimia / Lanza

Época de vendimia / Lanza

Juan Pedro recuerda que acababa de empezar la década de los setenta del pasado siglo, aquella primera decisión junto a otras que debía tomar después le habrían de cambiar la vida.

Ahora recuerda con nostalgia lo duro que fue la primera semana, la inexperiencia, la madrugada. Al quinto día se le habían agrietado las manos y tenía doloridos los riñones. Al principio en el almuerzo y la comida colectiva se le caían las sopas en las gachas o en el pisto. No estaba acostumbrado a comer con la navaja, por eso, para no dar la nota, debía reducir el tamaño del trozo de pan que introducía con pudor en la enorme sartén.

Sabido es la enorme importancia que la cuadrilla se lleve bien, que las parejas estén equilibradas. Allí Juan Pedro conoció la labor del manijero, que en el caso que nos ocupa era también el patrón. Ya no recuerda los nombres, pero aquel agricultor era un hombre discreto y comedido, correcto y afable. Es verdad que en algún momento se unía a una pareja y les daba el apretón en la tarea, después se iba a cocinar.

A Juan Pedro, que por aquel tiempo era un joven adolescente, le asignaron una pareja de bastante edad, otro buen hombre con muchas vendimias en los riñones y que suplía su menor fuerza con una inestimable experiencia. Al llenar los capachos y cuando no cogía ni un racimo más decía siempre esta coletilla: “bueno está…”.

Las anécdotas de aquella imborrable vendimia siguen presentes en su mente, la torpeza en el campo y las lindes hacen que nuestro protagonista empiece a cortar racimos en una cepa que no corresponde a la viña en cuestión, menos mal que andaba cerca el manijero. Aquel menú repetido hasta la extenuación, patatas con arroz y bacalao, un día sí y otro también, pero que con la carne de un par de gazapos de conejo sabían a gloria.

De camino al tajo y aprovechando la oscuridad de la madrugada es capaz de amodorrarse en el remolque del tractor, echado entre los capachos, capachos que al pasar de los días emanan un aroma dulzón y particular. Olores que junto a la fermentación del mosto en las bodegas ya nunca olvidará, aromas que ya forman parte de sus raíces y que, cada año, al final del verano, necesita y añora.

Pero la vendimia no es una tarea romántica, recoger la cosecha es, sobre todo, esfuerzo y trabajo, todo el día doblado cortando racimos, además el peso de los capachos y voltearlos al remolque. No hay apenas descanso, el tractor se ha ido a descargar a la bodega y, si no hay capachos suficientes, se extiende una gran lona para seguir recogiendo el fruto, así de sol a sol, una jornada tras otra.

Época de vendimia / Lanza

Época de vendimia / Lanza

Pero como cualquier individuo, Juan Pedro solo entresaca lo positivo de aquella experiencia, el buen rollo con los demás vendimiadores, comprobar que él también puede, que es capaz, y después del rodaje de los primeros días, consigue estar a la altura de los demás. El compañerismo, las risas, las bromas, el amanecer o la puesta del sol en el horizonte son gratos recuerdos.

Acabada la recolección, llega la hora de cobrar los treinta días de faena, el primer sueldo, las primeras pesetas y la entrada al mundo del trabajo. Más tarde, Juan Pedro tendrá que tomar nuevas decisiones, pero el primer paso está dado, como dicen ahora, prueba superada.

De aquellos días han pasado muchos años, Juan Pedro después de aquella única vendimia vive físicamente alejado de su ciudad. Sin embargo, siempre ha seguido discretamente la evolución del mundo del vino y sus labores. Se admira de cómo se han diversificado las variedades, ya no se riega a tontas y a locas, el cuidado de viñas y majuelos se hace con mejores criterios, se han conseguido muy buenos caldos en la Denominación de Origen Valdepeñas. Pero también cree que se han perdido varios trenes, se ha esperado demasiado tiempo para innovar, desarrollar y comerciar tan preciado elemento. Comprueba que otras regiones con menor potencial se han adelantado. Todo esto sin contar con las modas y la bajada de consumo del vino.

Ahora que empieza la recolección de la cosecha nuestro personaje busca noticias relacionadas con la vendimia y, aunque los datos estadísticos no son malos, ya sabemos que las cifras de las estadísticas no son fiables, se vende más vino, pero el precio apenas ofrece variación.

Como siempre vuelven a reproducirse los mismos problemas, cada año hay una ecuación que resulta inamovible, si hay una gran producción de fruto, los precios de la uva bajan. Si la cosecha viene escasa, el valor sube. El caso es que el agricultor siempre anda justo y mirando al cielo por si las tormentas.

Es el dichoso mercado que todo lo regula y todo lo ajusta, “el mercado”, la palabra clave y la excusa perfecta. Los políticos no se mojan, saben de las penurias de los hombres del campo pero apelan una vez más a la ley de la oferta y la demanda. No pueden, no deben inmiscuirse en el enfrentamiento de intereses que inevitablemente se producen entre bodegueros y agricultores.

En este momento las uvas esperan en las viñas a las cuadrillas de vendimiadores y en las nuevas plantaciones a las máquinas, porque la revolución tecnológica es imparable, no solo en las bodegas, también en el campo.

Es tiempo de ponerse a la faena porque el tiempo apremia, el fruto está maduro y ya estamos de vendimia.