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Puertollano, antes y después de la vida laboral

Tras un periodo de estudios fuera de Puertollano, y poniendo la visión en un futuro trabajo, el dar un paseo por la ciudad deja claro el cambio que se ha producido en la misma. Encuentro a mi paso muchos locales en los que se encuentra el cartel de “Se alquila” o “Se vende” y comercios “de toda la vida” que ya no abren sus puertas por la presión de las grandes franquicias, incluso alguna de estas franquicias que ha cesado su actividad en la localidad minera.

Esto deja claro que pasamos por una situación delicada, como deja entrever el descenso continuo de población, motivado entre otras causas por el cierre de empresas que servían de sustento a familias enteras, que han cambiado la percepción de ver a Puertollano como una localidad en la que prosperar a verla como un lugar de paso cada vez más.

Cambiando impresiones con amigos, es casi unánime el pensamiento “es que Puertollano está muy mal para los jóvenes” viendo la poca oferta laboral que ofrece para personas que quieren empezar su camino en el ámbito profesional.

Como persona que ha nacido y se ha criado en Puertollano, me entristece ver que todos aceptemos  que la única forma de poder conseguir un puesto de trabajo conlleve abandonar la localidad que nos ha visto crecer. Aunque también el problema se denota en la mentalidad que los jóvenes tenemos, ya que la situación tiene difícil solución si esperamos que mejore por si sola para volver a nuestras raíces. Es una obligación de todos conseguir esta mejora.  Esto pasa por apoyar a las pequeñas empresas y al comercio local, de modo que les permita crecer y así poder ofertar un mayor número de puestos de trabajo.

Es también necesario el poder encontrar lo que a día de hoy es “un trébol de cuatro hojas”: conseguir un puesto de trabajo sin tener experiencia laboral previa, que provoca que muchos jóvenes tengan que trasladarse a otras ciudades e incluso a  otros países para poder comenzar su etapa como trabajador/a. Al vernos obligados a realizar este traslado, se produce un desarraigo ocasionado  por pasar los cruciales años de madurez en otro municipio lo que lleva aparejado con frecuencia hacer vida cotidiana en él y convertirlo finalmente en  lugar de residencia.

Más que nunca, en los momentos difíciles es necesario que todos rememos en la misma dirección para conseguir modificar el matiz de la expresión “Puertollano ya no es lo que era” cambiando la actual connotación triste  por otra cargada de orgullo.

Eduardo Egido Caballero .Recién Graduado

En la sociedad actual, cuando los jóvenes finalizan su periodo de formación tienen ante sí dos opciones a la hora de buscar un trabajo: los hay que prefieren volar en busca de nuevos horizontes y los hay que sienten predilección por mantener sus propias raíces. Existen ciudades que permiten ambas posibilidades y otras que apenas dan una oportunidad a la segunda. En Puertollano, se abre paso con fuerza una corriente de opinión, particularmente entre los jóvenes,  que concede pocas alternativas a lograr un trabajo en el propio municipio. Y, lamentablemente, suele ocurrir que los jóvenes que se marchan son los mejor preparados, con lo que nuestra ciudad pierde su mejor potencial profesional.

No resulta fácil revertir esta situación. Puertollano desde el último cuarto del siglo XIX se ha caracterizado por desarrollar una economía basada en los más avanzados medios de producción: primero, la minería; y después, sucesivamente, la industria y las energías renovables y no contaminantes. La apuesta por estas últimas (Elcogás, Silicio Solar, Solaria, etc.) contra todo pronóstico se ha malogrado y las volubles decisiones políticas a nivel nacional han dado al traste con esa apuesta. De aquellos polvos, estos lodos. Hay que confiar en que esta situación sea reversible, es más, resulta obligado que lo sea porque las energías renovables y no contaminantes representan el futuro sin alternativa posible.

Lo cierto es que el presente de nuestra ciudad ha generado una ola de pesimismo. Y el pesimismo suele ser poco productivo. Además de que suele ser más pedigüeño y exigente que generoso. Pide pero no ofrece. Viene a colación la frase del presidente John F. Kennedy en el discurso de su toma de posesión: “No preguntes qué puede hacer tu país por ti, sino qué puedes hacer tú por tu país”. Ahí nos duele.  Si nos aplicáramos el sentido de esta recomendación en las situaciones ciudadanas usuales, es seguro que todo marcharía mejor. En esta línea, se ha puesto en marcha una campaña municipal  en  paneles que encontramos en la vía pública donde la palabra “Quiéreme” se inserta en un corazón gigante y debajo aparece el eslogan “La ciudad que quieres es posible contigo”. Podemos interpretar que el verbo “quieres” contempla un doble significado: la ciudad que amas, y la ciudad a la que aspiras. Podemos interpretar que la afirmación “es posible contigo” es sinónimo de “es imposible sin ti”. Sin embargo, nos tememos que los mencionados paneles pasan desapercibidos y, por consiguiente, el objetivo de la campaña alcanza poco eco y, por desgracia, la ciudad que queremos – que amamos y a la que aspiramos- se mantiene lejos de su mejor horizonte porque no cuenta con nuestra colaboración y esfuerzo. Y ello defrauda nuestras expectativas, entre otras, que mejore su economía, que resplandezca su limpieza y que nuestros hijos encuentren, si esa es su elección, un trabajo en la propia localidad.

La cuestión es preguntarnos, como preconizaba el presidente Kennedy, qué podemos hacer por nuestra ciudad. Que no es otra cosa que equilibrar los derechos y los deberes. Si todo lo fiamos, lo exigimos, al poder público, el avance será mucho más imperceptible que si todo el mundo colabora en un proyecto que por definición es común. Quizá la navegación a vela sea el ejemplo adecuado a la situación de colaboración ciudadana que se propugna. La tripulación de la embarcación no cesa de hacer contrapeso con su cuerpo en  babor o estribor, en la proa o la popa, en función de la intensidad y orientación de los vientos. Lo contrario es la zozobra segura. Porque salvo casos de insociabilidad enfermiza, las ventajas de habitar una ciudad pujante y hospitalaria alcanzan a todos sin excepción. En definitiva, hay que preguntarse qué puede hacer cada uno para mejorar la limpieza, para preservar el comercio de pequeñas y grandes superficies, para reducir el ruido diurno y nocturno, para que los distintos sectores de la economía local funcionen como engranaje coordinado y no como la teoría de las fichas de dominó en la que la caída de cada ficha arrastra a la siguiente.

Los jubilados que hemos desempeñado toda o buena parte de nuestra vida laboral en esta ciudad hemos contraído una deuda con ella y tenemos la obligación cívica de aportar nuestra contribución en favor de su desarrollo y habitabilidad. Parece algo que se demuestra por sí mismo. La ciudad y sus habitantes constituyen un logrado ejercicio de simbiosis porque ambas partes sacan provecho de la vida en común. Y un buen provecho es que nuestros hijos no se vean obligados a abandonar Puertollano para poder trabajar.

Eduardo Egido Sánchez. Jubilado