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01 marzo 2024
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Los ingenios de San Juan de Ávila

avila
Imagen de San Juan de Ávila / Lanza
Jerónimo Anaya / ALMODÓVAR DEL CAMPO
Mientras la ciencia iba avanzando en Europa, en España apenas existía, aunque el siglo XVI es el primer siglo de oro de nuestras letras. El lamento de Pérez de Herrera, a finales de siglo, sobre los ingenios extranjeros que, como Juanelo, venían a España, no hubiera sido necesario con hombres tan espirituales y tan prácticos como san Juan de Ávila. Pero muy pronto se olvidaron sus escuelas, sus sermones y sus inventos. El Maestro sabía que tenemos que vivir en el mundo, aunque sin olvidar a Dios: «Hemos de estar en el mundo como si no estuviésemos, y poseer la hacienda como si no fuese nuestra, ser ricos y no vivir como si lo fuésemos; y de todo lo que en este mundo tuviéremos y se nos ofreciere, hemos de sacar muy grandes gracias y alabanzas para Dios Nuestro Señor y provecho para nuestras ánimas y conciencias»

«Y porque le pareció a Dios que las lenguas de todos los hombres eran poco y no bastaban a darnos a entender quién él es, quiso que leyésemos en las cosas corporales» (Juan de Ávila).
San Juan de Ávila, Doctor de la Iglesia, es todavía poco conocido en nuestra tierra, que fue la suya. Cierto es que una institución tan importante como el Instituto de Estudios Manchegos, en el artículo 3 de sus Estatutos, «reconoce como Patrono a San Juan de Ávila, natural de Almodóvar del Campo».

Fray Luis de Granada, su discípulo y primer biógrafo, para referirse a la fuerza de la predicación del santo, menciona unas palabras de san Bernardo: «la boca es un instrumento muy aparejado para vaciar el corazón». Y ciertamente que vació su corazón, pues el Apóstol de Andalucía fue un hombre de oración y un gran predicador, lo que no le impidió preocuparse también de los aspectos materiales del prójimo. El licenciado Luis Muñoz escribe a este respecto: «Todas las necesidades de los prójimos teníalas por suyas; así las sentía, y las procuraba remedios, cuanto alcanzaban sus fuerzas. Con esto se juntaba una singular humanidad y mansedumbre, que son las virtudes que hacen a un hombre amable».

El propio Luis Muñoz se refiere a una gran sequía que hubo en Córdoba, donde residía san Juan. Este predicó y exhortó a los fieles a tener confianza en Dios: «Residiendo en Córdoba, sobrevino un año falto de agua. Los cabildos eclesiástico y seglar ordenaron se hiciesen rogativas, una procesión solemne a nuestra Señora de Villaviciosa, imagen milagrosa. Estaban los sembrados casi secos. Convidaron al padre Maestro Ávila predicase en esta ocasión; hízolo el día de la fiesta, entre los dos coros de la catedral, oyéndolo una multitud grande de gente; exhortolos a tener gran confianza en la misericordia de Dios, y acabó su sermón con estas palabras: “Hermanos, confiad en Dios, que yo de su parte os prometo y doy palabra que este año ha de ser muy fértil, y que tiene de llover antes de veinte y cuatro horas”. Cumpliose como lo dijo, y estando el día muy claro y sereno, antes de tocar a vísperas, llovió, y el resto del día, y los dos siguientes; fue el año abundantísimo».

Hasta aquí nos parece normal lo que se nos cuenta de un hombre de religión. Pero hay un hecho en la vida de este Doctor de la Iglesia que no deja de sorprendernos. Junto al referido por Luis Muñoz, hay otro menos conocido en la vida de san Juan, el maestro Ávila, como le llamaba santa Teresa: la invención de unos artilugios para elevar y sacar agua. A pesar de sus múltiples actividades como predicador, escritor y fundador de colegios, aún tiene tiempo para «inventar unos aparatos de física mecánica». Se desconoce cómo eran esos inventos, aunque demuestran que el Maestro era un hombre al que también le preocupaban los aspectos materiales. Más aún, los inventos de san Juan de Ávila suponen un hecho raro no solo en su vida sino también en la España del siglo XVI donde todo conocimiento científico era por lo menos sospechoso de herejía. Por eso no deja de sorprender que este santo de Almodóvar dedicara sus horas a inventar unos artilugios para elevar el agua y permitir —hay que suponer— su aprovechamiento.

San Juan de Ávila nació en Almodóvar del Campo, hacia 1500. De origen converso, su padre le envió a Salamanca en 1513 a estudiar leyes, aunque en 1517 ya está de nuevo en su pueblo natal, donde durante tres años se entrega a la oración y a la penitencia. En 1520 le hallamos en la Universidad de Alcalá, donde tuvo por maestro a Domingo de Soto. Comenzó sus estudios religiosos tres años después y cantó su primera misa en Almodóvar, en 1526. Como ya habían muerto sus padres, vendió todos sus bienes y los repartió entre los pobres. Tras un intento fallido de marchar a las Indias, se tuvo que quedar en Andalucía, donde pasó casi todo el resto de su vida, dedicado a la predicación y a la fundación de colegios. El año 1531 fue denunciado a la Inquisición «por haber proferido en Écija algunas proposiciones sospechosas», por lo que fue preso durante un año, tiempo que aprovechó para escribir su Audi, filia. Sufrió por Cristo, pero sus heridas fueron hermosas, como dice en una carta a una mujer atribulada: «hermosas y gloriosas son las heridas del caballero en los ojos del rey cuando son recebidas en su servicio», texto que, según Américo Castro, se relaciona con algunos de los aforismos del Persiles de Cervantes: «Más hermoso parece el soldado muerto en la batalla, que sano en la huida (…) Dichoso es el soldado que, cuando está peleando, sabe que le está mirando su príncipe. (…). La honra que se alcanza por la guerra, como se graba en láminas de bronce y con puntas de acero, es más firme que las demás honras».

Por sentencia del 5 de julio de 1533, se le absuelve, con la recomendación de que sea más moderado en sus sermones. Ejerció su apostolado en diversos lugares de Andalucía: Écija, Sevilla, Córdoba, Granada, Baeza, Montilla, donde murió el 10 de mayo de 1569. Fruto de sus sermones fue la conversión de grandes personalidades, como san Juan de Dios y san Francisco de Borja. Tuvo numerosos discípulos que siguieron su ejemplo. Ildefonso Romero resume así su vida: «oración, sacrificio y enseñanza». Nuestro santo se preocupó de la realidad de España, criticando la holganza del español y el desprecio por los oficios. «El holgar —escribe— es cosa muy usada en España, y el usar oficio muy desestimada; y muchos quieren más mantenerse de tener tablero de juego en su casa, o de cosa semejante, que de usar un oficio honesto. Porque dicen que por esto pierden el privilegio de la hidalguía y no por lo otro. Y yo no alcanzo la razón de esta ley. San Josef fue carpintero; y no estaría mal a quien no tiene de comer por vía lícita aprender un oficio y usarlo en su casa, pues, por muy alto que sea, no será tanto como san Josef ni como Jesucristo nuestro Señor, que también ayudaba al oficio a su ayo».

Además de sus grandes dotes de predicador, cabe destacar dos aspectos en el Apóstol de Andalucía. En primer lugar, su afán por enseñar. Sin las subvenciones de la Iglesia o el Estado, fundó diversos colegios y universidades en Andalucía. Este catequista, antes que los niños aprendieran la doctrina cristiana, los enseñaba a leer y a escribir. Su deseo es que todos aprendieran. En una época en que la enseñanza era prácticamente nula, propuso escuelas para pobres, para huérfanos, para niñas. Su enseñanza era profunda, no ligera o «tan sobre peine», como él decía. Incluso se preocupó de que las escuelas estuvieran en lugares saludables: «También conviene que las escuelas sean bien capaces y en sitios saludables, porque, a no ser tales, suelen ser ocasión de enfermar los niños y de que los padres que algún lustre tienen no los quieran enviar allá». A los sacerdotes de la época también los quería cultos nuestro Doctor, y les aconsejaba la lectura, hasta de Erasmo. En el Memorial primero al Concilio de Trento (1551), por el mismo tiempo del pleito sobre sus inventos, propone san Juan de Ávila la reforma de los aspirantes al sacerdocio. Con su estilo llano pero contundente, dice: «El árbol que ha de salir derecho es menester, desde chiquito, encaminarlo y enderezarlo para que lo sea. El caballo y la mula, para que tomen el paso, primero están debajo de la mano del imponedor. En todos los oficios humanos, el oficial bueno no nace hecho, sino hase de hacer».

Su propuesta al Concilio se concreta en que se creen colegios para la formación de los futuros sacerdotes, «en los cuales sean educados, primero que ordenados», pues «si la Iglesia quiere buenos ministros, ha de proveer que haya educación de ellos, porque esperarlos de otro manera es gran necedad». Su ruego al Concilio es, en el fondo, una crítica a la misma Iglesia, pues la formación del clero es la única forma de «quitar el oprobio de la ignorancia de la Iglesia». Las disciplinas necesarias para la formación sacerdotal son múltiples y variadas. En resumen, al sacerdote se le pide bondad, disciplina y ciencia. Por eso no es extraño que aconseje hasta la lectura de Erasmo, como decíamos antes. En una carta al sacerdote García Arias —predicador y prior de san Isidoro de Sevilla, que fue condenado por la Inquisición en 1553—, fechada en 1538, le dice que, cuando dude, «puede mirar o a Crisóstomo, o Nicolao [es decir, Nicolás de Lyra, muerto en 1349], o a Erasmo». En otra carta del mismo año, dirigida a un discípulo, le aconseja la lectura de Erasmo, aunque con precaución: «y también puede mirar las Paraphrasis de Erasmo, con condición que se lean en algunas partes con cautela; en las cuales será, luego, cuando discrepa del sentido común de los otros doctores o del uso de la Iglesia. Y estos pasos se deben señalar para los preguntar, o de palabra o de escripto, a quien le informe. Si Crisóstomo alcanzare sobre san Pablo, gran joya es; y para el Nuevo Testamento aprovecha mucho un poco de griego, por poco que fuese, y haya las Anotaciones de Erasmo, que en gran manera le aprovecharán para esto».

El segundo aspecto que destacamos es la gran humanidad de este Maestro. Dos detalles: al discípulo de la carta antes citada, le aconseja que, después de comer, «si lo ha menester, tome un poquito de sueño» y, por la tarde, salga «al campo (que me parece que lo ha menester para su salud)». El otro detalle son sus inventos. Pasó el Maestro Ávila casi toda su vida entre pobres campesinos de esa Andalucía árida y calurosa. La gente tenía necesidad de su palabra, pero también del agua: agua para sus ganados, para sus huertas y para ellos mismos. Y he ahí a nuestro Doctor inventando unos artefactos para elevar el agua. Tal vez nunca funcionaran sus inventos, pero las ideas y los bellos nombres son una muestra de aquellos pocos españoles preocupados por el cuerpo y el espíritu de los ciudadanos.

Rafael Ramírez de Arellano dio a conocer, en 1914, cuatro documentos en los que se habla de estos inventos. Tras trazar la biografía del entonces Beato Juan de Ávila, siguiendo la de fray Luis de Granada, transcribe esos documentos que halló en Córdoba, mostrando cierta confusión o escándalo: «Ahora vea el lector los cuatro documentos que hemos hallado en el archivo de protocolos de Córdoba y saque de ellos las consecuencias que quiera, pues nosotros no haremos sobre ellos razonamientos ningunos, limitándonos á indicar que en parte desvirtuan algunas de las cualidades atribuidas al venerable por Fr. Luis de Granada, y además nos le presentan distraido, á ratos, de las oraciones y predicaciones y ocupándose en cosas terrenas y á la industria, inventando artefactos de elevación de aguas y procurando sacar de ellos el mayor rendimiento».

¿Fue, en realidad, san Juan de Ávila el inventor? Ramírez de Arellano no lo duda, a pesar de que los documentos «tienen cortadas las firmas con tijeras», sin duda «para guardarlas como reliquias». Aunque ha habido quien sospecha que ese Juan de Ávila inventor no es el santo de Almodóvar, Sala Balust considera que se trata del «auténtico Mtro. Juan de Ávila» y aporta cuatro razones: en primer lugar, las fechas y títulos de los documentos coinciden con su estancia en Córdoba y con los tratamientos que se le dieron; en segundo, los nombres de los testigos y del procurador son conocidos entre sus discípulos; en tercer lugar, los tres primeros documentos están escritos casi en su totalidad por el P. Juan de Villarás, discípulo y amanuense del Maestro; y por último, porque todas las firmas fueron cortadas para conservarse como reliquias, como suponía Ramírez de Arellano, o para «dejar en alguna manera dudoso el documento». Concluye Sala afirmando que la figura del Maestro no pierde con este hecho nada, sino que «ilustra y confirma el concepto de hombre extraordinario que de él tenían sus contemporáneos».

De lo documentos publicados por Ramírez de Arellano se desprende que san Juan de Ávila envió a Antón Ruiz Canalejo a la corte, el año 1550, para negociar los privilegios de esos inventos, en nombre del santo. Sala Balust relaciona a este Antón con el «portador» de la carta del Maestro a Juan de Lequetio, fechada el 9 de abril, cuyo último párrafo dice: «El portador va a Valladolid, y, pues vuestra merced va también allá, váyanse juntos; y haya vuestra merced cuenta que soy yo, y ayúdele en el camino y allá todo lo que convenga a su quietud; que lo que a él se hiciere, Jesucristo lo recibirá. El cual sea con todos. Amén».
Veamos ahora lo que dicen esos cuatro documentos, fechados todos el 4 de marzo de 1552.

El primer documento es una declaración de Antón Ruiz Canalejo, «natural e vecino que soy en la muy noble e muy leal cibdad de Cordoba», en la que acepta la sentencia de 5 de diciembre de 1551 a favor del Maestro, a quien suplantó en los privilegios obtenidos por los inventos. En esta declaración, Antón menciona «las cuatro artes para subir agua que se dicen e nombran una balanza de cajas, otra alentador de aguas muertas, otra suplevientos, otra prudentes maneras para sacar aguas». Después se transcribe la «sentencia definitiva», dictada por Alonso Martínez, para que el dicho Antón «ceda e traspase al dicho maestro Joannes de Avila todo el dicho accion e remiso que tenga adquirido e le competa e pueda pertenecerle en cualquier manera por licencia e provisiones reales de merced e privilegios que le fueron e fueren concedidos por sus Magestades e por los señores de su muy alto consejo sobre y en razón de los ingenios antes expresados […, por cuanto está probado por el proceso, el dicho maestro haber sido y ser el inventor de los dichos artes», y no Antón Ruiz, a quien se le condena a que «pague al dicho maestro Joannes de Avila todos los maravedis, ganancias, intereses y aprovechamientos que por razón de aquellos adquiriese y granjease por cualquier via». Antón acepta la sentencia y cede todos los derechos al inventor de «los ingenios y artes de sacar e subir las aguas».

Al final, Antón Ruiz cumple la sentencia y entrega al maestro los documentos siguientes:
1. Cédula real firmada por la Reina y Juan Vázquez, fechada el 1 de noviembre de 1550, en la que se concedía al propio Antón que «por tiempo de quince años pueda usar en los reynos e señorios de su Magestad de las dos artes, balanza de cajas y alentador de aguas muertas».
2. Carta de merced y privilegio real, firmada por la Reina y por los señores del Consejo Real de Aragón, fechada en Valladolid, el 24 de noviembre de 1550, para que Antón «o quien su poder hobiere pueda facer en los reinos de Aragon, Valencia y Principado de Cataluña e otras partes del dicho ingenio de balanza y alentador de aguas muertas por el tiempo que fuere la voluntad de su Magestad».
3. Carta de prorrogación real, firmada por la Reina y Juan Vázquez, el 25 de marzo de 1551, por la que a los quince años del primer documento se le concede «prorrogación de veinte e cinco años que es cumplimiento a cuarenta años y para que pudiere usar de las cuatro artes las dos dichos y supleviento e prudente manera».
4. Un documento firmado por el escribano real Alonso de Santa Cruz, en Valladolid, el 2 de noviembre de 1550, que es copia de la cédula de los quince años, fechada el 1 de noviembre de 1550.
5. Además, recibe la petición presentada por Antón para usar de esos ingenios en las Indias, petición que queda pendiente de resolver, hasta ver el «secreto del arte en España».

El segundo documento lo otorga también Canalejo y en él se obliga a reconocer todos los derechos del Maestro Juan de Ávila, pues «vos inventastes de nuevo con vuestro trabajo e industria cuatro artes para subir agua». Reconoce que el Maestro le envió a la corte para pedir el privilegio de esos cuatro inventos a favor del Licenciado Bartolomé Álvarez, vecino de Villafranca, aunque él los consiguió para sí mismo.

En el tercer documento, san Juan de Ávila, que pide que se oculte que él es el inventor, concede licencia a Antón Ruiz para que use de esos cuatro inventos, pagándole lo que le corresponda. Comienza el documento así: «Sepan cuantos esta carta de poder vieren como yo el maestro Joan de Avila clerigo presbitero predicador que al presente reside en la muy noble e muy leal cibdad de Cordoba conozco y otorgo a vos Anton Ruiz Canalejo vecino de la dicha ciudad que estais presente, y digo, que es ansi que yo hallé con mi trabajo e industria cuatro artes o ingenios de subir agua de abajo a alto, que se nombran balanza de cajas y alentador de aguas muertas y suplevientos y prudentes maneras».

Resulta extraño que el Maestro vuelva a otorgar licencia para usar de sus inventos al propio Canalejo y que este pueda a su vez «dar licencia y facultad a cualesquier persona que bien visto vos fuere», y a su vez da también permiso para que estas personas puedan dar nuevas licencias, «porque a todos los tales doy mi poder ni mas ni menos que a vos», siempre «con la condición que lo que ni vos como ellos o cada uno dellos ganaren seais y sean obligados a acudir a mi con ello y me lo den y entreguen o a quien mi poder hubiere».

También resulta curioso que el Maestro desee ocultar su nombre, cuando parece sentirse orgulloso de sus inventos. «Es mi intento —dice— que por agora no se manifieste que yo el dicho maestro soy inventor de aquestas artes», aunque no está dispuesto a perder el derecho sobre sus inventos. Por otra parte, el poder que otorgó a Antón y a los demás lo podrá «revocar y anular» cuando quiera: «cuando sea mi voluntad».

En el cuarto documento, el Maestro y Canalejo pactan las condiciones económicas del uso de los cuatro ingenios, de los que suponían que iban a obtener grandes beneficios: hasta seis mil ducados al año, que repartirán al cincuenta por ciento entre ambos. Si la cifra fuera menor, Canalejo recibiría la mitad; pero si fuera mayor, este seguiría recibiendo los tres mil reales y el Maestro el resto. A continuación se exponen las posibles ganancias en el segundo año y la manera de repartírselas.
En una España tan hostil a la ciencia, como era la del siglo XVI, los inventos de un predicador causarían asombro o burla. No es casual la extrañeza con que Ramírez de Arellano presentaba estos documentos notariales, en los que san Juan de Ávila intentaba asegurarse no solo los títulos jurídicos como inventor sino también los altos beneficios económicos que se produjeran. El propio Maestro había escrito en una carta, tal vez de 1564: «Dícese que el monje que tiene un cornado no vale un cornado». Pero enseguida matiza que el monje, como la persona pública, ha de tener su hacienda «ofrecida al provecho común, como cosa menor a mayor. Y si un cornadito, una cosa poca, la tiene con amor proprio, sin tenerla ofrecida en su corazón al bien común, como es dicho, aquella le estorbará la ligereza de la corrida que en el oficio ha de tener, y de aquello poquito verná a ser mayor el impedimento, porque la hierba mala crece presto».

En los documentos cordobeses no se dice en qué consistían los inventos. Casi siempre se habla de ellos como artes o ingenios «para subir agua», aunque dos veces se dice también para sacarla: «de los ingenios de sacar y subir las aguas» y «de las cuatro artes de sacar y subir agua». Márquez Villanueva aventura: «Se trataba, pues, de ingenios hidráulicos que hemos de imaginar un poco al estilo de aquellas máquinas leonardescas en que el inventor parece haber infundido un soplo de vida pensante para suplir lo primitivo de sus materiales. No se nos dice exactamente para qué habrían de servir los flamantes inventos, pero no es nada arriesgado suponerlos destinados a prestar buenos servicios en achaques de regadíos y fuerza motriz».

A pesar de querer permanecer en el anonimato, san Juan de Ávila parece sentirse orgullo de ser el inventor de las cuatro artes o ingenios. En el Tesoro de la lengua castellana o española, que apareció en 1611, Covarrubias, su autor, dice que inventar es «Sacar alguna cosa de nuevo que no se haya visto antes ni tenga imitación de otra», mientras que al «autor de la cosa nueva» se le llama inventor. El Maestro, pues, siente la originalidad de lo que ha creado con su trabajo e industria.

Los inventos de san Juan de Ávila se designan con los nombres de «artes e ingenios». Covarrubias define la primera palabra: «Latine ARS, quae sic difinitur: Ars est recta ratio rerum faciendarum¸ y así toda cosa que no lleva su orden, razón y concierto, decimos que está hecha sin arte. Es nombre muy general de las artes liberales y mecánicas». Es importante señalar que arte es palabra que también se aplica a la mecánica. Las artes mecánicas son «las que ejercitan los oficiales mecánicos», es decir, «el que ejercita arte liberal, que juntamente con el discurso es necesario aplicar las manos». San Juan es, en este sentido, un artista: «El mecánico que procede por reglas y medidas en su arte y da razón della. Proverbio: “Quien tiene arte, va por toda parte”; el que sabe oficio, adonde quiera gana la comida» (Covarrubias).

Los oficios manuales no eran muy estimados en España. San Juan ya lo advirtió, como indicamos antes. Quizá al dedicarse él a estos oficios mecánicos estaba dando ejemplo de las reformas educativas que proponía: «Otros niños hay pobres y huérfanos; y, si tienen padre o madre, es como si no los tuviesen, y críanse sin doctrina e sin ayuda para la virtud, y caen en malas compañías y en feos pecados; y de estos tales suelen salir hombres perdidos, ladrones, blasfemos y perjudiciales para la república. La perdición de los tales es tanta, que en las partes de España ha movido a muchas personas a recogerlos en algunos hospitales desocupados, y en otras casas también; y allí los doctrinan y corrigen; y después de cierto tiempo los ponen con amos para que los sirvan o les enseñen oficio, y así se gana gente que tan perdida estaba».
Esta teoría de san Juan de Ávila será recogida por otros autores. Cristóbal Pérez de Herrera, por ejemplo, en su Amparo de pobres expone casi textualmente las misma ideas cuando dice que a los niños y niñas útiles «los pongan con amos a oficios (…) y a los varones sacarlos oficiales de los oficios que aprendieren». La enseñanza de los niños será muy útil para la república, pues podrán desempeñar diversos oficios, incluso «conduciendo aguas a partes estériles y secas».

A los inventos de san Juan de Ávila también se les llama ingenios. La definición que da Covarrubias de esta palabra es significativa. En la acepción cuarta leemos: «Las mismas máquinas inventadas con primor llamamos ingenio, como el ingenio del agua, que sube desde el río Tajo hasta el alcázar, en Toledo, que fue invención de Janelo [Juanelo Turriano, segundo Arquímedes». Juanelo fue un inventor italiano, que vino a España en 1529, llamado por Carlos I. Los ingenios de san Juan, aunque no tan aparatosos, recordarían con humildad al de Juanelo, al que se refiere Covarrubias. Garcilaso, en la Égloga III, describe artificios análogos al final de la octava veintisiete:

Estaba puesta en la sublime cumbre
del monte, y desde allí por él sembrada,
aquella ilustre y clara pesadumbre
d’antiguos edificios coronada.
D’allí con agradable mansedumbre
el Tajo va siguiendo su jornada
y regando los campos y arboledas
con artificio de las altas ruedas.

Elias L. Rivers anota el último verso: «por medio de los azudes, o máquinas con que se saca agua de los ríos».

El nombre de los inventos, «rebosante de expresiones tan bellas», según Márquez Villanueva, poco nos dice sobre ellos: balanza de cajas, alentador de aguas muertas, suplevientos, prudentes maneras. Quizá aludan a la misma fuerza del agua que, con su propio peso, haría que el artilugio girase y subiera el agua hasta lugares más altos, «regando los campos», como escribe Garcilaso. Pero lo más seguro es que muy pronto se olvidaran esos ingenios, si es que alguna vez se pusieron en práctica. Mas los afanes del predicador y del teólogo no estuvieron reñidos con los del inventor. En el siglo XVI, España era un país empeñado en una empresa mundial. En la primera mitad del siglo, Carlos V lo abrió a las corrientes europeístas; en la segunda mitad, Felipe II quiso cerrarlo sobre sus fronteras para salvaguardar la fe católica. Es la época del gran imperio español; pero también de la picaresca. Y de la mística. Y son precisamente los místicos los que no olvidan los aspectos terrenos, por lo que fueron tan perseguidos como los luteranos. Bataillon, en el “Prólogo a la traducción española” (fechado en julio de 1949), de su Erasmo y España, escribe: «Cuando lo que, entre 1517 y 1560, merece en rigor el nombre de Contrarreforma es una actitud negativa, hostil a toda reforma, tanto católica como protestante, y que abomina poco menos a Erasmo, al Maestro Juan de Ávila, a los primeros jesuitas, que a Lutero y Calvino».

San Juan de Ávila siempre tuvo un sentido práctico. En su obra más mística, Audi, filia, escribe: «Y añadid a eso otra consideración, con que habéis de mirar a los prójimos; y es que, aunque, por una parte, sea gran verdad que de los bienes que el Señor hace a uno no busca ni quiere retorno; mas, mirándolo por otra parte, ninguna cosa da, de la cual no lo quiere; no para sí, pues él es riquísimo, sin poder crecer en riquezas; y lo que da, por amor puro lo da; mas el retorno que quiere es para los prójimos, que tienen necesidad de ser estimados, amados y socorridos; así como si un hombre hobiese prestado a otro muchos dineros, y hecho otras muchas buenas obras, y le dijese: “De todo esto que por vos he hecho, yo no tengo necesidad de vuestra paga; mas todo el derecho que contra vos tenía, lo cedo y traspaso en la persona de fulano, que es necesitada, o es mi pariente o criado; pagalde a él lo que a mí me debéis, y con ello me doy por pagado”.

El licenciado Luis Muñoz se refiere a su sentido práctico cuando escribe: «Todas las necesidades de los prójimos teníalas por suyas; así las sentía, y las procuraba remedios, cuanto alcanzaban sus fuerzas. Con esto se juntaba una singular humanidad y mansedumbre, que son las virtudes que hacen a un hombre amable». Ese sentido práctico sería, sin duda, el que le hiciera lanzarse a unos inventos con los que obtener unos beneficios para socorrer a los pobres o sufragar los gastos de los colegios que creó, nunca para el lucro personal, pues su vida se caracterizó por la pobreza: «Su celda y cama, y todo lo que había para su servicio, estaba todo dando olor de pobreza», afirma fray Luis de Granada. En cambio, sintió verdadera compasión por los humildes. El licenciado Muñoz cuenta una anécdota del Maestro, en uno de sus continuos viajes: «Habiendo llegado cerca de Almadén, alabáronle un sitio donde está una ermita no lejos de esta villa; llámanla Nuestra Señora del Castillo (…). Desde esta ermita descubrió la fábrica del azogue, y aquella gran multitud de miserables, que, trabajando en las minas, pagan intolerablemente sus delitos; enterneciose oyendo los trabajos de los forzados, de todas las naciones; cavan unos; sacan otros el metal, para sacar el azogue; traen leña gran número de carretas para los hornos, cuyo humo parece cosa infernal».

Es su doctrina del amor desinteresado, que aparece en el Audi, filia, y que Bataillon ha relacionado con el anónimo «Soneto a Cristo crucificado»: «Y de aquí es que, aunque no hobiese infierno que amenazase, ni paraíso que convidase, ni mandamiento que constriñese, obraría el justo por solo el amor de Dios que lo obra» (Audi, filia). Esta doctrina es la que ha llevado a algunos autores a considerar que san Juan de Ávila se apartaba de ella al procurar unos ingresos cuantiosos de sus inventos. Pero su amor al prójimo le llevó a preocuparse no solo de los aspectos espirituales, sino de los materiales. El Padre Granada se refiere varias veces a los colegios que fundaba y que tenía que proveer de profesores. Para esa provisión necesitaba recursos económicos. Luis Muñoz resume este amor de la siguiente manera: «Fue el venerable Maestro Juan de Ávila continuo estudiante del amor; alcanzó en esta gran facultad profundos conocimientos, penetró lo más acendrado de esta ciencia. El libro fue de dos hojas; una, la divinidad; otra, la humanidad de Cristo Nuestro Señor. Dios hecho hombre, el Verbo humano, fue el libro, y juntamente maestro; el ejercicio continuo de este estudio, la oración en que se avivó su amor, con que se fue adelantando en esta divina ciencia, hasta introducirle en los secretos más íntimos en lo más primoroso del divino amor».

Esa provisión le llevó incluso a ser la persona más consultada de España: «Fue sin duda la persona más consultada que hubo en España en su tiempo, y por no faltar a tantas cartas, que sobre todas materias se le escribían, usaba de esta providencia, que tenía en su aposente un ovillo hincado con clavos a trechos en la pared con los títulos de las personas y ciudades de donde le escribían, así trabajaba por satisfacer a todos» (Luis Muñoz).

Mientras la ciencia iba avanzando en Europa, en España apenas existía, aunque el siglo XVI es el primer siglo de oro de nuestras letras. El lamento de Pérez de Herrera, a finales de siglo, sobre los ingenios extranjeros que, como Juanelo, venían a España, no hubiera sido necesario con hombres tan espirituales y tan prácticos como san Juan de Ávila. Pero muy pronto se olvidaron sus escuelas, sus sermones y sus inventos. El Maestro sabía que tenemos que vivir en el mundo, aunque sin olvidar a Dios: «Hemos de estar en el mundo como si no estuviésemos, y poseer la hacienda como si no fuese nuestra, ser ricos y no vivir como si lo fuésemos; y de todo lo que en este mundo tuviéremos y se nos ofreciere, hemos de sacar muy grandes gracias y alabanzas para Dios Nuestro Señor y provecho para nuestras ánimas y conciencias».

Fue predicador e inventor. El fin era Dios, pero sin olvidar al hombre. La formación espiritual es importante, pero antes está la formación humana. Por eso, al comienzo de su Doctrina cristiana hay una cartilla elemental, sin más pedagogía que el alfabeto castellano y sus sílabas, desde la ba, be, bi, bo, bu hasta la cran, cren, crin, cron, crun. Con estas letras se pueden componer bellos nombres como balanza de cajas, alentador de aguas muertas, suplevientos, prudentes maneras de sacar agua.

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