Monólogos teatrales

Martin-Miguel Rubio Esteban Valdepeñas
El escritor valdepeñero Francisco Nieva / Lanza

El escritor valdepeñero Francisco Nieva / Lanza

A mí me gustan los monólogos como verdaderos stásima del teatro contemporáneo. Ya Nietzsche nos advirtió que el stásimon es el proyector coral que nos abre a la irrealidad como representante del público y frontera entre la realidad y la ficción

El monólogo es una especie de subgénero teatral muy difícil de escribir, y también de interpretar. De hecho el teatro nace del puro monólogo si recordamos a Thespis, padre de la tragedia, cuya continuación está en el vocablo inglés thespian, para el actor trágico. Algunos monólogos se han consagrado en la Literatura. Lo mismo pasa en la ópera, en donde muchas arias se oyen como piezas exentas, con un sentido propio de la belleza en sí que no necesita contextualizarse, tal es el caso de la “Casta Diva”, en la impresionante Norma, de Bellini, si encima está cantada por la neoyorquina griega María Callas. Y del teatro todo el mundo conoce el “Ser o no ser”, del Hamlet, de Shakespeare, al menos la primera frase, y el famoso monólogo del judío Sylock en la escena primera del Acto III del Mercader de Venecia. A mí me gustan los monólogos como verdaderos stásima del teatro contemporáneo. Ya Nietzsche nos advirtió que el stásimon es el proyector coral que nos abre a la irrealidad como representante del público y frontera entre la realidad y la ficción. Del stásimon nace el teatro, y antes del stásimon coral estuvo el stásimon monódico, el monólogo de Thespis.

A mí me gustan mucho los monólogos del teatro de Francisco Nieva, y, por supuesto, los de Kalidasa, que son verdaderos stásima de un solo coreuta. El monólogo de Eutimia ante el Comisario de Policía, con el que se inicia la obra de Nieva No sé cómo decirlo, diálogo dramático en homenaje a Antonin Artaud (el divino artista que creó la mitología de Méjico), es de las mejores páginas de nuestra literatura y debería leerse sobre todo ahora, en que la violencia de género es tan acuciante e importante en la política social. Las feministas del Ministerio de Educación deberían hacer su lectura obligatoria. Para más inri el asunto nievano fue real. Existen, además, obras de Nieva que son sólo monólogos, como El muchacho perdido (monólogo perverso con acompañamiento) en el que una perversa Aya interpela a un jovencito raptado. También es un  puro monólogo El dragón líquido (monólogo perverso con acompañamiento), en el que un Guardián enseña a una bella turista un estanque que en realidad es todo un dragón licuado, en el que la turista penetra y desaparece. En verdad este monólogo es un poema proyectado en una mujer que se vierte como ninfa de las aguas.

Extraído de su propia novela El viaje a Pantaélica, Nieva sacó el monólogo sobre El misterio de la bota cocida. Con una escoba, una bota de cuero, una olla con agua hirviendo y un soplillo se puede cometer una infamia de dimensiones mesopotámicas. El monólogo relata el acto de brujería que vio desde su cuna una niña de un año; cómo la bota cocida de un cura mujeriego consolaba el sexo de su nodriza. Perturbada durante toda su vida la niña por aquellos nefandos recuerdos, consigue dar ya de mayor con aquella nodriza, ya muy vieja, con la acuciante necesidad de preguntarle qué había de verdad en aquellos recuerdos, y al oírla la nodriza murió de modo espasmódico, casi demoníaco.

Otro monólogo que Nieva escribió (y arregló) para la gran Paloma Lorena, la madre del músico Coque Malla, fue una trilogía de monólogos que el propio Paco Nieva intituló Monólogo sin hueso. Son las memorias –desmemoriadas– de un viejo gagá, con poética demencia senil, que ha vivido cosas memorables, las cuales nos transmite distorsionadas, como los reflejos en el agua móvil. El autor hace aquí dos papeles: el biznieto, como sujeto diegético, y el bisabuelo centenario que delira, como sujeto metadiegético. Los delirios atropellada y trepidantemente evocados – en latín se emplearía el infinitivo histórico – por el bisabuelo muestran la forma de una inspirada prosa surrealista, daliniana, con cierta sintaxis de Joyce.

Otro magnífico monólogo nievano aparece en Coronada y el toro, en donde el inolvidable José Bódalo hacía del alcalde Zebedeo, hermano de la giganta Coronada. Se trata de un espectacular monólogo de la propia Coronada, en la que la giganta, despiadada con ella misma, se hace un autorretrato psicológico, como una autoespeleología penetrante y feroz. Como la bruja mala en el cuento de Blancanieves, Coronada conversa con un espejo, extrañamente mudo. El monólogo termina con los ardientes deseos de Coronada de emular a Pasifae, otra desdichada.

Efectivamente los monólogos son piezas de la máquina teatral difíciles de escribir y de interpretar. Por eso sólo perviven los monólogos de los más grandes. Sobre todo son difíciles los monólogos en prosa, la cadencia de la poesía alivia la dificultad del monólogo. El famoso monólogo de Segismundo, de La vida es sueño, de Calderón de la Barca, hubiese sido imposible de soportar si entonces el teatro no se escribiese siempre en verso, como el clásico. Por eso los monólogos de las tragedias de José Camón Aznar son fáciles de representar cuando están en verso, y muy difíciles cuando cabalgan sobre la prosa. Los monólogos de Alejando en El héroe requieren un actor extremadamente inteligente y sensible, como lo era José María Rodero.