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No es Bilbao; es Teherán

Ambiente previo al partido de fútbol entre las selecciones de fútbol de Euskadi y Palestina en Bilbao / EP
Ambiente previo al partido de fútbol entre las selecciones de fútbol de Euskadi y Palestina en Bilbao / EP
Rosa Reigía, Vicepresidenta de ACOM – Acción  y Comunicación sobre Oriente Medio

Los recientes amistosos de las “selecciones” de Euskadi y Cataluña contra Palestina no fueron partidos de fútbol. Fueron escaparates. Escenarios cuidadosamente aprovechados por el radicalismo para convertir un evento deportivo en un acto político, agresivo y abiertamente antiespañol y antisemita. Los disturbios, las amenazas y la iconografía de odio no fueron un accidente ni una protesta espontánea: fueron la enésima puesta en escena de un movimiento que lleva décadas instrumentalizando causas externas para reforzar su agenda interna.

Porque apoyar a “Palestina” en España nunca ha sido un gesto humanitario. Ha funcionado como un imán para los mismos grupos de siempre, que han encontrado en esa bandera un símbolo perfecto para perpetuar su narrativa victimista y señalar a España como enemigo. Y los palestinos, conscientes de ello, han sabido aprovechar esas redes militantes: desde manifestaciones hasta las famosas flotillas, todo se ha articulado a través de los mismos circuitos ideologizados.

Lo más preocupante no es que lo hagan ellos —cada causa busca aliados donde puede—, sino que una parte de la sociedad española, incluso sectores que se consideran moderados, ha caído en la trampa. Han legitimado una causa profundamente contaminada por el extremismo, la violencia y el odio, disfrazándola de defensa abstracta de los “derechos humanos”, sin reconocer que detrás hay décadas de vínculos turbios y agendas radicales.

La historia añade una capa aún más oscura. La causa palestina en España jamás fue neutral. No lo fue en los 80, ni en los 90, ni lo es ahora. Durante décadas existieron relaciones evidentes y documentadas entre el terrorismo palestino y ETA: entrenamientos, logística, refugio, asesoramiento y apoyo mutuo. No es una conjetura: es historia. Varias técnicas usadas en atentados de ETA se aprendieron directamente de grupos palestinos. Pero nada de esto aparece en las pancartas ni en los vídeos de postureo propalestino.

Que el radicalismo vasco y catalán haya adoptado la bandera palestina no sorprende. Para ellos encaja de forma perfecta: un símbolo externo que refuerza su relato interno de victimismo crónico. Lo inquietante es cuántos ciudadanos repiten consignas que, de disponer de información completa y no filtrada por la propaganda, no compartirían jamás. Sin saberlo, alimentan una narrativa que en España siempre estuvo vinculada a los sectores más extremistas.

Lo ocurrido en Bilbao es el mejor ejemplo. Y alguien debe decirlo: aquello, más que San Mamés, fue Teherán. Porque no hubo un partido; hubo una coreografía política. Más de 50.000 personas ondeando banderas palestinas como si el estadio fuese un mitin. En las calles, marchas coreando consignas antiisraelíes, antiespañolas y directamente antisemitas. Bilbao convertido, otra vez, en altavoz de los violentos.

El deporte, si no se protege, se convierte en un terreno fértil para la manipulación. Bilbao lo ha demostrado: sin límites, cualquier causa puede transformar un estadio en un escenario radical, una coartada para el odio y una amenaza directa a la convivencia.

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