El poder y la misericordia

Manuel Pérez Tendero

Existe una expresión bíblica con la que se alude de forma muy habitual al Dios de Israel: Todopoderoso; en latín, la expresión nos es también conocida: Omnipotente; y tampoco nos es ajena la correspondiente palabra griega: Pantocrátor.

Existe una expresión bíblica con la que se alude de forma muy habitual al Dios de Israel: Todopoderoso; en latín, la expresión nos es también conocida: Omnipotente; y tampoco nos es ajena la correspondiente palabra griega: Pantocrátor.

Conozco a algunos cristianos, incluidos sacerdotes, a los que no les gusta esta expresión. Tanto, que suelen cambiarla por “Todo-misericordioso”. De fondo, puede estar esa contraposición que algunos siguen suponiendo entre el Dios del Antiguo Testamento y el Dios de Jesucristo, que ya Marción inició en los comienzos del cristianismo.

El “poder” sería una cualidad del Dios antiguo que, con Cristo, habría desaparecido, dando paso a la absoluta primacía de la misericordia.

Pero esto no es así, al menos en las Escrituras. El Dios del Nuevo Testamento, por ejemplo el que le habla a María en la encarnación a través de Gabriel –“Fuerza de Dios”–, es Aquel para el que nada hay imposible. La misma Virgen de Nazaret, en su precioso cántico de mujer humilde, habla del “Poderoso, que ha hecho obras grandes en mí… y su misericordia llega a sus fieles, de generación en generación”.

Por otra parte, quien lee el Antiguo Testamento va sabiendo descubrir la  presencia de un Dios lleno de amor y ternura.

Es más, la misericordia de Dios se fundamenta en su omnipotencia según los textos bíblicos. Lo hemos citado en el caso de María, pero también aparece de manera programática en el libro de la Sabiduría, tal y como leeremos en la liturgia de este domingo.

La misericordia de Dios no es una debilidad, sino el signo más claro de su soberanía. Por cierto, esto se aplicaba también a los soberanos: un rey con verdadera autoridad no tiene necesidad de demostrar con castigos su señorío, más bien usa de misericordia para con sus súbditos, también con sus enemigos. A menudo, el rencor y la violencia son fruto de la impotencia y los complejos, no de la verdadera fuerza de las personas.

También sucede esto en las culturas: el miedo nos hace gritar para intentar asustar al otro, la debilidad nos pone en situación de agresividad frente al que es diferente.

El Dios verdadero no necesita demostrar su poder humillando a sus criaturas. Más bien al contrario: porque es poderoso, es moderado en sus castigos, y busca el arrepentimiento del pecador, no la venganza. Él no puede dejar de ser Dios, él no puede perder su poder, su soberanía no depende de nosotros. Dios no se afirma a costa del hombre, más bien al contrario: su gloria es nuestra vida, como decía san Ireneo en los albores del cristianismo.

Podemos, por ello, afirmar que el mayor acto de la omnipotencia de Dios ha sido la cruz de su Hijo, cuando de forma más clara resplandeció su misericordia. Él lo da todo, no necesita aferrarse a nada; porque no tiene nada, sino que lo es todo.

Dios no sabe lo que es el miedo. “No hay temor en el amor” decía san Juan escribiendo a los primeros cristianos.

Existe un concepto negativo del “poder” que no es aplicable a Dios, sino que es fruto de nuestros límites y de nuestro pecado. Dios “lo puede todo”, por eso, no tiene “poder” en el sentido negativo en que lo usamos nosotros.

En Dios, la misericordia y la soberanía coinciden, la grandeza y el amor. Por eso, no teme mostrarse pequeño entre nosotros y amar con absoluta gratuidad. Por eso, no ama por lo que vaya a recibir: ya lo es todo. Es el único que ama de forma total.

De Dios, del Dios bíblico, del Dios del Antiguo y el Nuevo Testamento, aprendemos los verdaderos caminos del hombre y sus relaciones con los demás. Jesús, el poderoso realizador de milagros entre nosotros, el Resucitado, es el Niño de Belén y el ajusticiado en la cruz. Él es el rostro verdadero de la soberanía de Dios que es siempre misericordia infinita.