Los niños que estuvimos en la luna

Martín-Miguel Rubio Esteban
Luna

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Los primeros pasos de Amstrong, como ya pronosticara Anaxágoras, son tímidos y desconfiados al principio, luego se hacen brincos y piruetas, gozando Aldrin y Amstrong de la débil fuerza de la gravedad lunar, como ya presintiese Luciano de Samosata, dice el autor de este artículo

Ahora que el tórrido verano y las vacaciones dan tiempo para saborear y casi rechupetear lejanas añoranzas entrañables, uno recuerda con gozosa melancolía, como tiempo de paraíso, el día en que los hombres estuvimos por primera vez en la Luna.

Pisamos el país de los selenitas en vacaciones, cuando uno andaba jugando como niño de nueve años por los montes misteriosos y casi insondables de Barruelo de Santullán, subiendo intrépido a aquella fuente lejana y casi legendaria, “La Fuente de la Escalerilla”, especie de dolmen de corredor, para beber aquella agua helada con el peligro de que una vaca te obturase la puerta para salir.

En la calle Transformador sólo había una televisión para contemplar la proeza inmarcesible de Amstrong, y el propietario de aquel  pregadget tuvo la generosidad de instalarla en la misma calle para que los vecinos pudiésemos contemplar boquiabiertos una de las mayores hazañas del hombre que hemos tenido la suerte de vivir. Aquellas noches de Barruelo eran frías, incluso en verano, y mi madre me ponía un jersey de lana hecho por ella misma – el año bendito en que el hombre pisó la luna las mamás de España todavía hacían jerseis de punto para sus hijos – para no enfriarme en la pacífica y colosal conquista de la luna.

 Primeros pasos titubeantes

Aquel 21 de julio de 1969 vimos los primeros pasos titubeantes, juguetones e infantiles del hombre por la superficie de un astro que se encuentra a una distancia media de 381.000 kilómetros de la Tierra. Por primera vez, desde que el mundo es mundo, una nave habitada conseguía posarse en un cuerpo celeste distinto a la Tierra.

Los primeros pasos de Amstrong, como ya pronosticara Anaxágoras, son tímidos y desconfiados al principio, luego se hacen brincos y piruetas, gozando Aldrin y Amstrong de la débil fuerza de la gravedad lunar, como ya presintiese Luciano de Samosata. Collins les espera triste en la órbita lunar, a quince kilómetros sólo para tocarla. La apuesta profética de John F. Kennedy, asesinado seis años antes, ha triunfado, se ha cumplido. Los hombres hemos traspasado una nueva frontera del saber.

Al día siguiente subí a la Peña La Cama, y me recosté en un pliegue imaginando que estaba unas veces en el Módulo Lunar, viendo la luna desde la luna, y luego como Collins en el Módulo de Comando y de Servicio (CM-SM), viendo la luna a 15 kilómetros de altura. Las imaginativas cabezas de todos los niños estaban en la luna.

Carrera espacial de los rusos

Efectivamente los rusos, que habían iniciado la carrera espacial, la habían perdido en la conquista de la luna, no sabiendo todavía bien cómo frenar el módulo lanzado a la luna e incrustarlo en una de sus órbitas. Es por ello que trabajaban sólo con dos módulos, uno sobre una órbita muy alta sobre la tierra, y otro, como el propio módulo lunar. Y aún hoy, cuando han llevado un robot a la luna lo han hecho así, sólo con dos módulos, como los chinos.

Pero lo que está claro es que sólo el sistema de tres módulos, ideado por la grandiosa tecnología americana, la nueva religión universal, y el genio de un país con destino manifiesto, ha llevado a los hombres a la luna. No obstante, justo es reconocerlo, los soviéticos habían alunizado antes a través de una pequeña nave sin tripulación, el luna 9, el 31 de enero de 1966, descubriendo en contra de ciertas teorías que se divulgaban en algunas revistas científicas, que el suelo de la luna no era pantanoso ni quebradizo, sino firme, duro, capaz de soportar grandes pesos sin hundirse.

Pero nunca han llevado todavía ningún hombre a la luna. Se ha dicho que una de las razones fueron su impericia tecnológica en los acoplamientos de los distintos módulos, vital en los programas Apolo, con los que se llegó a la Luna. De hecho los tres astronautas Amstong, Aldrin y Collins se habían pasado tres años en distintos viajes al espacio no haciendo otra cosa que acoplando módulos y cambiando de órbitas.

 Amstrong, Aldrin y Collins

Al finalizarse el verano de 1969 los tres héroes del espacio, Amstrong, Aldrin y Collins, visitaron nuestro país entre radiantes y fervorosas ovationes y, obviamente, al anterior Jefe del Estado, con el que conversaron más de dos horas, lo que es un indicativo testarudo de que a aquel régimen autoritario – malo, malo, malo, malísimo – ya nadie le hacía un cordón sanitario, y estaba abierto por completo al mundo occidental.

Mientras en la luna se quedó la más alta tecnología de la época, aquí en la Tierra, en aquel verano memorable, conservábamos frescos el vino y la gaseosa metidos en un cubo sumergido en el pozo de agua helada de la casa de los abuelos de Barruelo. Y yo creo que la frescura natural de aquel pozo no la han conseguido aún los frigoríficos más desarrollados.

Ni los fabricados en la NASA. Los manantiales y veneros que alimentaban al río Rubagón tenían reciente en su memoria mineral su pasado de nieve. Y no hay propergoles mejores para el hombre en su sueño de subir y colonizar la luna que el vino de la Tierra de Campos afrescado en el agua de un pozo que hubiera encantado al mismo Tales de Mileto. Mucho mejor que el Mar de Bronce de Salomón, Barruelo de Santullán, protegido bajo la sombra paternal de Valdecebollas, y de otros grandes montes, era un observatorio óptimo para que pudiese soñar en la luna un niño español de nueve años recostado en la Peña La Cama.

Mientras aquí y ahora, en este mundo sublunar, tras aquella efemérides, los hombres siguen mintiendo, sobre todo en el Parlamento, haciendo trampas como consumados trileros, respaldando palmariamente al Ministro  que alentaba los linchamientos de “los otros”, destruyendo las reformas laborales que habían propiciado el repunte de la economía española. ¿Cuándo se podrá subir a la luna a vivir? Efectivamente la política sublunar que corresponde a España se proyecta hacia futuros tan inciertos e indefinidos como el merengue mineral que constituye el “lurain”, es decir, el suelo de la luna.