Pan sobre la hierba

Manuel Pérez Tendero Ciudad Real

Nuestra necesidad es saciada por una tierra buena y fértil que nos ha regalado el Creador. Somos dependientes para ser agradecidos. Es la alegría que solo comprenden los pequeños y no cabe en el corazón de los soberbios.

Al comienzo de los tiempos, cuando Dios crea al varón y a la mujer como culminación de su obra, les da como alimento todos los frutos que produce la tierra. Desde el principio, toda la dignidad del hombre aparece unida a su dependencia, a la necesidad de alimentarse. Comer, respirar, oír,… los sentidos son como una muestra de que recibimos la vida de afuera hacia dentro. Somos las proteínas que comemos, nos mueve el aire que respiramos; somos consumidores de vida, necesitados del exterior. También el alma vive de aquello que le viene de fuera: la belleza de la música, las historias de la literatura, los interrogantes de la filosofía, el cariño de aquellos que nos miran y nos cuidan.

A fuer de tenerlo tan a mano, parece que hemos olvidado la condición radicalmente dependiente de nuestra existencia.

Desde el origen, el Creador aparece como aquel que nos alimenta. La necesidad de las cosas es un signo de la necesidad que tenemos de Dios.

Muchos siglos después del origen del hombre, el Hijo del Creador se sentó en una colina al este del lago de Galilea, sobre la hierba verde de la primavera. Junto a sus discípulos, se dispone a alimentar a la multitud. Es el Creador hecho hombre, el dador que reparte el pan. Gracias a este signo, la gente lo busca con mayor interés y quieren proclamarlo rey. Pero Jesús se aparta, deja un tiempo para que pase la euforia, y se pone a hablar a la multitud. Él no quiere ser proclamado rey de la masa porque abunda la comida y se multiplican los milagros: quiere que cada persona escuche su propuesta de pan y se abra a la fe.

En los comienzos del milagro, es Jesús el que se aparta, se queda a solas, para educar a la masa más allá de la saciedad. Al final, cuando acaba el discurso, Jesús se queda solo, pero porque es la masa, ahora, quien se marcha. Quieren comer, pero no están dispuestos a creer. ¿Se queda solo? Todavía no de forma absoluta: un grupo de doce se quedan con él, están dispuestos a pasar de la comida a la fe, del pan a la palabra, de la masa al encuentro con Jesús.

El alimento es un regalo de Dios que tiene mucho que ver con la misión de Jesús. Sin comida no existimos, sin pan no podemos creer.

La dependencia del alimento es una llamada preciosa para que el hombre comprenda el misterio más profundo de su vida y responda. Respuesta en una doble dirección.

Nuestra necesidad es saciada por una tierra buena y fértil que nos ha regalado el Creador. Somos dependientes para ser agradecidos. Es la alegría que solo comprenden los pequeños y no cabe en el corazón de los soberbios.

Una de las más hermosas y más humanizadoras costumbres ha sido siempre la de bendecir la mesa: bendecir al Dios que nos da los alimentos y bendecir el regalo de los que comen con nosotros.

Esta es la segunda dimensión de la respuesta que nos pide nuestra condición de necesitados del pan: estamos llamados a compartir la comida. Otros nos ayuda a conseguir el pan y algunos se sientan a compartirlo con nosotros. Somos comida en comunión, somos necesitados que buscan juntos el pan para todos. La necesidad está llamada a unirnos, quiere provocar esfuerzo conjunto, compasión, solidaridad, búsqueda del bien del otro.

Por desgracia, la necesidad de alimento provoca en nosotros, a menudo, las reacciones contrarias: somos posesivos, no agradecidos; somos egoístas, no solidarios.

Jesús de Nazaret ha venido a sanar los pecados a la hora de comer, ha venido a enseñarnos a hacer “de la necesidad virtud”. Es posible que la masa no entienda y se marche. Pero siempre habrá algunos, al menos doce, que comprendan, agradezcan y busquen comunión.