Modelo Persio

Martín-Miguel Rubio Esteban

Uno de los poetas romanos más difíciles de traducir, y mucho más de interpretar, es Aulo Persio, contemporáneo de Nerón, y cuya tiranía pomposa, aunque aún con cierto gusto: ahí está la “domus aurea”, le hizo vivir encerrado y protegido en su torre de marfil de papiros y pergaminos, y le obligó a escribir sus sátiras en la oscuridad deslumbrante de atrevidas metáforas, metonimias, hipálages, enálages, anadiplosis y mil figuras más, que hacen de Persio el Góngora de la Antigüedad.

Cuando la falta de libertad y los antojos del que manda no nos permite participar como ciudadanos libres, lo mejor es mantener la dignidad contra el chulo poderoso con la invectiva críptica, llena de inteligencia y belleza.

Persio fue el poeta romano que más influyó en nuestro Quevedo, hasta tal punto que el propio Quevedo fue el primer traductor español del Persio, aunque su traducción se nos haya perdido entre sus papeles dejados en la siticulosa Mancha, en donde el strepitus sartaginis de algún “caupo” o tabernero de discurso “hordearius” y “cortice pingui”, “relictis nucibus”, te puede silenciar. La juventud es altiva y bárbara. Lo de siticulosa lo reconoce el mismo García Pabón en una carta pesimista al muy optimista santanderino Víctor de la Serna.

Aulo Persio Flaco es el Larra de la época de Nerón; sus admirables sátiras hicieron la misma función que los artículos del español, siendo aquél mucho más grande por ser más original, mejor escritor, y no haber plagiado como el periodista madrileño a tantos escritores clásicos, sobre todo las sátiras de Horacio, cuyo Davo es el trasunto del criado larriano, y la sátira III del mismo Persio. Persio y Larra murieron en plena juventud, lo que supone que la impetuosa pasión de ambos por la verdad será inmarcesible en la eternidad. Larra debió sufrir más porque Nerón, al fin y al cabo, era un tirano con cierto gusto, y los tiranos y tiranuelos españoles están horros de esta gracia.

La crítica de Persio contra la deplorable educación que reinaba en su tiempo podría asumirse hoy en relación con “el sistema educativo de las competencias”, que mantienen a los profesores luctificabiles, por suponer éstas una educación “para afuera”, de pura pose, de ciudadanos bárbaramente civilizados. Lo mismo con la creación de toda una Consejería de Deportes en cierta Comunidad se arregla el problema. Los errores vuelven siempre. La felicidad no puede ser pública cuando lo público está secuestrado por el poder político, y sólo el bazo – splen – del político puede programar la risa. El bazo del político como la sede de la diversión pública.

Trasunto de Nerón

“Mida rex” es en las sátiras persianas el trasunto de Nerón, pero para nosotros también puede ser símbolo de cualquier tirano o tiranuelo, déspota o despotidion, o prepotente jefecillo de Partido. Teniendo el rey Midas orejas de asno y estando prohibido aludir a esta tara, un esclavo doméstico confió el secreto de Estado a un hoyo, en el cual crecieron después las cañas, que al ser movidas por el viento murmuraban el secreto. Y es que la siembra de la libertad, incluso en los lugares más escondidos e inertes, nos devuelve siempre la verdad y la fea desnudez y mediocridad del líder fatuo.

La sátira II de Persio es uno de los más ricos monumentos de la sabiduría humana, contiene un valor normativo para cualquier época, y un profundo sentido ético. Trata de la vivencia religiosa tanto en el hombre sinceramente religioso, como en el hipócrita pomposo, que utiliza la religión sólo para parecer bueno y ser alguien ( “aliquem” ) entre los vecinos, cuando su corazón está lleno de sapos y culebras, totalmente “scabiosus”.

Es contemporáneo del famoso aforismo senequista: “sic vive cum hominibus tamquam deus videat, sic loquere cum deo tamquam homines audiant”. Las plegarias de los hipócritas son incoherentes: se pide salud y riqueza, mientras uno se entrega a la crápula, a la avaricia enfermiza y a la insolidaridad. El suplicante proyecta su propia condición a los dioses de acuerdo a la fórmula sinalagmática “do ut des”; por lo que el oro y el lujo religiosos han hecho desaparecer la antigua y auténtica simplicidad en el cuto religioso, en donde la divinidad se encontraba cómoda. El espectáculo de lujo que había invadido los templos y el culto supone un escándalo y una crítica que imitarán los primeros escritores eclesiásticos, como Lactancio.

Lo que es bueno para los dioses

uzgamos según nuestra carne criminal lo que es bueno para los dioses. Pero ¿de qué aprovecha el oro a la divinidad? ¿Qué utilidad saca la divinidad de los bienes que le otorgan los hombres vanos y pomposos con el dinero y la plata de los demás? “Para hacer un sacrificio agradable tendré bastante con la más humilde ofrenda”. La sátira de Persio, siendo pagana, rezuma de prístino espíritu cristiano, que también se ha ido perdiendo entre tanta pomposa ignorancia que parasita en la Iglesia.

Bajo esta “damnosa” canícula también conviene al lector refrigerarse con la lectura de la fresca Sátira III, a fin de que el calor inclemente del Can Mayor no nos enerve como el vino a aquellos jóvenes romanos que acabarían convirtiéndose en la clase dirigente del Imperio. En esta sátira se nos expresa y presenta cuál es el mayor tormento para un tirano: ver las personas virtuosas y consumirse por haber irremediablemente perdido la virtud.

“Virtutem videant intabescantque relicta”. Como podemos apreciar con honda tristeza española es que los tiranos de entonces al menos tenían conciencia y estaban familiarizados con los clásicos. Los jóvenes romanos a los que Persio despertaba como intempestivo e impertinente despertador llegaron a ser grandes funcionarios capaces en la dinastía de los emperadores flavios. Hoy todos ellos serían santos, sabios y dignísimos en comparación de muchos barones y cuadros medios de los partidos políticos actuales. Verdad?