Lo que nos faltaba

Vayamos preparándonos para recibir mensajes políticos por todos los medios conocidos / Elena Rosa

Vayamos preparándonos para recibir mensajes políticos por todos los medios conocidos / Elena Rosa

El último capítulo de esta historia, el que nos faltaba, nos llega con la reciente aprobación de la Ley de Protección de Datos de Carácter personal y su ya famoso artículo 58 bis

A estas alturas todos sabemos ya que cuando navegamos en internet vamos dejando un rastro de los sitios que visitamos y que ese rastro sirve para luego recibir publicidad personalizada acorde con los gustos, preferencias o necesidades que se nos suponen según las webs que ojeamos con mayor o menor detenimiento.

También es conocido que los ‘me gusta’ que dejamos en Facebook van trazando un perfil nuestro muy útil para ser bombardeados inesperadamente con propuestas publicitarias de lo más variadas. Al parecer, los famosos ‘likes’ pueden revelar incluso nuestra tendencia sexual y hasta futuras intenciones tan íntimas como la de abandonar a nuestra pareja.

Hace meses escuché en la radio el testimonio de una mujer que, al poco tiempo de quedarse embarazada, empezó a recibir en el móvil publicidad y mensajes relacionados con su estado prenatal. Llegó a asustarse. Hasta que alguien la puso al corriente de estas cosas y ella empezó a recordar el historial de sus consultas en internet y sus likes en Facebook. Seguía asustada, y ahora además estaba indignada.

Ya es un tópico comparar estas prácticas tan deleznables de las grandes  –y no tan grandes– compañías que dominan internet con el Gran Hermano de Orwell. Estamos, como en la novela, igual de controlados, vigilados y perseguidos. No nos meten en la cárcel ni nos matan, pero el acoso puede llegar a ser insoportable.

La existencia de ese gran ojo vigilante se nos antojaba una monstruosidad inhumana y totalitaria en la novela de Orwell y, sin embargo, las prácticas perversas de los gigantes de internet apenas provocan en nosotros un momentáneo desahogo: nos aparece el anuncio de un crucero inmediatamente después de haber buscado en la red información sobre viajes y sí, puede que nos caguemos en los muertos de Google (o de Facebook, o de Amazon, o de nuestra operadora de internet, según el caso), pero luego, sin más, seguimos utilizando tranquilamente los servicios de esas mismas webs porque, admitámoslo, se nos han hecho imprescindibles y preferimos ser espiados por ellas o gracias a ellas antes que abandonarlas para siempre, que es lo que se merecen.

Yo procuro andarme con pies de plomo con los asuntos de internet. Si en algún momento me preguntan si quiero recibir información sobre tal o cual cosa o si permito que una empresa traslade mis datos a otra, sistemáticamente contesto no. Jamás dejo mi número de teléfono y muy rara vez mi dirección de email. Sin embargo, el ataque por tierra, mar y aire es constante.

¿Por qué, si no sé ni freír un huevo, recibo todos los días en el móvil varios vídeos con recetas de cocina? ¿Por qué me llaman a cualquier hora de bancos con los que no trabajo, de empresas de telefonía cuya existencia ignoraba, de compañías de seguros empeñadas en que mi muerte no le acarree un gran desembolso a mi familia, y últimamente hasta de un gimnasio de Miguelturra? Muchas veces la conversación comienza con un “¿con quién hablo, por favor?”, aunque últimamente ya empiezan llamándome por mi nombre, y por ahí no paso. Si me preguntan el nombre puede tratarse, siendo muy benévolo, de una llamada al azar, pero si me dicen “buenos días, Carlos”, es que ahí ha habido trapicheo con mis datos. Mantener la buena educación es muy difícil en estas conversaciones, que suelen terminar de forma abrupta, sin excusas ni disculpas. A continuación dedico unos segundos a jurar en arameo, y hasta la próxima.

El último capítulo de esta historia, el que nos faltaba, nos llega con la reciente aprobación de la Ley de Protección de Datos de Carácter Personal y su ya famoso artículo 58 bis, que dice así:

Utilización de medios tecnológicos y datos personales en las actividades electorales.

  1. La recopilación de datos personales relativos a las opiniones políticas de las personas que lleven a cabo los partidos políticos en el marco de sus actividades electorales se encontrará amparada en el interés público únicamente cuando se ofrezcan garantías adecuadas.
  2. Los partidos políticos, coaliciones y agrupaciones electorales podrán utilizar datos personales obtenidos en páginas web y otras fuentes de acceso público para la realización de actividades políticas durante el periodo electoral.
  3. El envío de propaganda electoral por medios electrónicos o sistemas de mensajería y la contratación de propaganda electoral en redes sociales o medios equivalentes no tendrán la consideración de actividad o comunicación comercial.
  4. Las actividades divulgativas anteriormente referidas identificarán de modo destacado su naturaleza electoral.
  5. Se facilitará al destinatario un modo sencillo y gratuito de ejercicio del derecho de oposición.

Así que vayamos preparándonos para recibir mensajes políticos por todos los medios conocidos.

En estos días se están oyendo y leyendo opiniones al respecto para todos los gustos: desde quienes le quitan hierro al asunto y sostienen que los partidos harán un uso responsable y limitado de las prerrogativas que la ley les sirve en bandeja, hasta los apocalípticos a quienes nadie les quita de la cabeza que los partidos van a ponerse inmediatamente manos a la obra para elaborar turbios perfiles ideológicos de los ciudadanos con el fin de utilizarlos en su beneficio cuando se acerquen unas elecciones, o sea ya.

Es pronto para saber hacia qué lado de esos extremos se inclinará la balanza, pero confío en que los partidos sepan encontrar el punto medio donde, según dicen, está la virtud.

Por cierto, la nueva ley recoge también el “derecho a la desconexión digital” para respetar el descanso de los trabajadores, incluidos los directivos. Estoy seguro de dos cosas: 1) los partidos no van a dudar en aplicarnos el 58bis, y 2) la desconexión digital, en manos de las empresas, va a ser papel mojado. Al tiempo.