Madre

Manuel Pérez Tendero

Tener madre es, seguramente, el mejor regalo que hemos recibido los seres humanos. Celebramos su día, por tanto, para agradecer este inmenso regalo. No reconocemos, en general, “la maternidad”, ni siquiera “la vida”: somos personas concretas a quienes nos engendraron unos padres concretos con rostros bien definidos. Somos personas, somos hijos, provenimos de otros, un amor precedente nos ha llamado a la existencia.

Supongo que se ha elegido el mes de mayo para celebrar este día por todo lo que tiene de explosión de la vida en la primavera de la naturaleza. El mundo, también el mundo de los seres humanos, es creativo, portador de vida: vivir es dar vida, existir es transmitir.

Llama la atención, en esta primavera verde y bella que podemos disfrutar, que el mundo de lo humano no vive sus horas más deslumbrantes en cuanto a la vida. La maternidad ha disminuido como nunca en nuestra historia. También vemos crisis de vida en el ámbito de la Iglesia: desciende el número de creyentes, bajan las vocaciones, envejecen nuestras asambleas…

Vivimos una de las épocas más estériles de la humanidad, al parecer también en el mundo de la religión. Asistimos a una “crisis de maternidad”, de transmisión de la vida. Celebrar el Día de la Madre, por tanto, debería hacernos también pensar lo que estamos haciendo con nuestra vida y nuestra sociedad. ¿No nos deshumaniza, de alguna manera, la esterilidad? Cuando la vida no se transmite y se reserva, ¿no se desvirtúa?

¿Cuáles podrían ser las causas por las que toda una sociedad, su mentalidad de fondo, se cierra al futuro, a los demás, a trasmitir con esfuerzo y alegría lo que ella ha recibido de forma gratuita?

¿Y cuáles habrán de ser las consecuencias? ¿Cuáles están siendo ya?

Desde el Evangelio, los cristianos tenemos un modelo de maternidad y de existencia femenina plena: María de Nazaret. Ella, muy joven, dijo sí a la vida en sus entrañas, a una misión de mujer-madre que habría de regalar al mundo la Vida misma. A partir de esa respuesta positiva al mismo Dios, se convirtió en madre para siempre, lo sigue siendo, resucitada, junto al Hijo. María aceptó tener tarea materna por toda la eternidad.

¿No es María la gran respuesta que la Iglesia tiene para esta humanidad nuestra que se cierra a la vida y se aferra al bienestar?

Estamos en el mes de mayo: además de primavera es tiempo de pascua. El tiempo pascual de los cristianos son esos cincuenta días que discurren entre la resurrección de Jesús y la llegada del Espíritu en Pentecostés.

San Lucas, en el libro de los Hechos de los Apóstoles, nos presenta a María en este tiempo reunida con toda la Iglesia, en comunión y oración, esperando y suplicando el Espíritu. Solo cuando llega este Espíritu, “Señor y dador de vida”, es posible la fecundidad en la misión.

¿No existe en el estilo de la Iglesia actual un déficit también de Espíritu? ¿No vendrán de ahí, ante todo, su esterilidad y sus cansancios? María, en los comienzos del Evangelio, solo pudo ser madre gracias al Espíritu de Dios: ¿cómo podrá ser fecunda una Iglesia sin Espíritu, que no se abre a la gracia, que no tiene tiempo para orar ni abre ventanas a Dios en el corazón de lo que vive?

La mujer tiene la grandeza de poder ser madre: pero no lo puede ser por sí sola; la maternidad es un ejercicio de amor, no de producción ni posesión. La mujer necesita al varón: todos necesitamos al Espíritu para que pueda haber vida que se despliega y nos abre horizontes de futuro.

La Madre vive y ora en el corazón de la comunidad: nos enseña los caminos de la gracia y la disponibilidad.

Felicidades a todas aquellas que, como María, se abren al Espíritu y a la vida. Felicidades a todos aquellos que siguen sonriendo agradecidos cuando recuerdan el rostro de la madre que les regaló el ser en nombre del Creador.