Marinero de playa

Rafael Toledo Díaz Valdepeñas
Se proclamaba “marinero de playa” y consideraba que aquella ciudad al borde del mar le ofrecía lo que necesitaba/ Lanza

Se proclamaba “marinero de playa” y consideraba que aquella ciudad al borde del mar le ofrecía lo que necesitaba/ Lanza

Había elegido para vivir su vejez un pueblo del sur, un lugar de pescadores, mar y playa abierta al océano

Como tantos otros días aquel domingo madrugó. Al despertar, la primera idea que le vino a la cabeza fue que todo estaba saliendo bien. La marcha que iba a emprender no era el viaje del elefante, no significaba una huida, era simplemente el final de un largo proceso muy bien planificado y había decidido que concluyese ese domingo, a mediados de primavera. No tenía que dar explicaciones ni justificarse con nadie.

Hacía un par de horas que había amanecido y, a pesar de la luz, la ciudad continuaba sumida en el letargo y, salvo algún trasnochado juerguista, las calles estaban vacías. Esta situación era algo inusual en aquella ciudad del extrarradio que mantenía un alto porcentaje de densidad demográfica, un lugar donde la actividad en los espacios públicos era casi frenética, tanto, que algún político local se atrevió a asegurar que el mayor activo de aquella ciudad era su gente. Ahora, en estos momentos, no podría decir lo mismo y aquella diversidad de la que tanto presumía estaba a punto de reventar, era cuestión de semanas o de meses porque la situación se había vuelto insostenible.

Sin embargo, él volvía a reafirmarse en su idea. Su escape hace mucho que fue planeado y en absoluto era consecuencia del guirigay vecinal que se avecinaba.

Sentado junto al conductor del pequeño camión de mudanzas recorría por última vez las calles y avenidas por las que tantas veces transitó. Lo mejor de su vida estaba por venir y, aunque allí había pasado muchos años viviendo, apenas pudo sentir nostalgia o melancolía del tiempo pasado.

Aquel largo periodo que acababa era como el balance de su vida profesional. Si tuviera que reflejarla en una película o en una novela, apenas unas escenas o algunas frases servirían para definir un tiempo tan abundante en horas como limitado en resultados. Su vida laboral había sido sacrificio y rutina con escasos beneficios para su autoestima. Por eso ahora quería disfrutar del tiempo venidero, cambiar de aires poniendo kilómetros de por medio era la opción más ocurrente y necesaria para que eso sucediese.

Cargado cual caracol, aquel camión trasladaba los escasos enseres necesarios para amueblar un nuevo hogar. Sólo los libros y algunos recuerdos sentimentales le habían parecido elementos imprescindibles, como si de apéndices de él mismo se tratasen, su mejor tesoro, su mayor herencia.

Hacía unas horas que habían iniciado el viaje y desde la ventanilla contemplaba la vista de una dehesa repleta de tonalidades verdes. Al paisaje le faltaban muy pocos días para que tornarse en un amarillo intenso, con un horizonte abrasado por el sol y que afecta al estado de ánimo del que la atraviesa. Pero aún no había llegado ese momento y contemplar aquella biodiversidad de prados y encinas le producía una emoción placentera, una evocación comparable al equilibrio emocional que perduró durante una parte importante de su vida en aquella ciudad del sur metropolitano. Ahora todo se había vuelto más hostil. Sin embargo, aquella situación no le afectaba porque tenía otros motivos particulares para emprender el camino de no retorno.

Haciendo memoria, él puso más en el balance de su relación con el entorno. Sabía que nunca llegaría el reconocimiento, ni como vecino ni como ciudadano. En aquel lugar nunca encontraría la paz interior que necesitaba para enfrentarse a este tiempo nuevo. Por eso había decidido irse, una decisión arriesgada si no la hubiese consensuado con ella, su pareja, que a pesar de las reticencias estaba de acuerdo en asumir aquel exilio voluntario y necesario, casi imprescindible, con la intención de aprovechar el tiempo que les quedaba por vivir.

¡Una locura, una utopía, una excentricidad! A nadie debía importarle su decisión puesto que nadie les apoyó en los momentos de dificultad y por eso se sentía seguro en su  atrevimiento.

La idea surgió en aquellos viajes de ida y vuelta en las vacaciones. Poco a poco se quedó atrapado por la inmensidad del océano, se dejó seducir por un paisaje con sonido de olas. Además necesitaba imperiosamente alejarse del páramo, pues la meseta extrema y parda se asemejaba demasiado a su vida. Necesitaba un revulsivo para emprender la etapa final y aquella ciudad al borde del mar le ofrecía lo que necesitaba.

Habían barajado otros lugares. Descartaron el Norte porque borrascas y temporales no les animarían demasiado y tampoco el Este les seducía, lleno de domingueros y nuevos ricos europeos, demasiado saturado, mucho bullicio frente a la tranquilidad que buscaban.

Al atardecer, el viaje llegaba a su final, después de una larga jornada de carretera hacía rato que percibía el olor a salitre. Divisó las salinas y las primeras casas, hogares humildes, pues había elegido para vivir su vejez un pueblo del sur, un lugar de pescadores, mar y playa abierta al océano. Reconocía que no podía evitar que allí también veraneasen muchos turistas, pero era un turismo casi provinciano, que el político de turno llamaría turismo sostenible.

Sin embargo, ellos habían llegado a aquel lugar para quedarse, para vivir apaciblemente, sin demasiados privilegios pero con todo el tiempo por delante.

Se había inventado un nuevo título y se proclamaba “marinero de playa”. Su equipamiento era manifiesto porque casi siempre usaría la misma indumentaria, un look que debía hacer honor a su excéntrico abolengo. Tocado con sombrero de paja, amplia camisa, bermudas con bolsillos y unas robustas sandalias recorrería aquellos parajes. Estaba seguro de los beneficios terapéuticos de los paseos por las dunas y, al amanecer, podría recorrer la playa cada mañana con los pies descalzos dejando que el agua en algunas ocasiones mojase sus pies.

A partir de ahora sería un vecino más y, aunque necesitaba adaptarse, estaba seguro de acomodarse a esa nueva vida de jubilado. Las calles de su nueva ciudad apenas se diferenciaban de la urbe que había dejado atrás, edificios con menos alturas quizás, sin embargo, a poco que caminase en cualquier bocacalle, podía encontrarse con el mar.

Por eso había elegido aquel lugar, para poder acercarse al atardecer a la bocana del puerto. Allí sentado plácidamente contemplaría el desfile de arrastreros camino de la lonja y luego se acercaría para conseguir un pescado, como caballas, pescadillas o acedías para la cena.

Placeres sencillos para disfrutar de una vida plena donde el lugar, el paisaje, el mar y la luz formasen parte de la rutina diaria. Sólo tendría que superar la prueba que le tenía reservada el viento.

¿Podría el “marinero de playa” sostener con dignidad aquel viejo sombrero? Le habían contado sobre la incomodidad que suponía soportar el viento de levante. Aquel aire no era solo una amenaza para su digno sombrero, soportar durante muchas jornadas ese vendaval persistente e incómodo requería fortaleza mental, pero él la tenía y por eso se había exiliado allí.